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Orteganos: Alfredo Torres Pajón

viernes, 05 de julio de 2013
Orteganos

Alfredo Torres Pajón: farmacéutico por designación, ortegano por devoción

Ortigueira tiene un poso de boticarios y farmacéuticos muy importante. La tradición de sus boticas se pierde en la noche de los tiempos, y también desde allí se alumbraron algunas de las mentes más preclaras del humanismo ortigueirés. Todavía resuenan en la villa algunas historias relatadas por sus mayores en las que celebran los méritos de nombres como los de Pedro y Benigno Castiñeiras, unos hombres cultos y unos artistas sensibles, que plasmaron en su pueblo su arte y sus iniciativas innovadoras.

Esta tradición, mezcla del saber enciclopédico en las artes boticarias con el saber ser y estar a la altura de las necesidades sus vecinos, se ha prolongado a través del tiempo gracias a otros personajes y, en este caso, podemos citar merecidamente a Alfredo Torres Pajón, Don Alfredo para muchos de los que fuimos alumnos de sus clases de Física y Química en la nunca olvidada Academia de Ortigueira.

Alfredo Torres nació en Ortigueira el 9 de enero de 1923, en la casa que lleva el número 24 de la histórica calle del Príncipe, un día muy señalado para la aeronáutica española, pues fue la fecha elegida por el ingeniero Juan de la Cierva para elevarse por primera vez en su autogiro en el aeródromo de Getafe (Madrid): el primer helicóptero de la historia de la aviación. El retoño del farmacéutico ferrolano Pascual Torres y de la ortegana Dolores Pajón también elevó su número de hijos a nueve, es decir, al de su penúltimo descendiente.

Sus primeros años de vida los pasará formándose como alumno de la escuela graduada de la villa, para, posteriormente, proseguirlos en la academia recién estrenada del párroco Jesús Márquez Cortiñas (1). La Guerra Civil lo cogió adolescente, por lo que no fue requerido para ser soldado en el frente. Aprovechará esos años para seguir recibiendo clases particulares de su vecino y futuro abogado Ramón Álvarez Martínez, pero también para formar parte del ensalzado equipo ortegano de la Juventud de Hierro, y de su renombrada élite de futbolistas, entre los que se encontraban los Escudero, Bermúdez, Bouza...

Entre éste y otros afanes juveniles transcurría modestamente la vida de Alfredo, hasta que la muerte de su padre hizo que su familia decidiese que él debería ser su sucesor al frente de la farmacia familiar. La economía durante los años 40 no estaba, lo que se dice, para echar cohetes por lo que el joven alumno universitario, además de plegarse a los preceptivos requerimientos familiares, debió empezar a realizar los estudios de su primer año de carrera desde casa, y sólo pudo experimentar la vida universitaria a partir del último trimestre, momento en que inauguró sus clases en la sede de la Facultad de Farmacia, en el edificio del compostelano palacio de Fonseca.

Superó con éxito los exámenes de su primer curso gracias a su aplicación, pero también a la inestimable ayuda que le había prestado Enrique Suárez, su profesor particular de Matemáticas, y jefe de la oficina de Telégrafos de Ortigueira.

La época de postguerra fue un tiempo muy difícil para todos los españoles, tanto jóvenes como adultos, ya que todos ellos tuvieron que redoblar sus esfuerzos para salir adelante en una España destruida. Y una de las actividades a las que los jóvenes no podían sustraerse era la del cumplimiento de su servicio militar. Por eso, y para no retrasarse en sus estudios, Alfredo pasó sus veranos universitarios cumpliendo como soldado en las milicias estudiantiles del Ejército de Tierra en la localidad zamorana de Monte la Reina. Finalizada su instrucción con el grado de alférez de complemento, en 1946, ejerció durante los dos años siguientes en el Regimiento de Infantería Zaragoza número 12, emplazado en el cuartel militar del barrio santiagués de San Caetano, y que hoy está destinado a servir de edificio administrativo de la Xunta de Galicia.

