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Fronteras psicológicas

lunes, 19 de marzo de 2012
“Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Pues relucirán todo lo que quieran pero ahora ya ninguno de los tres es festivo nacional, al menos según lo que entiendo yo por “nacional”.

Empezaron, según recuerdo, cargándose el festivo de la Ascensión, salvo en localidades como Santiago de Compostela en que es una fiesta local y por lo tanto ese día no se trabaja. Luego dejó de ser festivo el Corpus, lo cual es llamativo en localidades como Lugo, donde hay una importante tradición en ese sentido, y ahora le toca el turno al Jueves Santo.

Tengo que reconocer que tengo un cacao bastante importante con el tema de los festivos, sobre todo ahora que parece un sudoku autonómico en que cada uno limpia, fija y da esplendor a su propio calendario laboral. Si miran el BOE del 4 de noviembre de 2011, páginas 115143 y 115144, verán que salvo agosto y noviembre el resto de los meses vienen llenos de llamadas con los festivos en cada comunidad autónoma. Si a eso le añadimos los festivos locales, dos por ayuntamiento, lo complicado es encontrar un día en donde se trabaje en toda España, o donde no, sacando Navidad y Año Nuevo.

Aún hay cosas más ridículas, como que los pescadores descarguen sus capturas en Galicia o en Asturias dependiendo del calendario de vedas, que no es el mismo en toda la costa, como si el mar tuviera fronteras.

Los símbolos son importantes, muchísimo. No podemos hacer que nuestra vida gire en torno a ellos, pero tampoco tratarlos a patadas como si fueran irrelevantes. El hecho de que cada comunidad autónoma haga lo que le de la gana con el calendario es un paso más en la separación de unos y otros, en la victoria moral nacionalista de que “lo mío es mejor que lo tuyo aunque lo tuyo sea lo común y lo que ha habido siempre y no tenga más motivo para cambiarlo que ser distinto que tú”. No hay fronteras físicas, pero se intentan poner lindes psicológicos.


Hay cosas mucho más serias, por supuesto. Toda España está viendo con pasmo las medidas que se toman en Cataluña cerrando ambulatorios, metiendo unos tijeretazos que ni Christian Dior en sus mejores tiempos y estableciendo el copago de las recetas. Y si el españolito medio no abre más la boca es porque nadie le ha explicado el sistema de financiación vasco o el navarro, que vienen a ser una especie de universos financieros paralelos al del resto de los mortales.

Los que llevamos muchos años diciendo que el Estado Autonómico ha llegado demasiado lejos estamos recibiendo ahora más atención de la que hemos disfrutando hasta el momento. Como hay crisis todo el mundo se pone a mirar con lupa a dónde van los cuartos (una lupa un poco rara, que aumenta sólo unas partes y sigue ocultando otras) y se rasgan las vestiduras cuando ven la de pasta que metemos en ganchitos y gominolas para las salas de espera de los 20 presidentes que hay en España.

No me entiendan mal, no creo en recentralizar el poder, sino en organizarlo. Soy partidario de que el Estado reasuma un montón de competencias que ha ido soltando cual fallera mayor tirando pétalos, le falta la cesta nada más. Pero también creo en la descentralización en favor de los Ayuntamientos. No son el Estado ni la administración local quienes se tienen que poner a dieta, sino las Autonomías, que ni están tan controladas por el ciudadano como su Ayuntamiento ni tan vigiladas por la opinión pública como el Congreso. Esos agujeros negros competenciales tienen que dejar de serlo.

Muchos quieren que desaparezcan las Diputaciones, lo cual tiene un gran eco social principalmente porque si usted le pregunta a su vecino tendrá que reconocer que no tiene ni zorra idea de para qué sirve ese organismo. Nadie va a gestionar un papel a la Diputación, a menos que sea para pedir dinero para una cuchipanda, una exposición de un artista que no consigue vender nada sin subvención de por medio, o un viajecito organizado a costa de la administración. Tal vez la clave no sea destruir, sino racionalizar.

Hemos cogido muchos vicios durante los años de bonanza, en que había dinero para todo, sacado de los impuestos que a la larga todos pagábamos mediante la compra de viviendas carísimas y desproporcionadamente revalorizadas. Ahora hacer el camino a la inversa es mucho más duro y hay una clara falta de voluntad por parte de muchos de nuestros gobernantes y no mucha más por parte de la ciudadanía. Todos queremos que se ahorre, pero sin tocar “a lo mío”. Todos queremos que se racionalice, pero siempre que a mi me sigan pagando mis viajes a Roma con subvenciones a Ryanair. Todos queremos que el Conselleiro vaya a pie para no gastar gasolina en el coche oficial, pero que hagan un hotel de lujo en Muxía, llamado Parador.

A veces da la impresión de que más que ahorrar lo que quiere el común de nuestros vecinos es hacer la puñeta a los que gobiernan por una mera cuestión de envidia poco disimulada. El “fin de los privilegios” no se busca por cuestiones económicas, sino por el efecto Iznogud de “quiero ser Califa en lugar del Califa”, que en España se traduce en un “si yo voy a pie, el Califa también”.

Los lunes uno se dispersa más, pero si se fijan el hilo conductor de festivos, diputaciones, autonomías y coches oficiales es el mismo. Racionalizar es eso, hacer racional lo que no lo era, y la lógica no entiende de privilegios ni lucha contra los privilegios (incluso que el Presidente del Gobierno vaya en coche y no lo conduzca él tiene lógica, mire usted). Si vamos a sentarnos a reorganizar esto, que sea en serio y partiendo, si no de cero, tampoco de cien. Y si por el medio hay que eliminar administraciones, reducir otras y hacer el camino inverso del que se hizo desde 1978 para aquí en algunos temas, habrá que hacerlo. Y cuando quieran hablamos de competencias. A ver si somos europeos de una puñetera vez
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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