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José Neira Fernández, líder antifranquista

miércoles, 30 de mayo de 2012
Orteganos

José Neira Fernández, líder antifranquista

José Neira Fernández (En la foto, el primero a la izquierda), nació en Mera de Arriba en 1909. Durante sus años jóvenes se dedicó a trabajar de herrero en Cuiña y se afilió al Sindicato General de Proletarios de San Claudio, de orientación anarquista, que estaba próximo a los presupuestos de la Confederación Nacional del Trabajo, más conocida por sus siglas, CNT.

Posicionado como combatiente antifranquista al ser movilizado su reemplazo en el verano de 1936, se escapó, junto con su hermano Armandino y otros compañeros a los montes de la zona, consiguiendo, poco después, organizar la que va a ser la primera tropa estable de guerrilleros de Galicia, a la vez que se convierte en su líder natural. Los paisanos los conocían como el Grupo Neira, y sus componentes eran anarquistas que procedían de las provincias de A Coruña y Lugo.

Como todos los maquis de la Guerra Civil y de la posguerra, estaban apoyados por la población civil de los pueblos y aldeas. Entre sus enlaces había obreros y labradores, pero también eclesiásticos y miembros de las fuerzas armadas, además de algunos profesionales.

La muerte de Armandino se produjo por los disparos de la Guardia Civil el 1 de junio de 1939, cuando fue descubierto en una cueva de Montemeao, en Cuiña (Ortigueira). Durante su juventud había sido el novio de Gloria Giz Castro, quien, tras su muerte, dejó la comarca natal para desplazarse a Ferrol donde se puso al servicio de la familia del sacerdote Enrique Chao Espina. Mientras permaneció en la casa del cura académico mantuvo muchas conversaciones sobre las circuntancias de la vida de su novio y de la relación que ella había sostenido con su familia. Esto despertó en Chao Espina un vivo interés por novelar su relato vital, pero nunca llegaría a ponerlo sobre el papel. A pesar de ello, en una de sus últimas obras la evocará como una “joven, muy activa, de buen parecer y [que] gustaba de cantar para olvidar recuerdos que siempre fueron tristes. También era gran lectora, y con ella hablaba de Ortigueira y me contaba los sufrimientos que había pasado. Esta sirvienta había estado varios años presa, por razones políticas de su novio perseguido.

Gloria Giz me contaba con una serenidad muy grande, cómo fue golpeada en la prisión, y amenazada de muerte por no querer descubrir la guarida donde se escondía su novio Neira. Este era un escapado y perseguido por considerársele enemigo del llamado Movimiento Nacional. Gloria sabía donde se ocultaban los compañeros de su novio Armandino Neira, pero su tesón, su gran valor y el amor tan grande que profesaba a su novio, evitó muchas muertes”.

En los años 40, tras concluir la Guerra Civil, el grupo de Neira contaba con más de una docena de hombres, y que aún seguiría aumentando hasta llegar, según algunos, a estar formado por medio centenar de miembros, el más conocido de los cuales era el comunista asturiano Marcelino Rodríguez Fernández, al que todos llamaban por su acrónimo, Marrofer, o bien por el sobrenombre de Gafas. Los guerrilleros del merense estaban repartidos en cinco grupos que fueron ocupando el territorio del norte gallego hacia el oeste, partiendo del triángulo formado por las localidades de Ortigueira-Ferrol-As Pontes. Así pues, sus nuevas zonas de influencia van a situarse entre Pontedeume y Monfero. La unidad que permaneció en la zona inicial quedó al mando de Oleiroso, mientras que Neira y media docena de sus mejores hombres siguieron avanzando hacia el oeste, asentándose en la zona costera de Cee, Vimianzo y O Pindo, y estableciendo su puesto de control en la Sierra de Santiago.

Con esta nueva ocupación territorial, la cuadrilla trataba de mantener una mayor presencia a través de organización de pequeñas partidas que ahora estarían bajo las órdenes de ex-carabineros de Muros y Noia, que ya merodeaban por aquellas montañas desde los inicios de la contienda fratricida.

Desde 1941, Marrofer se convertirá en el principal responsable del grupo, tras la reunión mantenida en Bergondo y que dio lugar a la IV Agrupación del Ejército Guerrillero de Galicia (A Coruña). El nuevo jefe le impondrá unos objetivos diferentes a las maniobras de los partisanos, ahora más orientadas por su ideología marxista.

Entre 1943 y 1944, Neira volvió a su primera posición en el Ortegal, operando bajo la denominación de Agrupación Guerrillera Neira. Su cuadrilla seguía siendo una de las mejor organizadas, por lo que sirvió a las demás para crear, en el otoño de ese mismo año, la Cuarta Agrupación Guerrillera.

Sus integrantes estaban amparados por sus contactos en Moeche y Ferrol, lo que les permitía refugiarse en casas de apoyo durante largos periodos cuando eran heridos.

El vicedense Eusebio González Pedreira, uno de los últimos guerrilleros supervivientes de los grupos maquis de los años cuarenta, precisa que, a raíz de la caída de una serie de compañeros en 1942, “plantexouse xa a necesidade de xuntar diñeiro para comprar un barco e fuxir a Francia. Neira e Xosé Castro foron para Ferrol a buscar máis diñeiro e, pasados tres ou catro meses, só regresou Castro, que nos dixo que se separou de Neira e non volveu a velo. Non soubemos nada máis del. As circunstancias da súa morte seguen sen clarexarse”.

