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Marzo 2012

martes, 13 de marzo de 2012
Ovidio asegura que marzo estaba dedicado al Dios Marte, y que grandes eran los fastos que se le celebraban. Previamente, los atenienses habían venerado a Palas Atenea, en Creta a Diana, en el país de Hipsilia a Vulcano, en Esparta a Juno y en la región de Menelao a Fauno. Algo tiene de divino este mes de grandes mareas que anuncia de forma clara la llegada de la primavera.

Comienza con el recuerdo del santo Rosendo que anduvo por tierras mindonienses, se proyecta en la leyenda de San Adrián y su victoria sobre las serpientes, de ahí el monumento en piedra que sustituye al peto de ánimas y cruceiros en tierras de Corme y que tiene mucho que ver con la cristianización de ciertos cultos paganos relativos a la simbología con ofidios.

Pero lo más hermoso del mes de las mareas marcelinas está en el recuerdo a partir del ocho en que se celebra San Filemón. La leyenda que trae a colación a dos ancianos de Frigia (Filemón y Baucis) a los que Zeus y Hermes visitan, dando lugar al origen de todas las ciudades sumergidas de Galicia, entre las que debemos recordar en nuestra Mariña: Estabañón en Viveiro, Bria en Mondoñedo y San Miguel de Villaplana en Barreiros.

Marzo es también el mes del renacimiento de la vida y de sus rituales costumbristas, en nuestra Galicia merece la pena recordar el que se relaciona con nuestros queridos y viejos carballos, el árbol mítico del oeste europeo. Casi desaparecido en lo que mi amigo Sito Otero Regal denomina, con toda la razón puesta en la realidad del paisaje, el mayor eucaliptal de Europa.

Mientras reflexiono y me preparo para la fiesta del equinodermo –erizo de mar-, desde el pequeño pero histórico puerto de Nois, de dónde es mi compañero el premio nacional de artesanía, Otero Regal y el poeta, Paco Rivas, sobre la tragedia de una sociedad zaherida por una reforma laboral que nos pondrá en seis millones de parados y más de once millones de seres humanos en la pobreza, y todavía hay quien se extraña de que la juventud de algunos lugares con historia de lucha por los derechos sociales, salga a las calles a protestar, llamándoles, “enemigo”.

Cada vez que veo la cara – y puede que él, no tenga la culpa- del Ministro del Interior, no puedo por menos que recordar a los Gobernadores Civiles de aquellos “forrenta años” que mitad en serio, mitad en broma, describía Forjes en plena oprobiosa, cuando tranquilidad venía de tranca.

Algo hemos hecho mal para merecer el castigo, ya no de los ofidios, o de las aguas del diluvio, pero si el de una reforma que en nombre de la austeridad contra el déficit público, nos hace pobres de solemnidad, rompe el contrato social de los derechos a la dignidad en el trabajo y a las coordenadas para establecer los mínimos en sanidad, educación y pensiones, y así poder ejercer con realismo esa ciudadanía de aquel nuevo régimen que se instauró en Europa tras la revolución francesa.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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