De sus años universitarios recordará con nostalgia durante el acto de entrega de su Diploma de farmacéutico ejemplar que le hizo la Asociación de antiguos alumnos de la Facultad de Farmacia a algunos de sus profesores (2). De ellos destacará los tarugos de Lema, la memoria enciclopédica de Losa España, la campechanería de Charro Arias, las aficiones cosméticas de Carreró o las atipias y la exquisita discriminación de Villanueva.
En 1948, Alfredo volverá a Ortigueira para empezar con los trámites que le permitirán ponerse definitivamente al frente de la farmacia de su familia, ya que hasta entonces sólo había podido asumir su gestión durante los breves periodos de sus permisos militares. El traspaso de la principal fuente de ingresos de su madre se hará ante el notario de Ortigueira, José Luis Garralda Barreto, el 28 de agosto de 1948.

Unos meses más tarde, el Colegio Oficial de Farmacéuticos de A Coruña le hará miembro de pleno derecho (3) acreditándolo a través de un certificado (4) firmado por su presidente y gran animador de la vida de la capital coruñesa, Cristino Álvarez (5). Tan sólo un mes después de recibir su colegiación, y con sus 26 años cumplidos, Alfredo Torres va a solicitar al alcalde del Ayuntamiento la concesión de una licencia que le habilitase para abrir la farmacia a su nombre, un permiso que no le llegará hasta el mes de febrero de 1949. A partir de entonces, el joven farmacéutico se entregará en cuerpo y alma a la labor de mejorar, no sólo la salud de los orteganos mediante la administración de los indispensables medicamentos, sino también mediante las inspecciones periódicas a las que deberá someter los diferentes servicios públicos de la zona.

Desde el primer momento, Torres fue muy consciente de que debería estar al día de todo lo relativo a su profesión. Por ello, tan pronto pudo hacerse cargo plenamente de su farmacia, se trasladará a Madrid con el fin de preparar las oposiciones que le permitiesen ejercer de farmacéutico titular. Durante algo más de seis meses permaneció estudiando en la capital, gracias a que su familia, y en especial su hermano Pascual, le apoyaron económicamente. Superadas estas duras pruebas, aunque sin plaza, volverá a la villa, pero no por mucho tiempo, pues algún tiempo después querrá especializarse en análisis clínicos. Una formación que, además de difícil, entrañaba tener que pasar algún tiempo en A Coruña. Sin embargo, esto último no era ningún problema para Alfredo, pues allí residía su hermana Antoñita, que le acogería en su casa. En cuanto a su formación de analista, Alfredo pasaría los dos primeros meses estudiando en el laboratorio del Ejército bajo la tutela del capitán del Ejército Dionisio Leo Donaire (6), y los cuatro siguientes en las dependencias del laboratorio privado del Dr. Casares Aler, uno de los de mayor actividad de la ciudad, y donde logrará un provechoso aprendizaje para su futuro.

De nuevo en Ortigueira, verá que su inquieta personalidad no le permitirá pasar todas sus horas detrás del mostrador de la farmacia, máxime cuando allí ya trabaja de auxiliar su buena y competente hermana Rosario y que en la zona existen dos farmacias más que le suponen una importante competencia que además restringen en gran medida sus ingresos.

Durante las décadas de los 50 y 60, la Farmacia Torres no dejó de ser un establecimiento modesto, con pocas posibilidades de ser mejorado debido, por una parte, a que se trataba de un local alquilado y, por otra, como decimos, a que los beneficios que aportaba tampoco eran suficientes para acometer los cambios que necesitaba. Por ello, cuando en 1961 cesó en su actividad el farmacéutico titular ortegano Manuel Moas, a Alfredo Torres se le abrieron nuevas expectativas, ya que, ahora sí, podría ser podría acceder a una plaza para la que había sacado la oposición diez años antes en Madrid.

