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El libro de José Luis Durán Mariño

viernes, 10 de mayo de 2013
Mi nieto mayor – seis años – que profesa el mismo credo futbolístico que José Luis Durán Mariño, se quedó con la expresión “¡Santo Dios!”, aprendida en alguna transmisión radiofónica, y ahora cuando improvisa sus propias y entusiastas transmisiones la emplea para apoyar verdades como: ¡Santo Dios, que golazo!... o cuando se refiere a una afortunada intervención de Diego López, que entonces es: “!Santo Dios, que paradón!”.

Mi primera impresión ante LA COLMENA INSOSTENIBLE, no pudo evitar la expresión ya mencionada: “!Santo Dios, que libro el de José Luís Durán!”, Santo Dios, que libro!.

Y eso que nadie puede llamarse a engaño sabiendo que Durán maneja el acero de la palabra escrita con la misma precisión que el bisturí. Y, en el caso de este libro, porque además en la portada ya figura que el prólogo es de Manolo Sicart, con lo que uno ya puede imaginarse que en “La colmena insostenible” no se analiza la vida de las abejitas que vuelan de flor en flor, polinizando y armonizando la naturaleza, que todos sabemos que Sicart es un revolucionario que hace ya varias décadas dejó muy claro en Lugo lo que era hacer radio impactante, descolocadora... o mejor, colocadora, para poner a cada uno en su sitio. En el prólogo deja muy claro de que va la cosa cuando indica que “lo que el españolito no quiere ver es que vota, pero no elige. Son “otros” los que se encargan de ese pequeño detalle”.

La pasada semana estuve de viaje por otra parcela atribulada de las que conforman la llamada Unión Europea, aunque como a nosotros exteriormente no se le nota y sus procesiones – que haberlas, haylas- discurrirán por sus castillos interiores, por sus moradas. Y tras el ajetreo diurno, en el nocturno recogimiento fui leyendo – cada día, cada ciudad, un buen puñado de páginas- el libro de Durán, que irremisiblemente mueve a la meditación, a la contrición o dolor de corazón, y consiguientemente al llanto y al crujir de dientes.

El problema es que en una primera lectura puede parecerle al lector inocente que el autor exagera, le saca punta a la situación nacional, quiere hacerse el gracioso, lo consigue, para que al final pensemos que es – con perdón- un “tío cachondo” de los que cuentan chistes normales pero con
una gracia especial. Pero resulta que a cada capítulo leído te queda en la memoria un regustillo, un poso y un peso de cosa vista y juzgada a la que podrías poner nombres, y de hecho se los pones sin darte cuenta. Y entonces compruebas que Durán puede ser (lo es) compañero de viaje – o de unas cañas- agradable, entretenido, ingenioso... pero que utiliza la mente de una forma analítica implacable y utiliza la palabra acerada como el mejor filo albaceteño, toledano o de Taramundi, con la precisión que se le supone con el bisturí que para eso es uno de los primeros espadas de la Sanidad lucense.

Cuando conocí a Durán Mariño y comencé a escucharle, gobernaban “unos” la política nacional, e inicialmente pensé que era de los “otros”, por su incisiva crítica a lo mucho que no iba bien. Pero cuando los “otros” pasaron a detentar el poder, y él continuó siendo un crítico punzante, entendí que entre sus virtudes está la de la difícil independencia, que aquí, ahora y siempre, es más valiosa que el oro si quieres vivir sin tener que estar pagando permanentemente peajes que –si – en algún momento pueden tener compensación sustanciosa.

Pero quiero hablar del libro de Durán, que –digámoslo ya – compara a este país llamado España con una colmena, con su reina, sus zánganos, sus obreras, su producción de miel... si queréis saber quien ostenta cada papel, tenéis que leer el libro. ¡qué menos!. Aunque seguro que estáis pensando correctamente sobre quienes son los zánganos y quienes las obreras.

Si en este libro nos contasen como es la vida en otro país, resultaría algo así como aquel “Suecia, infierno y paraíso” de Enrico Altavilla, de nuestra juventud, que nos abrió las puertas de aquel mundo tan diferente al nuestro. Pero esta “Colmena” es la nuestra, y al leer el libro – entrar en la colmena- descubrimos qué nos duele, por qué nos duele, y a que enfermedad corresponden estos extraños síntomas que hacen que consideremos un grave problema a los que tienen en sus manos las soluciones, que apreciemos cada día menos a la cabeza más visible de nuestra sociedad, que cada día tengamos menos ganas de trabajar, de innovar, emprender... que nos dejemos ir como si los problemas de la colmena no tuviesen solución o no fuesen con nosotros.

