Opinión en Galicia

Buscador


autor opinión

Editorial

Ver todos los editoriales »

Archivo

El cura relojero de Ladrido

viernes, 11 de mayo de 2012
Orteganos de adopción

Francisco Javier Méndez y Neira de Saavedra, el relojero de Ladrido y del rey

Francisco Xavier Chayetano Méndez y Neira de Saavedra nació en Santa María de Ramil, parroquia del ayuntamiento de Castro de Rei (Lugo) el día 9 de enero de 1744. Sus padres fueron Juan Méndez y su mujer Manuela Díaz de Neira.

Desde muy niño empezó a destacarse en todas aquellas actividades que implicaban una cierta precisión en su manipulación. Una de sus primeras aficiones fue la de ayudar en los trabajos que se hacían en las cerrajerías artísticas. Este entretenimiento no le apartó de sus estudios, en los que despuntaba como un alumno aplicado.

Se formó como eclesiástico en el Seminario de Santa Catalina de Mondoñedo, también conocido como Seminario Menor, ordenándose sacerdote en 1872.

Mondoñedo era por entonces la capital de la provincia y uno de los centros regionales de la relojería junto con Santiago de Compostela, por lo que no es de extrañar que una parte de su tiempo lo dedicase Francisco Javier al aprendizaje de las técnicas de la relojería.

Seguramente el taller en el que practicaba no era otro que el del famoso relojero José Díaz y Rosón situado en el mismo centro urbano de la sede episcopal, a pesar de que otros autores, como Montañés, dicen que también pudo ser en el de Pedro Díaz Balboa.

Pero, según parece, sus trabajos posteriores revelan muchas más similitudes con las obras del primero que con las del segundo.

Tras haber transcurrido seis años desde su ordenación, se le confirmó su destino como párroco a la feligresía de Santa Eulalia de Ladrido, en el ayuntamiento de Santa Marta de Ortigueira, aunque, según apunta Maciñeira, no llegará a su nuevo puesto hasta febrero de 1780.

A pesar de lo apartado que estaba su nuevo hogar de su antiguo domicilio en tierras mindonienses, Méndez consiguió adaptarse pronto a la nueva vecindad y a sus costumbres. Sus ratos de ocio empezó a dedicarlos a sus aficiones personales por lo que fue montando un pequeño taller en el que se dedicaba a reparar algunos objetos de los vecinos. Pero, al poco tiempo, ya inició la construcción de unos hornos de fundición con los que transformaría el pequeño obrador en una verdadera fábrica de relojes en la que ya podía verificar tanto los ajustes como los montajes de las diversas piezas que producía.

Su mesura en el trato con los paisanos así como sus obras de orfebrería lo convirtieron, a la vez, en un sacerdote respetado y en artista virtuoso. Dos características que completaban una gran y metódica personalidad, y por las que sus vecinos le tuvieron un
gran aprecio.

Maciñeira recuerda que la parroquia “mejoró notablemente en el orden eclesiástico con su jefatura”. De hecho, tras una de las visitas del obispo de Mondoñedo a la localidad, en 1799, pidió a sus fieles su conformidad para reconstruir el deteriorado templo.

Los vecinos accedieron a su petición pero con la condición de que él debería correr con los gastos que ellos no pudiesen asumir. El párroco introdujo esta cláusula en el contrato de compromiso, y la obra se puso en marcha bajo su dirección, siguiendo los planos que él mismo había trazado en el mes de febrero de 1800.

También acometió la reforma de la rectoral, a la que le elevó un piso más.

Volviendo a su especialidad de relojero, hay que señalar que la fundición que había empleado desde los primeros años de estancia en Ladrido mejoró de forma ostensible a partir de 1790, cuando le introdujo las mismas características de la que disponía la fábrica de cobre que habían abierto en Xubia en ese mismo año para la fabricación de planchas de cobre con las que recubrir las maderas de los barcos. Además, era allí donde él se aprovisionaba de los materiales necesarios para sus creaciones. A la progresión de la técnica en la fundición del metal le añadió la mejora en la organización de la producción de sus obras.

Estos dos hechos significaron que pudiese empezar a fabricar un mayor número de componentes de una mayor calidad y en menor tiempo. La mayor eficiencia en la producción le llevó a poder atender al cada vez mayor número de solicitantes de sus piezas maestras. Pues sus relojes habían alcanzado fama de ser unos aparatos muy completos. Casi todos ellos, además de cumplir con su función principal, que no es otra que la de dar las horas, también indicaban los días, los meses y las lunaciones, y podían incorporar un silenciador y, en algunos casos, también un segundero.

Más que un constructor cabría definirlo como un artista que labraba cada una de las piezas hasta los últimos detalles, empleando técnicas consolidadas y algunas nuevas con las que conseguía unos relojes con acabados de auténticas joyas. Solía firmarlos con las siguientes inscripciones: D. Xavier Mendz. y Na. de Saavra. Ft., a las que les añadía el año de su producción, y algunos los rubricaba: Cura de Ladrido, lo que venía a afirmar su situación de verse como una persona bienquerida y admirada por sus fieles.

Durante su permanencia en la parroquia de Ladrido su fama se fue extendiendo por toda la geografía galaica e hispánica haciendo que su actividad fuese incesante debido a la alta demanda de sus aparatos que sobresalían no sólo por su belleza sino también por su excepcional precisión.

De los muchos relojes que salieron de su taller, algunos fueron a engalanar grandes instituciones como el Monasterio de Sobrado.

