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José María Peña Fustes

martes, 15 de octubre de 2013
Orteganos por el mundo: José María Peña Fustes

José María Peña Fustes, o como toda la vida lo llamaron los ortigueireses, Pepe Peña, nació en Ortigueira el miércoles 20 de enero de 1934. Fue hijo de José Peña y Caridad Fustes. Sus primeros años de estudiante los pasó en la Villa compartiendo todo tipo de actividades con los chicos y chicas de su época entre los que hizo muchos amigos gracias a las muchas cualidades humanas que mostraba.
Su cercanía a los demás hacía que sus opiniones siempre fueran tenidas muy en cuenta, y él, que lo sabía, trataba de que éstas fueran lo más oportunas y adecuadas posibles. Era, como se suele decir, un buen psicólogo. De esta faceta dejó constancia no sólo entre sus amigos sino también entre su familia y todos aquellos que colaboraron con él a lo largo de los muchos años que se dedicó a su actividad profesional. Fruto de ello será que, al final de sus días, haya cosechado de todos ellos toda tipo de comentarios elogiosos sobre sus virtudes y facultades, pues su capacidad para situarse en la piel de los demás y corresponderles de la forma más acertada posible siempre fue su mayor seña de identidad.
Durante su juventud, Pepe formó parte de algunas de las agrupaciones lúdicas en las que se entretenían los jóvenes del pueblo, como eran la compañía de teatro aficionado, el coro y la rondalla. En esta última, apellidada de Educación y Descanso, participó en muchas ocasiones tocando la bandurria y la guitarra, instrumentos que hacía sonar tanto en las misas dominicales como en el local de Acción Católica o en cualquier otro lugar al que la agrupación fuese invitada. No contento con sus participaciones en los grupos mencionados, fundó junto a algunos amigos el quinteto de pulso y púa que denominaron Ortiga.
Peña fue, además de un chico entretenido y divertido, el alumno más brillante de la Academia Santa Marta, primero, y, después, del Instituto Nacional de Enseñanza Media de Ferrol. Sus excelentes notas en todas las asignaturas le ofrecían la posibilidad de poder escoger cualquiera de las opciones que le podía ofrecer la universidad, y como para él las matemáticas eran más un entretenimiento que un problema se decidió por la Ingeniería. Para poder cursar esta carrera se debió de desplazar hasta Madrid pues era allí donde podría estudiarla en su Escuela de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos. En su nuevo centro volverá a sobresalir entre sus compañeros, a los que cautivará con su sentido común, su responsabilidad y su fino y poético humor, unas cualidades que lo convirtieron en un imprescindible en todas las reuniones, en las que solía dejar huella por su espontaneidad y por trasladar a sus participantes la sensación de que procedía de un lugar en el que la gente era diferente y única, como lo era él.
Durante esta etapa no todo fue estudiar y pasarlo bien, José María también se tuvo que dedicar a impartir clases en la Academia Luz, pues, a pesar de que era hijo único y que sus padres podían ofrecerle su apoyo económico, la vida en Madrid era bastante cara, y todo había de conseguirlo a base de dinero contante y sonante, desde su pensión hasta sus salidas o libros. A él, tener que dar clase no le supuso ningún problema, sino más bien todo lo contrario: el placer de poner sus conocimientos al alcance de los demás. De hecho, cuando retornaba a Ortigueira solía ponerse a las órdenes del director de la Academia Santa Marta, Jesús Márquez Cortiñas, para darles clase gratis a sus pupilos. Los alumnos estaban encantados con su profesor de Matemáticas al que no se le ausentaban a ninguna de sus clases, y los padres perplejos de lo bien que éstos llevaban los estudios.
Los años de carrera fueron para Pepe años de maduración en todos los terrenos, por ello no es de extrañar que una vez se empleó en la primera y única empresa a la que dedicará su vida laboral, Vías y Construcciones, se encontrase bien arropado por algunos de sus compañeros de estudios con los que llegará a compartir, además de sus primeras experiencias profesionales, su pensión en la capital vallisoletana. Corría entonces el año 1962 y tras su primer contrato de prácticas, el ortegano deseó asegurarse su futuro por lo que comenzó a estudiar las duras oposiciones para ingeniero del Estado, que logró superar con una de las mejores notas. Pero aunque el puesto en la Administración era vitalicio, los sueldos en la empresa privada eran mucho más elevados. Ello hizo que el empleo público lo mantuviese como una segunda opción, como una salvaguarda.
Sus primeros años en la empresa fueron de mucho sacrificio pues ésta no se encontraba en sus mejores momentos1, y él, por su parte, deseaba demostrar su valía profesional. La actividad en la que se integró dentro de la firma fue la de los ferrocarriles, para ejercer durante sus primeros ocho años como jefe de obra. En este empleo debió acometer muchos trabajos de renovación de algunas de las viejas vías de la red de RENFE, a los que hay que sumarle otras obras importantes como la construcción de la estación de clasificación de Casetas, en Zaragoza.