Su nueva ocupación le permitirá, entre otras cosas, ocuparse de las tareas de inspector sanitario y de alimentación de la zona. En estos campos desarrollará una intensísima labor, ya que sobre él recaerán además de todas las inspecciones periódicas que el puesto exigía en comercios de alimentación, bares, panaderías, molinos harineros, fábricas de bebidas y conservas, … que no eran pocos en toda la zona del Ortegal, aquellas otras que le podían ser encomendadas tanto por las autoridades municipales como por las sanitarias.

En la primavera de 1963, la Comarca se vio sacudida por el caso del metílico, un problema sanitario de extrema gravedad que dio lugar a la apertura de un gran proceso de investigación judicial. El caso recayó en el juez mañonés José Cora Rodriguez (7), quien se encontraba entonces ejerciendo de magistrado en Ourense, uno de los epicentros del problema, ya que la mayoría de las partidas de las bebidas alteradas procedían de la zona del Ribeiro.

Para llevar adelante esta causa, Cora dispuso que fuesen los inspectores farmacéuticos titulares los que se encargasen de inspeccionar, analizar e inmovilizar todas aquellas partidas que resultasen sospechosas de contener productos adulterados con metílico de cada una de sus zonas. Para Ortigueira, el farmacéutico responsable de esta importante y difícil misión será Torres. A pesar de que en el Ortegal no estaban concernidas las bebidas alcohólicas, pues hasta allí no solían llegar los productos artesanales elaborados en el sur de Galicia, sí estaba envenenada una remesa importante de vinagre que había sido recibido por una conservera cariñesa. Las fábricas de conservas usaban este producto para mantener esterilizado el pescado enlatado. Pero Torres, por precaución, también llevó a cabo otros reconocimientos de bebidas y conservas en bares, tiendas de alimentación y almacenes de toda su área.

De todo ello, acabará redactando un completo informe que le será enviado al Colegio de Farmacéuticos para su estudio a finales de febrero de 19648. Sus declaraciones causarán una impresión muy positiva entre los miembros de la Junta de Calificación del Colegio Provincial de Farmacia por su exhaustividad en la exposición y por el tratamiento que hizo de los resultados de su investigación al punto de que decidirán premiarle con un diploma acreditativo y un viaje a Madrid para que pueda asistir al homenaje que se le brindará a la inspectora María Elisa Álvarez, la farmacéutica que detectó el origen de los problemas de salud que acarreaba el metílico.

A causa de la ingesta de este alcohol llegaron a morir, oficialmente, más de 50 personas y más de otra decena quedaron ciegas, aunque, según otras fuentes, fueron muchas más tanto en Galicia como en Canarias, que padecieron sus consecuencias en las dos regiones en las que el problema tuvo una mayor incidencia.

Las cualidades de Torres como analista (9) volverán a ser puestas a prueba en otras muchas ocasiones, bien a petición de su Colegio o de la Junta Provincial de Sanidad, para emitir los correspondientes informes sobre algunas de las alarmas sanitarias que se produjeron durante los años siguientes. Para algunas de estas investigaciones contó con la colaboración de sus compañeros Julio Yllade, de As Pontes, Inés Prieto Díaz, de Cedeira e, incluso, con el personal de los laboratorios oficiales de sanidad de la provincia. Como una pequeña muestra de su gran trabajo en este ámbito se pueden observar las cifras que se exponen, por ejemplo, en la memoria estadística anual del Colegio Provincial de Farmacia de 1972. En ella aparecen reflejadas sus más de medio millar de visitas para inspeccionar y vigilar los productos alimenticios expedidos en la comarca; sus casi dos centenares de visitas sanitarias a sus locales o el control diario que realizó de las aguas de Ortigueira, entre otras muchas tareas desempeñadas en el cumplimiento de su puesto de farmacéutico titular.

En los años 70, la actividad económica de la Comarca empezó a emerger con pujanza, lo que propició un uso más frecuentemente por parte de los vecinos de los remedios que se podían encontrar en las farmacias para restablecer o mejorar la salud. Como consecuencia de ello, éstas inauguraron una de sus etapas más prolíficas, algo que también tendrá una cierta incidencia en la economía de la Farmacia Torres, pero que, a pesar de todo, no doblegará la voluntad ni las expectativas de su dueño respecto a su interés por aplicar sus conocimientos en otros ámbitos. Con esas miras había concluido, en 1969, su diplomatura en Sanidad y, alcanzando posteriormente, la condición de especialista en análisis clínicos.