A falta de otros medios más tradicionales, Internet vino a demostrar que aquella vieja quimera de los teóricos de la información era posible... que el “feedback”, la posibilidad de que cualquier persona pueda ser receptor y emisor de información, al instante, y con alcance mundial, está revolucionando nuestra sociedad, conectando a las personas pensantes con la velocidad del rayo, como se conectan entre si las abejas de una colmena.

Y muchas cosas de las que cuenta Durán se relatan en Internet anónimamente, como clandestinamente. La última, recibida estos días, es sobre la inmensa grosería que supone: comparar la jubilación de un diputado con la de una viuda; que un ciudadano tenga que cotizar 35 años y a los disputados les baste con poco más de un trienio; los asesores de la administración, las exenciones de tributación; el bajo nivel de formación de la clase dirigente; los subsidios de paro de algunos altos cargos... Pues lo que en Internet se dice de forma anónima, Durán lo cuenta con pelos y señales, con nombres y apellidos, con el rigor de un estudio científico y la minuciosidad de la planificación de una operación militar.

Mi ejemplar de “La colmena” está traqueteado por el manejo intenso de un libro que la semana pasada para mi fue de cabecera, que debiera ser de consulta obligada en las Facultades de Políticas, en todas las facultades, que debiera ser leído por todos los que aspiren a vivir la política –de la política- pero sobre todo debiera constituir un esencial punto de referencia para los que tienen algo que ver con el gobierno, con la trayectoria, con la vida de este país. Y vuelvo a Sicart: “votamos pero no elegimos”.

Como supongo ocurre en medicina, en salud, cuando estamos enfermos no es solamente una la causa... sino que diversos factores se concitan para provocar nuestra desazón. Pues en este libro están los síntomas, se analizan las causas, y se proponen los tratamientos. Sólo falta que el enfermo – que somos todos y cada uno- tome conciencia de su enfermedad, que los especialistas que se ocupan de él superen las barreras de las listas de espera, investiguen si es que no saben lo que está aconteciendo, le den el tratamiento farmacológico adecuado, pero sobre todo le proporcionen ese trato de médico de familia de toda la vida que sólo con su paciencia, su saber, su cariño, ya supone empezar a solucionar el mal.

Durán nos habla de colmena, y yo hablo de tratamientos. porque la colmena está enferma. Y o bien hay que fumigarla para partir de cero, o bien crear otra con una reina joven que busque otro emplazamiento, o expulsar a los zánganos para sanear la situación. Tenéis que leer este libro. Tenéis que leerlo por higiene mental, por pura necesidad vital... para saber quienes y cómo somos, de donde venimos, y a donde vamos. Y a donde debemos ir.
Estamos ante el “Ciprianillo” de la España de comienzos del siglo XXI. El “Ciprianillo”, o libro de San Cipriano de Antioquía, era un libro mítico para nuestros antepasados, que recogía fórmulas mágicas para encontrar tesoros, especialmente en Galicia y Portugal. Fue el libro más buscado, más codiciado, por nuestros bisabuelos y tatarabuelos porque abría las puertas a un mundo de riquezas infinitas al que podría acceder el que supiera leer y desleer en sus páginas.

A saber por donde anda mi ejemplar del Ciprianillo, que cuando lo hojeé no me abrió las puertas de las riquezas, sin duda porque no sube leer inteligentemente en sus páginas.

Pues lo mismo puede pasarnos con el libro de Durán... Si no sabemos leer en él, si no entramos en su fundamento y sus realidades, si lo que en él se cuenta crudamente nos entra por un sentido y sin dejar poso lo dejamos discurrir, será como el Ciprianillo que nunca nos permitirá acceder a ese mundo mítico de riquezas que nuestros antepasados estaban seguros que existía y merecían poseer.

Pero si lo leemos “con sentidiño”, como corresponde con un libro tan serio, tendremos un retrato en crudo, con los colores más vivos, de la sociedad española en estos tiempos de cólera, que nos hará pensar, que nos va a preocupar, y que a lo mejor – esto ya no es tan seguro- nos llevará a actuar de una u otra forma.

De todas maneras estoy totalmente seguro de que cuando hayais leído el libro de Durán exclamareis admirativamente: ¡Santo Dios, que libro!.


(Texto de la presentación en Lugo el 7 de mayo de 2013).
Xiz, Xulio
Xiz, Xulio


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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