A partir de 1970, el ingeniero ortegano será nombrado responsable del Departamento de Ferrocarriles de la compañía, un puesto que le impulsa a desarrollar unos proyectos de una mayor envergadura, como fueron la construcción de las subestaciones del ferrocarril Sevilla-Huelva o del Castejón-Miranda, así como los enlaces ferroviarios de Sevilla, las obras del suburbano Villaverde-Parla (Madrid), del ferrocarril de Villaverde Alto (Madrid), de la doble vía del ferrocarril Ariza-Alhama (Aragón) o del movimiento de tierras y varias obras más en la mina de Endesa en As Pontes2, y todo ello, sin olvidar las obras de mantenimiento y renovación de las líneas ya construidas de la red nacional de ferrocarriles, y que eran los trabajos más habituales de su empresa.
Poco a poco, los directivos de la empresa le irán encargando sus proyectos más innovadores e importantes, y uno de los más significativos en esos momentos va a ser el de la ejecución de uno de los tramos pioneros de la primera línea del AVE español, el comprendido entre Brazatortas (Ciudad Real) y Conquista (Córdoba). El presupuesto asignado por el Ministerio de Transporte que dirigía el gallego Abel Caballero para la construcción del trayecto de 33,27 km que separa las dos localidades fue de 13.260 millones de pesetas (79,694 millones de euros). A continuación, y para la misma línea del AVE Madrid-Sevilla, participaría en la ejecución del trazado entre los pueblos de Mascaraque y El Emperador de 42 kilómetros, todo él en suelo toledano.
En 1988, Peña será nombrado ingeniero jefe de la División Ferroviaria, pasando a ejercer sus labores profesionales en las oficinas centrales de la empresa, en la concurrida calle Orense madrileña. Su último cargo en Vías y Construcciones lo desarrollará a partir de 1995, como director adjunto a la presidencia, un puesto que le fue concedido gracias a su enorme entrega al trabajo y a su trato cordial y responsable tanto con sus superiores como con sus trabajadores y colaboradores, pero también a las altas cotas profesionales que había alcanzado dentro de las obras públicas no sólo en España sino también en el extranjero, en donde había participado en el desarrollo de algunos proyectos de gran envergadura, como la conexión del Talgo Madrid-París.
A finales de los años sesenta, el Ayuntamiento de Ortigueira tomó la decisión de acometer una obra de gran envergadura, pero imprescindible para la villa: el relleno de la Preguiza. Con esta obra se le estaría ganando un gran terreno al mar para poder construir en él nuevos edificios públicos, además de convertir una zona fangosa en la que proliferaban todo tipo de parásitos en un lugar salubre. Al frente de la corporación se encontraba entonces Benigno Castiñeiras, quien no dudó ni un momento en quien debería ser el responsable de tal actuación. Peña, por su parte, tampoco titubeó a la hora de aceptar el encargo, pues para él más que un trabajo era un honor poder servirle a su pueblo en algo que era un verdadero especialista, y no sólo no le cobró sus honorarios por la conversión del entrante marítimo en nuevas parcelas de terreno público, sino que corrió con todos los gastos que le acarreó el tener que desplazarse a Ortigueira, una y otra vez, desde Vitoria, Alsasua, Zaragoza, Madrid… por las intransitables y casi infernales carreteras españolas de la época.
La obra necesitó de muchos años para poder ser terminada, pues las tierras y los escombros que se vertían en la ensenada procedían, en su mayoría, de los desmontes que los particulares efectuaban por toda la comarca para la realización de sus construcciones. Esta ganga le supuso al Ayuntamiento el ahorro del dinero suficiente para poder acondicionar un pequeño parque en el solar que había dejado el viejo cementerio, en el Barrio del Ponto. A cambio de la desinteresada labor de José María Peña, la corporación le concedió nombramiento de Ingeniero Honorario del Ayuntamiento, y, en 1975, el título de Hijo Predilecto. Este será un reconocimiento que para él supuso mucho más que todo el dinero que había tenido que gastar puesto que sabía que en esta credencial iba el cariño y el afecto de sus vecinos.
Hoy ese espacio colmatado constituye una parcela de 64.000 metros cuadrados de tierra ganados al mar que ha sido destinado a acoger la mayor concentración de edificios públicos y sociales del pueblo. Allí se levantan el Instituto de Enseñanza Media, la Casa-cuartel de la Guardia Civil, la Delegación de Hacienda, la Piscina Municipal, el Centro de Salud y las instalaciones docentes y laborales de ASPROMOR, además de varias pistas deportivas al aire libre. Todas ellas infraestucturas que, de otro modo, sería difícil de ubicar en otras zonas céntricas de Ortigueira.
