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Sólo nos acordamos del barco

viernes, 13 de abril de 2012
El domingo se cumple un siglo del hundimiento del Titanic. Soy una de las muchas personas fascinadas por una historia en la que se mezclan mitos, leyendas urbanas y realidades difíciles de creer. James Cameron ayudó a crear muchos mitos con una película que, contra toda lógica, empata a Oscar con Ben Hur, e incluso la supera al tener tres nominaciones más que esta última. Esto puede ser muestra de lo que está pasando en Hollywood, porque también ha empatado con 11 Oscar la tercera película de “El señor de los anillos”, superando, por ejemplo, a “Lo que el viento se llevó”. Talonarios del mundo, ¡uniros!.

Pero bueno, a lo que íbamos. Como el domingo no escribo (los fines de semana están para eso, no creo que me echen tanto de menos suponiendo que lo haga alguien) le vamos a dar una vuelta al Titanic un par de días antes del aniversario. No soy original, ya que vienen artículos en todas partes sobre el mítico barco desde hace bastante haciendo paralelismos con la crisis.

Más allá de la magnitud del desastre, la poesía que rodeaba a este inmenso flotador (que al final no flotaba tanto) hizo que se dijeran muchas tonterías: que es el mayor desastre marítimo de la historia (lo fue en su época, eso sí), que estrenó el S.O.S., que estaba construido en plan chapucero, que era el barco más rápido del mundo… Parece que si no es “lo más” no mola. Como si no fuera suficiente que 1.517 personas se fueran a pique con él.

Hay sitios en que uno se puede hacer una idea de lo que pudo ser el Titanic. Estamos hablando de un barco construido a principios del siglo XX. Aún no habían estallado ninguna de las dos grandes guerras mundiales, los imperios económicos aún estaban en pie y ni siquiera en Rusia habían caído los zares. Quedaban aún los restos de la época victoriana en Inglaterra y el resto del mundo, ya que esa pequeña isla regía los destinos de medio planeta.

En esa misma época (en 1908) se construyó el que hoy es uno de los hoteles más impresionantes que he visto en mi vida, si no el que más. El Vidago Palace, en el norte de Portugal, es un auténtico palacio de principios del siglo XX que, recién restaurado, conserva las líneas maestras de lo que hace cien años se consideraba lujo y elegancia. Creo que hoy sigue siendo un templo del estilo de difícil imitación.

En Semana Santa ya les había dicho que estuve en la zona de Chaves y Vidago (está muy cerquita de Verín, a menos de 35 kilómetros, un paseo), y era muy difícil estar en el Vidago Palace sin que a uno se le viniera a la cabeza el Titanic, ya sea por la brasa que nos están dando con el tema o por mi particular atracción por el mismo. Incluso la escalinata que tiene a la entrada, una preciosa construcción de madera, recordaba el estilo del famoso barco.

Imaginarse un buque de ese estilo, recién hecho y con todo lujo de detalles, hundirse en el mar con gran parte de su pasaje es lo más parecido que puedo imaginar a la desgracia que ocurrió ese 15 de abril de 1912. Les juro que cuando veía a los empleados del hotel y a sus huéspedes pensaba en lo que debió de ser aquella catástrofe y los momentos de sorprendido y lujoso pánico que vivirían.

Hay desgracias que marcan simbólicamente periodos en la historia. El hundimiento del Titanic es el fin de la era de la revolución industrial y del lujo de las clases más opulentas del siglo XIX, que serían relevadas por una opulencia diferente, la de las estrellas de cine de los años 20 y 30 y, tras las guerras mundiales, las nuevas razas de ricos. Probablemente tuviera un efecto psicológico similar al de los atentados del 11S contra las Torres Gemelas, que marcaron el inicio del siglo XXI.

La diferencia es que esta última la hemos vivido casi todos, y que no hay subastas de restos de las torres en ninguna parte que yo sepa. Nuestra sociedad está devorando el Titanic con la misma voracidad con la que consumió a Michael Jackson o el mundial de fútbol. Millones de personas quieren tener un trocito de Historia en su casa, un tenedor, un trozo de un plato, incluso se han sacado relojes y estilográficas realizadas con aleaciones que mezclan acero original del Titanic rescatado del fondo del mar… Siempre me ha sorprendido que se desguazara el Olympic, uno de los dos barcos gemelos que tenía el Titanic (el otro se hundió, como su hermano más famoso). Lo raro es que no se hiciera un museo flotante, o que se llevara a tierra. ¿Se imaginan ustedes el negocio?

1.517 vidas se hundieron con el Titanic, pero sólo nos acordamos del barco. A eso también ayudó James Cameron ahogando al memo del protagonista de la película.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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