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Cuestión de fe

viernes, 27 de enero de 2012
Esto ya es una avalancha y da sudor frío. Cinco millones cuatrocientos mil parados. Esto no mejora, y de hecho empeora. Hemos cambiado de Gobierno pero la cosa sigue igual. No sólo no reflotamos sino que nos hundimos más y más sin aparente freno.

La verdad es que cuesta mucho trabajo no ser agorero viendo la que está cayendo y, sobre todo, que nos anuncian que lejos de mejorar vamos a seguir bajando. Evidentemente nadie tiene varitas mágicas, o si las tienen las guardan celosamente bajo llave, y por otra parte es cierto que llevamos muy poco tiempo cambiando de recetas. Tal vez algunas enfermedades para curarse primero tienen que empeorar, pero la verdad es que estas cifras acojonan, con perdón, al más valiente.

Por si fuera poco nos asustan más aún con lo de que se van a pedir “sacrificios” a ciertos colectivos. Los funcionarios ya se pueden echar a temblar porque en este país cada vez que se pide un “sacrificio” colectivo empiezan por la medida más popular de España: chinchar al funcionario, que además de ahorrar dinero da votos. No voy a comentar los recortes porque aún no se sabe cuáles son. Nos hablan de reducir moscosos, o de recortar algo de las bajas, pero francamente, es hablar sobre teorías, algo que no me gusta. Sin embargo creo que Feijoo se equivoca al amenazar sin concretar. Vale que puede ser una táctica para que nos imaginemos lo peor y luego, cuando digan lo que hacen, podamos decir semi aliviados “no fue la cosa para tanto”, pero hombre, eso no se hace.

Lo bueno para él, insisto, es que tendrá apoyo popular. Es el efecto Salem, en que la histeria colectiva tiene como efecto el llevar a la hoguera al colectivo que desde algunos ámbitos se señala como culpable de todos los males, o de muchos de ellos. Muchas veces esto viene dado por una mal disimulada envidia o con el argumento de “por qué tú sí y yo no”. Es cierto que a nadie le obligan a ser funcionario, y que si uno no está contento se puede marchar cuando quiera. Es igual de cierto que a nadie se le impide presentarse a las oposiciones, y que con aprobar se consigue la plaza. Dicho así hasta parece fácil.

Pero me estoy desviando del tema. Lo preocupante es que parece que nada funciona. Si aumentamos el gasto público sube el paro y si lo recortamos también. Si gastamos alegremente el dinero en chorradas o si intentamos meterlo donde más falta hace, el efecto sobre la listas del INEM parece nulo a corto plazo.

Probablemente esta sensación que creo que compartimos casi todos se deba a que cada vez queremos más inmediatez. Estamos en el mundo de Internet, de la televisión digital, los teléfonos móviles y los ebook (un día les hablo de esto último), donde una película con dos meses es “vieja” y donde un ordenador con cinco años sólo tiene cabida en museos de electrónica. Pero las cosas necesitan sus tiempos, sus ritmos, y los efectos de las políticas no son tan inmediatos como nos gustaría, para bien y para mal.

Siempre se habla de las herencias que reciben los gobiernos y, salvo en el caso de la Diputación de Ourense (también podemos hablar de esto otro día) todos echan la culpa al gobierno anterior de lo malo. A veces puede ser cierto, y parece ser que en esta ocasión los españoles hemos desalojado a Zapatero y su tropa de Moncloa precisamente por ineptos, pero eso no es consuelo cuando parece que los cambios no están funcionando “ya”.

Habrá que tener un poco de paciencia, pero francamente, la tenemos bastante agotada. Rajoy no se enfrenta a la crisis en las mismas condiciones que lo hizo su antecesor, sino que tiene a una sociedad harta y necesitada de buenas cifras. Y si uno es parte de esos casi cinco millones y medio de españoles que no pueden trabajar, está con los nervios a flor de piel y con razón. Es desesperante, la verdad, y cada vez más difícil tener algo de esa fe que nos piden.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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