Como ya dijimos, una de las grandes vocaciones de José María Peña fue la docencia, por lo que cuando le ofrecieron un puesto de profesor en la Escuela de Caminos de Madrid no vaciló en aceptarlo. ¿Dónde podía estar mejor que con unos alumnos que se transformarían en sus futuros compañeros de trabajo? Peña ejerció durante 30 años de profesor titular de la asignatura de Ferrocarriles y más tarde de la Cátedra de Ferrocarriles en la Escuela de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid. Sus clases se convirtieron en unas de las más populares para varias generaciones de ingenieros que las llegarán a calificar como las mejores de la Escuela. No era para menos, pues el profesor Peña además de emplear unos buenos métodos pedagógicos siempre se ponía al servicio de los alumnos a través de sus tutorías, y, como me revelaba su hija, María José, cuando leía los exámenes y encontraba que el resultado no cuadraba con el previsto, él analizaba los pasos dados por el alumno para localizar si la causa era debida a la utilización de un mal dato o a una evolución incorrecta del proceso, de este modo, podía valorar con un mejor criterio los conocimientos del alumno.
Ese trato tan humano con que dispensaba a sus colegas, subordinados y alumnos todavía ascendía varios grados cuando accedía al ámbito doméstico. Junto a su esposa, María José Chueca Zaro, una bella mujer aragonesa, de Borja, concibió cinco hijos: Manuel, Carlos, José María, Vicente y Cuqui, con los que José María cultivó una eficaz y motivadora paternidad, que los impregnó tanto que algunos de sus retoños acabarán orientando sus vidas profesionales de cara a la ingeniería gracias a la admiración que su padre les despertó.
Peña también impartió su docencia en la Academia del Arma de Ingenieros, en el Hoyo de Manzanares, un centro cuyo objetivo es formar a los futuros oficiales y suboficiales de las especialidades de ingenieros y transmisiones del Ejército de Tierra, y que, desde el año 2000, había extendido estas enseñanzas a sus soldados.
En el año 2003, la Escuela de Caminos le nombró profesor emérito, un reconocimiento a su excelente carrera profesional, que le permitiría, además, proseguir aportándole al centro su sabiduría una vez se hubiese jubilado de su actividad docente. Esta gratificante tarea no pudo, sin embargo, asumirla debido a su fallecimiento. Como tampoco pudo presidir el Comité Electoral para las elecciones convocadas por el Colegio Nacional de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos que habrían de consumarse en el mes de marzo de 2004.
Cuando su vida laboral ya estaba finiquitada, y tras pasar por algunos problemas de salud que mermaron de algún modo su gran vitalidad, tomó la decisión de retornar a sus orígenes e instalarse en el chalet que había comprado frente a su maravillosa ría de Ortigueira. Allí, como su barco amarrado al muelle, esperaría disfrutar de las idas y venidas de sus retoños y de su deseada descendencia, a los que acogería con los brazos abiertos, como también habían hecho con él los amigos y vecinos de su añorada tierra. Pero este objetivo tan acariciado se vio truncado en su camino de regreso a Santa Marta de Ortigueira por un accidente automovilístico el viernes 20 de febrero de 2004 a su paso por las tierras leonesas.
A su funeral oficiado en la Iglesia de los Sagrados Corazones de Madrid asistieron más de un millar personas entre las que entremezclaban sus compañeros de Vías y Construcciones, hoy Grupo Vías, los directivos de las más diversas empresas y el personal de la Escuela de Caminos con la colonia de Ortigueira en la diáspora nacional (algunos llegados desde Valencia y Sevilla), pero todos ellos estaban presentes allí con un mismo fin: rendirle un último homenaje al amigo desaparecido.
A pesar del trauma que para propios y extraños supone la muerte, él le había confesado a su hijo Manuel, tras pasar por una de sus intervenciones quirúrgicas más difíciles, que había conocido la muerte clínica durante unos minutos y experimentado lo que se conoce como una experiencia cercana a la muerte (ECM). Había visto la famosa luz al final del túnel, una luz que, según él subrayó, se extendía sobre un prado verde y majestuoso, en donde el pudo apreciar una paz infinita y la presencia de Dios, una revelación que le supuso ver que su final sería benévolo.
La luz que dejó aquí quizás no tenga nada que ver con la que haya encontrado tras su fallecimiento, pero seguro que seguirá iluminando con su ejemplo personal las vidas de todos los que le conocieron.
Para finalizar este breve relato de su gran vida queremos dejar constancia del testimonio que le ofreció su colegio profesional:
“Laudatio para José María Peña a quien siempre le gustó el latín: In labore optimus omnibus adiutor, amicis amicus, paterfamilias amantissimus sit tibi deus quies et sapentia”. La traducción del texto al castellano sería algo así como “Que Dios sea para ti un padre amantísimo, calma y sabiduría, como tú lo fuiste en el trabajo el mejor ayudante para todos y el amigo entre los amigos”.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


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