Su implicación profesional y su larga lista de amistades harán que ya desde un tiempo atrás esté siendo llamado para ocupar diversos cargos en la vida asociativa del Colegio Oficial de Farmacéuticos de A Coruña. Así será como desde 1962 irá aceptando algunos importantes puestos en varias de sus comisiones (vocal, contador, presidente, secretario, etc.), para, entre 1975 y 1988, ser elegido como vocal provincial de los farmacéuticos titulares y, más tarde, vicepresidente de la Sección de Titulares del Consejo General de Farmacéuticos, en Madrid.
Durante el ejercicio de sus funciones colegiales se reveló como un entusiasta organizador de varias de sus asambleas y de jornadas profesionales, una de las cuales alcanzó un notable éxito y de la que siempre se sintió muy orgulloso: la IV Asamblea Nacional de Farmacéuticos Titulares, celebrada en A Coruña, en 1980, y a la que asistieron más de mil profesionales. Pese a todo, ésta sería la última ocasión en que todos los farmacéuticos titulares españoles estuvieron reunidos a nivel nacional, ya que a partir de entonces los colegios se fragmentarían por autonomías. Una ruptura señalará el inicio de la confección y elaboración de un Mapa Sanitario propio para Galicia impulsado desde la Xunta, y para el que Alfredo Torres va a ser nombrado el representante del Colegio de Farmacéuticos en la comisión que se creará al efecto. Allí asistirá asombrado a los interminables debates que se abrirán entre los ayuntamientos para esgrimir sus disputas ancestrales sobre la ubicación de un centro de salud o la localización de un determinado servicio sanitario.

En 1984, será designado por la Consellería de Sanidade coordinador del Mapa de recursos de agua potable de Galicia, lo que le llevará a liderar los trabajos de casi 150 farmacéuticos titulares gallegos y de los laboratorios de análisis de las cuatro direcciones provinciales de Saúde Pública. Por su especial dedicación a este trabajo, el Colegio de Farmacéuticos de A Coruña le va a conceder en 1988 la Medalla de Oro al Mérito Colegial, un reconocimiento que le otorgará por “su relevante actuación al servicio de la sanidad pública”. Una década más tarde, este mismo organismo le nombrará su delegado para cumplimentar la ofrenda que debe efectuar al Apóstol con motivo de las Bodas de Oro de su promoción.

Hasta aquí lo que sería un brevísimo resumen de su dilatada e intensa vida profesional. Sin embargo, la biografía de este ilustre ortegano quedaría muy empequeñecida si no se expusieran otros muchos méritos de él, algunos de los cuales confluyeron con su profesión, mientras que otros hablan de él desde otros ámbitos.

Uno de las aspectos extraprofesionales al que Alfredo Torres más dedicó su escaso tiempo libre fue el de escribir. Muchos de sus artículos se encuentran publicados en el semanario La Voz de Ortigueira, donde tenía el placer de comunicarse con sus lectores a través de su columna Desde mi rebotica. Allí hizo que semana tras semana se editasen en este singular periódico sus ideas sobre todo tipo temas. Su amistad con su antiguo director, David Fojo, le ofreció la posibilidad de que éste le editase algunos de sus artículos en separatas sin ningún coste para él, algo de lo que siempre estuvo especialmente satisfecho, y cuya deferencia le agradeció vivamente a su mentor. Sus últimos trabajos en el periódico local los expuso bajo el encabezamiento de La botica vegetal. A esta columna trasladaba con amenidad sus explicaciones sobre las virtudes y contraindicaciones de determinadas plantas utilizadas como remedios para algunas de las enfermedades más habituales.