Para este cenobio hizo una pieza de gran delicadeza y perfección, de la que se conservan documentos escritos pero no así la máquina. Del mismo modo, otras de sus obras llegaron a formar parte del mobiliario de la casa del rey Carlos IV, de la familia Ramos Fernández, del Pazo de Oza dos Ríos o de la casa de As Carreiras en O Barco de Valdeorras. Este último reloj fue rescatado para el Museo Provincial de Lugo en 1963, gracias a la intervención de su director, el gran historiador Manuel Vázquez Seijas.

El ejemplar está compuesto por un reloj con una esfera montada sobre una placa de bronce con esquinas cinceladas y con una decoración dieciochesca, muy del estilo del barroco gallego. Las agujas horarias se encuentran situadas en dos esferas concéntricas, y sobre ellas, a modo de moldura arqueada, se muestra un círculo con espacios también grabados en los que se puede leer la inscripción que nombra a su autor y el año en que fue realizado (1792).

Algunos estudiosos de la relojería consideran a Méndez el precursor de los insignes Losada e Iglesias, a la vez que coetáneo de Antelo.

También lo señalan como el perfeccionador de los diseños de las esferas inglesas, que eran los modelos más cotizados en su época en el mercado internacional, como fueron los de J. Watts o John Fayler, a base de haberlos copiado en múltiples ocasiones.

Sus grandes habilidades artesanales le permitieron introducirse en otras facetas de las artes decorativas como la pintura, la orfebrería religiosa o la ebanistería. Asimismo trazó planos, cinceló cruces, talló cajas de reloj, e hizo todo tipo de enseres para su iglesia parroquial y la casa rectoral en que vivía. De sus manos salieron cajas de relojes doradas o pintadas, esferas, agujas, péndulos, pesas y campanas. Por todo ello, este gran maestro orfebre y ebanista tiene, aún hoy, el honor de figurar en las listas de los más afamados relojeros de España de todos los tiempos, pues pocos han sido los que han logrado igualar su perfección en el detalle y en el número de obras construidas, así como la precisión técnica de sus mecanismos.

Montañés considera que sus relojes pueden dividirse en dos tipos:

1. De pesas, sin caja, con movimiento y sonido horario, con una sola pesa, esfera de tamaño veinte por veinte centímetros e inscripción en cuadro de inscripción en el círculo del copete.

2. De pesas, con caja, esfera de treinta por treinta centímetros, movimiento y sonido horario -o de horas, medias y cuartos-, calendario de salto de fecha –o de fecha, día de la semana y mes-, inscripción sonido-silencio en el círculo del copete, segundero bajo la cifra XII y firma del autor en el sector circular que va de lado a lado a la altura de las cifras VIII y IV.

Durante un tiempo, tuvo como aprendiz a Francisco Javier Vélez, el hijo de su hermana María y de Diego Vélez, quien además de su sobrino era su ahijado. Éste y José N. Rouco y Alvelo, de Vivero, fueron sus eficientes oficiales ayudantes el resto de su vida.

Francisco Javier Méndez falleció el día 3 de julio de 1803, cuando contaba 59 años, a causa de un ataque de apoplejía. Sus restos mortales fueron depositados en el suntuoso panteón que se halla situado en la capilla mayor de su iglesia parroquial de Santa Eulalia de Ladrido.

Tras su muerte, su sobrino regresó a Mondoñedo, de donde era originario, y abrió su propio taller, en el que continuó las enseñanzas de su maestro. El heredero y discípulo perseveró en la industria relojera con las herramientas que legó su tío y con los restos de los metales que éste tenía en su taller; instaló un horno de fundir metales, con su correspondiente taller de ajuste y montaje, en una casa espaciosa y cómoda para su trabajo. Entre sus discípulos sobresalió un oficial llamado José Rouco y Alvelo, que fabricó relojes para los conventos de Santo Domingo y San Francisco Javier de Vivero.

Vélez construyó muchos y muy buenos relojes de caja alta y de linterna, con buenas terminaciones similares a las de su tío-maestro. Concretamente, uno de caja alta, carillón lo firmó de la siguiente guisa: D FRAN JAVIER VELEZ ME FABRICO EN MONDOÑEDO AÑO DE 1809. Este aparato fue restaurado años después por un anticuario del Rastro madrileño. Además de relojero, fue racionero de la catedral de Mondoñedo, esto es, el encargado de distribuir las raciones en su comunidad. Tras su muerte, el ayuntamiento mindoniense le dio a la calle en la que se encontraba su casa el nombre de Rocha de Vélez, a la que alude Cinquero en una de sus crónicas.

Para finalizar, mencionaremos que los dos hornos que había construido el cura-relojero de Ladrido para su factoría fueron demolidos en 1860, y que el taller también tuvo que ser desmontado en 1887 para poder efectuar la reforma de la rectoral, por lo que hoy no queda nada de lo que Francisco Javier había utilizado para crear sus máquinas del tiempo. Sin embargo, sus obras todavía se pueden admirar en museos -como el municipal de A Coruña-, y en su templo, en el que se encuentra una sencilla cruz de plata y la que fuera la puerta de la bodega rectoral, decorada con una pintura. Y en el núcleo de población más habitado de Ladrido, O Barral, se sitúa la iglesia que en su momento fue diseñada por él.

Relojes del Cura de Ladrido

Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


PUBLICIDAD
ACTUALIDAD GALICIADIGITAL
Blog de GaliciaDigital
PROMOCIÓN
PUBLICACIONES
Publicaciones
Publicaciones Amencer
Revista Egap
Obradoiro de Artesania