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¡Amenazados!

martes, 05 de noviembre de 2013
Viene a cuento de algo inesperado en un país dónde los derechos sociales están a la baja o en camino de convertirse en meras mercancías tras recortar y privatizar el sistema que los garantice.

Pero, tras la ley del 2011 para Reconocimiento y Protección integral a las víctimas del terrorismo llega, con este otoño 2013, el Reglamento para su aplicación, con una importante novedad; se contempla los daños sufridos por amenazados desde 1960.

La causa última de tan generosa aportación del Estado ha sido el conocimiento que se tenía sobre la sentencia del Tribunal de los Derechos Humanos de Estrasburgo relativo a la indisponibilidad de la doctrina Parot, la que trataba de sustituir la cadena perpetua a los etarras por la redención de penas sobre los 30 años que como máximo establece el código español para cualquier tipo de delito.

Han sido las organizaciones de las víctimas del terrorismo las que han ocasionado una tremenda escandalera al sentirse vejadas por las consecuencias de la sentencia favorable a los verdugos, todo ello ha vuelto a colocar en primera plana la existencia de muchas víctimas del terrorismo.
Pero víctimas son los desaparecidos, sus familias, amigos, y una enorme población de amenazados cuya vida tuvo que cambiar, viéndose obligados a renunciar a sus derechos fundamentales para poder sobre vivir a terror.

La primera vez que supe lo que era estar amenazado fue, con motivo de un pinchazo telefónico por la comisaria de información en Vitoria, que a través de una conversación entre un profesor del conservatorio de música de Vitoria y un profesor de la escuela de periodismo en Loyola, por cierto gallego, aseguraban que habían comunicado a ETA la necesidad de darnos nuestro merecido a los de Unidad Alavesa. Concretamente, en su léxico, hablaban de "un ostiazo en el portal de mi domicilio". El asunto lo arregló un dirigente de UA que procedía de la mesa nacional de HB, con un hermano abogado de gestoras en Donostia, que se fue al sur de Francia a entrevistarse con el dirigente de ETA, Peixoto.

La segunda vez fue con motivo de la campaña electoral a las Juntas Generales de Alava, que por cierto gané encabezando la lista de UA por Vitoria. Una madrugada tuve una llamada telefónica avisándome de la presencia de un comando de Eta en Vitoria para atentar contra mi persona. Lo arreglé, acompañado de dos inspectores de la brigada de información, acudiendo al domicilio del médico que me había llamado. Sometido a interrogatorio supe que la cosa iba en serio. A partir de tal instante, me pusieron servicio de escolta a cargo de la policía nacional.

Así, desde 1990, me cambió la vida, pasé a engrosar la nómina de gentes situadas en la diana de ETA y sometidas a libertad bajo la vigilancia del servicio público de escoltas, perdiendo mis derechos a la libertad e intimidad

La brigada de inspectores y policías nacionales de la comisaría de Vitoria, se portaron como verdaderos amigos. Fueron mis ángeles custodios hasta que las competencias en materia de policía integral las asumió la policía autónoma vasca, que se encargó de mi seguridad.

Pero antes de eso, viví el momento clave que impactó en mi vida. En enero de 1995, y tras ganar las elecciones autonómicas de finales de 1994, un lunes al medio día me llaman por teléfono para comunicarme el asesinato en el bar "La Cepa" de San Sebastián de mi amigo del PP guipuzcoano, Goyo Ordoñez.

Las vísperas de aquellas navidades de 1994, habíamos tenido una comida Goyo y yo, en Alsasua. Mi amigo, a pesar de pertenecer al PP, me hacía confidencias como la de sentirse muy amenazado. Había descubierto un asunto muy feo en que estaba mezclada la guardia civil a las órdenes de Galindo. Los confidentes, el sargento de la policía local de Donostia, Morcillo, y el ex jugador de futbol, dueño de la cafetería Básquet, Santamaría, habían sido asesinados por el comando Donosti. El próximo era él. Había pedido escolta y se estaba demorando. Interior del Gobierno Vasco quería saber las causas y Goyo no se fiaba por la enjundia del asunto en el que estaba mezclado lo que con tiempo se descubrió era el GAL y sus fuentes de financiación.

