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A veces danzan meigas

viernes, 23 de septiembre de 2005
A veces, en las noches de plenilunio y de mouchos hambrientos, paseando por los angostos y fantasmagóricos caminos de la Galicia del interior, alzo la vista hacia el cielo y veo danzar meigas sobre mi cabeza. No, no crean que son alucinaciones, extravíos o licencias literarias, son meigas de carne y hueso que se afanan en interpretar la danza de la vida para ahuyentar los malos presagios que acarrean las ánimas en pena de la Corda de la Santa Compaña que, en determinadas noches de luz de luna, arrastran sus miserias y sus cuitas para tratar, banalmente, de congraciarse con el destino y saldar sus cuentas pendientes con el mundo y con sus deudos.

Cierta noche próxima al solsticio del verano, atravesando la Sierra de Fornelas por un camino, antaño harto transitado que encaminaba tus pasos hacia Monforte de Lemos, creí adivinar allá, a lo lejos, la presencia de seres irreales acompañados de luciérnagas y fuegos fatuos que con paso rígido y vacilante se aproximaban a mi encuentro. Preso de la emoción y con el pánico agarrotando mis piernas, sólo acerté a esconderme tras unos matorrales aledaños al camino que apenas daban cobijo a mi cuerpo, pero que dejaban al descubierto el sonoro palpitar de mi sobre excitado corazón.

Apenas un suspirar y recuperar el aliento cuando a mi altura, por aquel camino lleno de pedruscos y raíces que serpenteaban por doquier, llegaba a Corda da Santa Compaña. Eran hombres y mujeres, astures, gallegos y maragatos que, agónicos, se aferraban a la cuerda que les arrastraba por los caminos, con rumbo a ninguna aparte, en busca de que la diosa fortuna les propiciase un encuentro con su pasado para enmendar aquella fechoría concreta o vida lleva de felonías que, por toda la eternidad les endeudó con la muerte.

Venía aquel alguacil que a su esposa dio muerte vil. Con una mano se aferraba a la cuerda y con la otra, aún manchada por la sangre de su víctima, sostenía con saña el cuchillo con el que sesgo la vida a su fiel y maltratada esposa que un día, ya harta de palizas, maltratos, insultos y perrerías se atrevió a denunciarlo. Su cara delataba locura, sus ojos destilaban odio y su mano enfilaba desafíante el cuchillo, porque en su desvarío, se quitó la vida para perseguirla en la muerte y allí estaba en medio del grupo, mirando a diestra y siniestra, adelante y atrás, arriba y abajo, buscando enloquecidamente a su difunta esposa para arrancarle también la muerte.

Venía aquel sepulturero mal encarado, pendenciero, jugador y borrachín empedernido que, una mala noche para él, en la intimidad del deposito de cadáveres de aquel cementerio y amparado en la oscuridad del lugar, daba rienda suelta a sus fantasías necrófilas violando el cuerpo sin vida, pero aún templado, de una pobre chica, joven, rebelde, soñadora e impetuosamente irresponsable que, apenas hacía unas horas, se topó con La Muerte en el recodo de una carretera, montada sobre el quinto Jinete del Apocalipsis. En la cara de aquel desalmado aún podía verse nítidamente la mueca de pánico que antecedió al linchamiento sin contemplaciones, por parte de los amigos de la víctima, al descubrir tamaña tropelía de aquel sepulturero que, ahora vagaba por los caminos, en un desesperado intento de reencontrarse con el espíritu de su víctima para implorar su perdón y enfrentarse a un juicio menos implacable del que se le avecinaba.

Venía aquel traficante que en vida vendía la raya. Con la tierra del paraíso engañaba, pero los vestía con la mortuoria saya. Aquel que en otra hora vistiese de afamados modistas, se engominara sus cuidados cabellos y calzase modelos exclusivos, hoy, por caprichos del destino y el azar de la Corda de la Santa Compaña, que a todos iguala y a todos trata de la misma guisa, tenia que verse las caras con sus antiguos clientes. Antes ellos andrajosos drogadictos y él distinguido y poderoso traficante, hoy ellos dignos y respetados difuntos y él apestado y putrefacto cadáver, mendigando el perdón de sus maldades y maldiciendo su vida de estragos y trapicheos, tratando de buscar un lugar en la muerte donde reposar sus miserias y envidiando la paz celestial que otros disfrutaban.

Y venían otros hombres y otras mujeres y también venía aquella mi amada, que aún muerta resplandecía. Cuantos suspiros me saco en vida y cuando daría por no verla tan aterida. Aquella que en vida fue diosa del amor, hoy arrastraba las miserias de la muerte por los caminos del arrepentimiento; aquella que contemplaba desde su inalcanzable altivez propuestas de amor de hombres poderosos y ricos hacendados; aquella que siempre trató con desdén las promesas de amor de jóvenes soñadores fascinados por la belleza sin par de una mujer fría y calculadora; aquella que me dejaba amar, pero que nunca me amó, hoy la veía aferrada a la cuerda de los difuntos de la Santa Compaña, desolada, triste, cansada y sin esperanza, pero bella, seguía siendo atractiva y bella.

Y creí intuir en su inexpresiva figura una mueca de humanidad y un deseo de ser amada, y de mí se apoderó un repentino deseo de saltar al camino, de abrazarla, de besarla, de darle calor al abrigo de mi cuerpo, y… justo un instante antes de salir a su encuentro miré hacía el cielo y vi danzar meigas, sobre un lecho de rosas blancas, invocando a los espíritus de nuestros antepasados para interceder en asuntos terrenales, rodeadas de pucheros de cobre donde hervían pócimas humeantes y realizando exorcismos para librarnos de los males que entristecen el alma y fatigan el cuerpo, y vi que una de las meigas se me acercaba y me susurraba al oído aquella vieja maldición: “Quién osé interferir en la Corda de la Santa Compaña, quedará atrapado de por vida”, y me quedé acurrucado y sin saber reaccionar escondido tras aquellos matorrales y cuando quise volver la vista al camino, ya el grupo de difuntos me había rebasado y se perdía entre las sombras de aquel viejo camino de La Sierra de Fornelas.

En la Galicia profunda, mística y supersticiosa, a veces danzan meigas.

Si alzas la vista al cielo, en las noches frescas y placenteras del solsticio del verano y no ves más que un cielo pardusco cuajado de estrellas, es posible que no mires en la dirección adecuada, aunque podría darse el caso que tu imaginación hubiese caído en crisis, porque danzar, danzan cada noche sobre las cabezas de los paseantes noctámbulos que desafían la oscuridad, se enfrentan a lo desconocido y tratan inútilmente de escudriñar sus misterios. A nada que te esfuerces las verás; observa que llevan vestidos vaporosos y cintas sujetando sus largas cabelleras canas; contempla que su grácil figura se contonea al son de un ritmo endemoniadamente pegajoso y electrizante; fíjate en los gestos de sus manos y descubrirás una evidente incitación para sucumbir a los placeres mundanos que te acechan; mira a tu alrededor y deja que tus sentidos se emborrachen del frenesí de esta tierra.

Nada, nada se asemeja a este espectáculo irreal, truculento, onírico y sensual. Es la fiesta de la imaginación y del apasionamiento, es la Galicia profunda, mística y supersticiosa, donde…

… a veces danzan meigas.
Morales, Raúl
Morales, Raúl


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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