Hoy todavía siguen existiendo desacuerdos sobre las causas de su desaparición para la que se postulan diferentes teorías. Una de ellas afirma que fue asesinado por una orden dada por algún dirigente de otra formación, puesto que, como apuntan Eliseo Fernández y otros historiadores, “algunos libertarios fueron asesinados por comunistas cuando la guerrilla entró en su fase más estalinista y militarizada”, al no aceptar la indisciplina de Neira y de otros cabecillas ni tampoco que éstos actuasen por libre; otros barajan la posibilidad de que su muerte se haya debido a algún encontronazo con algún camarada por sus diferencias ideológicas, y aún hay quien opina que pudo caer en uno de los enfrentamientos directos de su grupo con las fuerzas de la Guardia Civil.

Marrofer intentó, entonces, organizar los grupos guerrilleros de un modo más operativo para que “desen máis golpes, sen pensar que cada vez que había enfrontamentos producíanse mortos e feridos que falecían aos dous ou tres días por non poder atendelos. Para nós era vital protexer o corpo se queríamos sobrevivir”, precisa Pedreira.

La actividad de los grupos que subsistieron hasta finales de la guerra fue muy reducida, a excepción del Grupo Neira, el que más eco adquirió durante aquella época. Su armamento era precario. Parte de las armas y municiones habían salido de la fábrica de armas de A Coruña.

En cuanto a la Guarda Civil, primero mantuvo una cierta actitud de no beligerancia en las áreas en las que la población les manifestaba un claro apoyo a los huidos, por lo que no actuaba más que cuando era algo inevitable. Un hecho al que hay que añadirle también su propia insuficiencia de medios y la dispersión de sus efectivos, pues, al margen de los acuartelamientos de A Coruña y Ferrol, solamente existían puestos fijos en As Pontes, Pontedeume, Miño, Irixoa y Betanzos, que contaban con dotaciones de en torno a 15 números. En otros lugares, como Montesalgueiro (Aranga), As Neves, Ponte da Pedra e Alto Xestoso (Monfero), estaban instalados en casas alquiladas, con destacamentos de entre cinco y seis hombres al mando de un cabo, lo que explicaría por qué en la provincia de A Coruña sólo se registraron dos bajas en sus filas hasta 1946. Pero después, al ir progresando la guerra, empezaron a considerar a los civiles que apoyaban a los maquis en sus escaramuzas como objeto de persecución, que torturaban o, incluso, les mataban a toda su familia.

Tras la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial llegó la gran decepción para los combatientes antifranquistas ya que pudieron observar como a ninguno de los países componentes del ejército vencedor le interesó expulsar a Franco del poder: “preferiron ter un ditador amigo que instaurar un réxime democrático, por medo ao risco de que o país se alíase coa Unión Soviética”, explica Eusebio González. Esta ausencia de apoyo exterior llevó a los maquis de la comarca a resignarse, y a ver cómo todo el movimiento se diluía tras la debilitación de la estructura del Partido Comunista en 1946: “Quedamos sin expectativas de poder democratizar o réxime a curto prazo e xa pesaba o tempo que levábamos escapados. Non estábamos dispostos a vivir como raposos eternamente”, manifiesta González Pedreira.

Con el dinero recaudado mediante el cobro de los impuestos revolucionarios y de las contribuciones obtenidas de las personas afines lograron financiar no sólo su escapada en el buque pesquero Santa Teresa, sino también reservar una cantidad de en torno a 50.000 pesetas para sufragar los gastos de los muertos y heridos, indemnizar las represalias, y ayudar a sus viudas y huérfanos.

El viaje en el barco a Francia sólo pudo ser realizado por un total de 22 personas, entre guerrilleros, enlaces, el propio patrón del barco y dos de sus tripulantes, lo que les supuso un desembolso de 60.000 pesetas. La odisea del pesquero con base en san Cibrao comenzó a las tres de la madrugada del 15 de septiembre de 1946, emprendiendo su partida desde una zona próxima al actual puerto de O Vicedo, en dirección a Viveiro, según el relato que Eusebio González proporcionó de los hechos. No obstante, su salida ya estaba preparada para el día anterior, pero ni el lugar elegido ni las mareas la permitieron. Por ello, todos los huidos debieron refugiarse en los montes próximos a la espera de que el patrón encontrase un sitio más adecuado y les diese el aviso para embarcar.

Casi a la medianoche del mismo día en que iniciaron su marcha llegaron al puerto de El Musel, en Gijón, a donde tuvieron que arribar para resguardarse por la fuerte marejada, momento que aprovecharon para reparar una pequeña avería que se había originado en la sala de calderas. Durante el día y medio que el barco estuvo atracado en el puerto asturiano, los hombres permanecieron ocultos en él. Una vez que el tiempo mejoró y tras solucionar los problemas mecánicos, la embarcación tomó rumbo hacia Bayona, a donde llegaron el día 18. El último tramo del itinerario fue, según cuenta Eusebio, una auténtica odisea, pues “partir de Bilbao non se vía a dous metros por diante da proa”.

Tras su desembarco en Francia, algunos se domiciliaron en las zonas próximas a su destino, mientras que otros fueron llevados a los límites de la frontera francosuiza. La vida comenzaba para ellos en un nuevo país, en el que la mayoría va a permanecer toda su vida, aún después de que la democracia llegase a España.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


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