Goyo había elaborado un potente informe sobre sucias relaciones económicas que luego se comprobó tenían mucho que ver con lo que se vino a llamar "el GAL verde". Aquel documento se conoce como "Informe Navajas" por ser su autor un fiscal de la Audiencia de San Sebastián, al que Goyo y sus confidentes, relataron y dieron pruebas de la podredumbre que se había instalado entre Inchaurrondo y los chatarreros de Guipúzcoa, en torno a drogas y violencia. Goyo Ordoñez, además de ser enemigo visceral de la izquierda nacionalista más radical, sabía demasiado sobre el GAL, y eso le costó la vida.

Unos años más adelante, un querido amigo comisario de policía nacional, vino a verme a Vitoria. Estaba investigando lo que antecede. Las consecuencias fueron la declaración de culpabilidad para el general Galindo y sus hombres -pata negra- de confianza.

Como me pudo haber costado la vida proponer la salida de Alava de la Euskadi nacionalista, conformando una comunidad Foral como Navarra. Y así me lo manifestó un comandante del ejército destinado en el CSID, que acudió a mi casa tras el asesinato de Goyo para decirme que la primera víctima pude ser yo, atentado que se iba a producir en el Hospital Santiago Apóstol donde trabajaba como jefe de servicio. Me salvó la casualidad de un viaje a finales de diciembre, primero a Galicia y después a Londres. A mi regreso, pedí asuntos propios para dedicarme a la campaña electoral de 1995. Aquel cambio en mi vida les hizo cambiar de víctima a la organización, a pesar de tenerme perfectamente localizado y estudiado en todos mis movimientos.

ETA y otros, no podían consentir el auge de UA y como nuestras ideas foralistas y progresista se extendían como una mancha de aceite, hasta el punto de ganar las elecciones parlamentarias de 1994 en Vitoria, dejando en segundo lugar a la lista encabezada por el Lehendakari Ardanza. Desde la dirección de ETA se me situó como objetivo primordial. A partir de ese momento, todos los comandos de Alava, Vizcaya y Guipúzcoa, tenían como misión asesinarme.

La muerte de Goyo y mis circunstancias me produjeron un terrible ataque de miedo. Me dije a mi mismo que, o lo superaba o lo dejaba. Fui capaz de superarlo, y desde entonces ETA se echó encima a un enemigo personal, que se entrenó para darles su merecido, amén de salvar mi propia vida desde la seguridad y la propia iniciativa de la autodefensa. Nunca más he vuelto a sentir miedo.

No obstante me cambió la vida, perdí mi acceso a los derechos fundamentales. Supe lo que era viajar en coche blindado, hacer planes semanales sobre mi vida para dárselos a la escolta y que pudieran cubrir mis recorridos y presencias. Perdí el derecho a improvisar que tiene cualquier ciudadano en materia de ocio. Había gentes que me confesaron temían encontrarse con la noticia de mi muerte a manos de ETA. Pero lo peor fue para mi familia. Mis hijos pasaron miedo y sufrieron las inclemencias de ser los míos, en cualquier caso me siento orgulloso de la dignidad con la que supieron llevar la peligrosa actividad del padre. Y hablando de padres, los míos estaban convencidos de mi muerte. Un día, a solas con mi progenitor, este me preguntó: ¿cómo es que aun no te han matado?; mi respuesta fue rápida y sincera: ¡porque no me dejo!. Y es que para asumir el riesgo de ser "pieza codiciada por ETA", hay que estar preparado física y psíquicamente, yo lo estaba hasta el punto de correr entre los abertzales informes o comentarios sobre mi dureza y la de mi gente de alrededor. No rehuíamos el choque. Íbamos a por ellos.

No fui el único amenazado de Unidad Alavesa. Su Presidente José Luís Añua Ajuria, no sólo le amenazaron, es que atentaron contra su negocio de auto escuelas para aprender a conducir.

Paco Probanza, se libró del asesinato a la salida de su domicilio, dónde ya hasta le habían practicado un simulacro para saber por dónde debía de huir el comando. El día fijado para matarle, se declaró una tregua de ETA que le salvó milagrosamente la vida. Enriqueta Benito, portavoz en el Parlamento Vasco, estuvieron a punto de asesinarla en la escalera de su domicilio, y gracias a la actuación de la guardia civil no lo consiguieron. Fueron los tres casos que se hicieron públicos reiteradamente.