Sobre el tema particular de las plantas publicó otros trabajos, entre los que cabe destacarse el su libro Las ortigas. Una revisión interesada (10) que salió a la luz en Edicións O Paparroibo. En esta obra recoge, además de su pasión por la farmacoterapia, su satisfacción, como ortegano, de hacer todo un encaje de bolillos en torno a las diferentes dimensiones de las ortigas: el símbolo heráldico de los ortigueireses.

Así mismo ha colaborado en diversas obras colectivas, como Manual básico de técnicas de aguas (1985), Un siglo de farmacia en España. 1895-1995 (1995) o Un centenario, una profesión. 1902-2002 (2002).

Para Alfredo Torres un conocimiento sin transmisión era como un árbol sin frutos. Por ello, en cuanto tuvo ocasión, se brindó, como ya dijimos, a formar parte del elenco de profesores de la Academia de Ortigueira, a la vez que ha sido uno de sus administradores, pero también uno de los padres que tuvieron a alguno de sus hijos en ella. Es decir, ocupó los tres posibles puestos que podía tener en la institución educativa: directivo, profesor y padre.

Los placeres de los que disfrutó durante su vida fueron los libros, sobre todo los históricos; los vinos, a los que era aficionado, aunque sin las estridencias de los sumilleres modernos, y, como no, las conversaciones con aquellas personas a las que consideraba amigas o a las que podía escucharles cosas interesantes.

Disfrutó de la larga y exitosa vida familiar en la que estuvo rodeado por sus cuatro hijos y apoyado por sus hermanos, hasta que falleció a los 85 años, el 25 de septiembre de 2008.

NOTAS:
(1) La Academia Santa Marta recibió su autorización de apertura de la Universidad de Santiago de Compostela el 22 de mayo de 1936.
(2) Torres Pajón, A. Discurso en el acto de entrega del Diploma de farmacéutico ejemplar por la Asociación de antiguos alumnos de la Facultad de Farmacia de Santiago de Compostela. Santiago de Compostela. Salón Noble del Palacio de Fonseca, 28 de abril de 1986.
(3) Alfredo Torres es reconocido colegiado en la junta celebrada por la directiva el 29 de diciembre de 1948.
(4) Alfredo Torres Pajón será el farmacéutico acreditado con número de carné 322 de la provincia de A Coruña.
(5) Cristino Álvarez, además de farmacéutico fue concejal en el Ayuntamiento coruñés, presidente de la Asociación de Amigos de la Ópera, presidente de la Federación Gallega de Fútbol y fundador del Trofeo Teresa Herrera.
(6) Dionisio Leo Donaire era un maestro procedente de Extremadura, que había ejercido en Freires (Ortigueira) durante los años previos a la caída de la República. Fue expulsado del cuerpo en 1936, ingresando entonces en el Ejército como soldado voluntario con el fin de evitarse problemas con el nuevo régimen. Estaba casado con Dolores Bouza Martínez, una chica del lugar de A Taipa (Senra-Ortigueira) quien, además, era familiar de la mujer de Alfredo Torres, Ana María.Tras la guerra civil, Dionisio fue destinado como oficial de sanidad del Ejército en A Coruña.
(7) Años después, y tras una larga y exitosa carrera, el barqueirés José Cora va a alcanzar las más altas cotas de la magistratura gallega, siendo el primer presidente del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia (1989-1990) y su primer Valedor do Pobo (1990-2002).
(8) Memoria de los servicios prestados por D. Alfredo Torres Pajón, inspector farmacéutico municipal de Santa Marta de Ortigueira durante el año 1963.
(9) Alfredo Torres había participado durante los años 1961 y 1962 en cursos de perfeccionamiento en análisis clínicos impartidos por la Universidad de Santiago de Compostela.
(10) Otros trabajos sobre plantas son Plantas medicinales. Virtudes, mitos y tradiciones, publicado por el Colegio Oficial de Farmacéuticos en 2007, y Las ortigas. Aspectos heráldicos, gastronómicos y medicinales, aparecido en forma de una separata publicada por el director de La Voz de Ortigueira.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


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