Además de Goyo Ordoñez, hubo otro asesinato que me impactó. En las proximidades de mi domicilio le pusieron un coche bomba que explosionaron al paso de Fernando Buesa y ese día el escolta que le acompañaba -era escolta de mi unidad de seguridad- Jorge Díaz Elorza, cuya madre vivía en mi calle y a la cual tuve que ser yo quien le comunicara el fatal desenlace.

Mientras y tras las dificultades para acercarse a mí y realizar un atentado con pistola, optaron por los explosivos. El primero fue en forma de paquete bomba dirigido a la sede de UA y a mi nombre, que fue interceptado por los servicios de inteligencia de Álava, justo antes de otras elecciones municipales y forales en las que UA se convertía en una fuerza capaz de distorsionar el panorama político y social que controlaban los nacionalistas.

En otra ocasión, mis escoltas percibieron un movimiento extraño en la calle Manuel Iradier en la que residía. Entre el servicio de seguridad de Jáuregui que tenía su oficina en el mismo portal que yo, y el mío, con la ayuda de la información procedente de las escuchas telefónicas, llegaron a la conclusión que estaban tras de un atentado en mi casa contra mi persona.
A partir de ese momento casi me acostumbré a que cada comando de ETA que actuaba en Álava, tuviera en su documentación procedente de su jefatura en Francia, datos de seguimiento realizados a mí con la instrucción de quitarme de en medio.

Se detectó un talde de ETA con bombas y un fusil de mira telescópica que tenía como misiones atentar contra Atucha, Buesa y contra mí. Aquello me lo comunicaron en el Parlamento Vasco, con lo que reforzaron mis medidas de seguridad que a pesar de la buena voluntad de mis berrotzis (unidad de élite de la policía autónoma vasca) nadie daba por mí un duro. Recuerdo lo mal que lo pasaron mis padres. Hasta el punto de que mi progenitor amén de estar resignado con mi suerte, solía preguntarle a un brigada de la guardia civil que había estado en Guipúzcoa, sobre la información que disponía de la lucha contra ETA y mi verdadera situación.

El terrorismo era y es, un gran negocio. Armas, información, coacciones, industria para la seguridad, fondos reservados para toda suerte de actividades no lícitas, puestos de trabajo de toda índole, "cambio de cromos".

Ahora se están dilucidando hechos viejos y conocidos por los que estuvimos en primera línea de la lucha contra ETA. La vulneración sistemática y necesaria de las comunicaciones. El negocio de facilitar los medios necesarios y tecnológicamente más avanzados para disponer de la información como arma preventiva o de seguimiento a fin de realizar las operaciones de capturas de comandos. Por cierto, que tales instrumentos son de uso corriente en la lucha contra el narcotráfico y en las operaciones encubiertas con fines de toda índole, entre los aliados.

La presencia de satélites y el denominado ciber espacio, permiten la captura y seguimiento de toda la conducta humana en cualquier lugar del globo terráqueo. En varias ocasiones Xavier Arzalluz acusó a Mayor Oreja de haber creado la mayor empresa de seguridad del país para dotar de escoltas a los amenazados. En varias ocasiones comprobé como la Delegación del Gobierno situada en Vitoria recibía ayudas del servicio de inteligencia de Israel. Varias veces pude comprobar cómo las relaciones entre policía vasca y cuerpos de seguridad del Estado no eran ni fluidas, ni buenas, incluso hube de soportar a más de un funcionario de interior del gobierno vasco que me recriminaba por compartir con él la información disponible. Llegó un momento en que mis escoltas se fiaban más de la guardia civil que de su propio departamento de interior.

Pero lo mejor fue: el cariño con el que me trató la guardia civil, gracias a gentes como Emiliano Gimeno, mi entrañable amigo, salvé la vida y la de mis compañeros de partido. Por el contrario, el Delegado del Gobierno del PP, Enrique Villar se comportó como un miserable embustero, al que desenmascaró mi propio hijo -abogado trabajando en la Audiencia Nacional- con los dosieres y juicios que pasaban por la fiscalía de Gordillo, en los que se objetivaba la continua presencia de comandos de ETA tras mi vida.

Recuerdo con especial intensidad el asesinato de Fernando Múgica, hermano del ex ministro y ex defensor del pueblo, en plena calle de San Sebastián, en compañía de unos de sus hijos. La familia, orgullosos miembros de la comunidad judía, prometieron solemnemente vengarse de los asesinos.

En cierta ocasión y tras el asesinato de un concejal del PP en Zarautz, nos amenazaron con un coche bomba, lo que impedía pasar hacia la iglesia. Fue mi iniciativa de cruzar entre los vehículos, lo que rompió la paralización del miedo.

En Sevilla y como consecuencia del asesinato de un médico militar, nos desplazamos una delegación del Parlamento Vasco encabezada por su presidente Juan María Atucha. No sólo tuvimos que soportar el desprecio del entonces presidente Chaves, es que se nos obligó a pasar por una especie de "túnel de multitud indignada y furiosa" dónde hube de proteger con mi propio cuerpo y personalidad reconocida en toda España en la lucha contra ETA, al propio Atucha, para que no lo lincharan.

En una concentración en Donostia, habían cercado a mi amigo Agustín Ibarrola. Hube de liberarlo por la fuerza. La noticia llegó al Subdelegado en Guipúzcoa, lucense y amigo familiar, Eduardo Ameijide, que cuando se rencontró conmigo me mostró su preocupación por las noticias del enfrentamiento que le daban sus servicios policiales, a lo que uno de mis escoltas informó. "Sr. Ameijide, no se preocupe por el Sr. Mosquera, le aseguro que los que tendrán preocupación son los que hemos dejado en la calle tras el enfrentamiento para defender al Sr. Ibarrola".

Una madrugada sonó el teléfono. Era la unidad de información de la Guardia Civil de Vitoria, a los que conocía por sus nombres de pila. Me advertían de un operativo de ETA con una posible bomba en el trayecto de salida de mi domicilio. Entre información del comando capturado y actuación de las unidades del subsuelo, lograron descubrir el explosivo que me habían colocado en las alcantarillas de mi portal, por dónde necesariamente teníamos que salir. Como quiera que se desconocía el alcance del atentado, me obligaron a salir con destino a Galicia. Me acompañó como tantas otras veces mi hijo Antón. A los autores los capturaron mis hermanos de la Guardia Civil.

La obsesión con mi persona llegó a límites paroxísticos. Mandaron a una etarra para que me siguiera en los lugares dónde mis escoltas y yo, entrenábamos. Gimnasio y campos deportivos. La tal Alicia, que luego fue capturada en Galicia formando parte de un comando que iba a atentar contra Fraga y mi amigo el consejero de educación, Celso Currás, envío un informe a la dirección de ETA, aconsejando que se utilizara la bomba, ante las dificultades para acercarse a mí y la conducta "profesional" del grupo que formábamos: escoltado, escolta y vanguardia de la Guardia Civil que solían hacerme contra vigilancias.

Me presencia en Galicia era una constante. Pero también cierto incordio. Mi amigo el responsable de la guardia civil de Burela, peinaba la zona, ante las noticias de mi llegada, y establecía una contra vigilancia exhaustiva. El bueno de Paz solía decir. "Nunca me perdonaría que a Pablo le sucediera algo en nuestra tierra". Por cierto que también hubo miserables. En una de las habituales reuniones de vecinos del edificio dónde estaba mi piso de seguridad en San Ciprián, a propuesta de un vasco, acordaron solicitar formalmente que me fuera, por los peligros que ocasionaba mi presencia. Tuvieron suerte de no comunicármelo, posiblemente habrían tenido que hacer frente a una grave indemnización por su repugnante conducta.

Había gentes para todo. Los que se cruzaban de aceras para evitar contactar con mi persona, por miedo a todo. Los ultras del deportivo Alavés, que ritualmente, en momentos del partido de futbol en primera división, a los que yo acudía gritaban. "Mosquera muérete". "Mosquera, pin, pan, pum".

Hoy desde la tranquilidad y sosiego de la mar y el viento de mi tierra, no olvido a los que me cuidaron, a los que dejé por el camino, a los que directa o indirectamente me amenazaron.

Aprendí que todo ser humano tiene su día. Y que a los asesinos, lo que les impide cumplir su cobarde cometido, es la autodefensa de las víctimas. En Euskadi, estaban dispuestos a matar, pero en ningún momento a morir. El terrorismo islámico, desgraciadamente, cambió este último postulado.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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