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Un cuento de Navidad

lunes, 26 de diciembre de 2011
La Navidad sabe y huele a bondad y a paz serena, a niebla y a humo de chimenea, a compañía y a bellos silencios largos. A villancicos de niños, a alegrías susurradas, a ocultar ilusiones de colores mantenidas frescas en las bodegas del anhelo.

Pero Diciembre también huele cada día más intensamente al corcho y al musgo de los belenes, nacimientos, pesebres o pasitos, como se les denomina en diferentes lugares. El catolicismo encuentra en el Belén su representación más popular de la escena de la natividad, pero no sólo se ha quedado en una tradición religiosa, esta costumbre ha sido adoptada popularmente y hoy en día no hay ayuntamiento, centro comercial o institución que se precie que no cuente o quiera contar en un lugar visible con su nacimiento equipado con todas sus figuras.

La historia y la evolución de esta tradición de representar el nacimiento de Jesucristo ha sido larga y prolífica, ya que la primera manifestación de este tipo data del siglo II después de Cristo, y a lo largo de todos estos siglos hemos podido descubrir belenes de todo tipo; los hay de cartón o madera colocados en los balcones, como en Polonia. Los hay recortados en cartón como en la República Checa. En Cataluña representan la realidad contemporánea e incluyen una figura típica muy antigua llamada caganer, que representa a un campesino en el acto de la defecación y que hace referencia a cultos agrarios relacionados con la fertilidad del campo. En la Provenza francesa se representa todo un pueblo, más o menos contemporáneo y a sus personajes, manteniéndose a veces todo el año e introduciendo la escena de la natividad solamente en las fechas navideñas. Hay belenes abiertos o panorámicos, visibles al menos en tres de sus caras; también los hay cerrados, dejando como única vista un frente. Los hay que están metidos en cajas, de contenido reducido y ligero para ser manejables y portátiles. Populares, realizados con técnicas sencillas y materiales tradicionales, pudiendo ir acompañados de construcciones prefabricadas. Artísticos, como los que realiza el belenista empleando técnicas sofisticadas propias del arte logrando que el paisaje y el entorno del belén sea lo más realista posible y respetando obviamente las reglas de la escala y la perspectiva.

También los encontramos bíblicos, que recrean el paisaje, los enseres y las costumbres que había en Palestina en el momento del nacimiento. Por el contrario también los podemos descubrir locales o regionales, que utilizan paisajes no bíblicos, son normalmente anacrónicos y sus figuras representan paisajes de tipología local, regional o costumbrista. En Nápoles, por ejemplo se visten las figuras según la moda del siglo XX; y en Sudamérica con ropas tradicionales o de la gente humilde del país. Aunque también podemos encontrarnos cada vez más, con belenes más modernos, construidos de forma no figurativa, siguiendo las convenciones del arte contemporáneo y llegando incluso hasta la abstracción a través de materiales y técnicas mucho menos convencionales.

Los belenes pueden ser de múltiples tamaños, y, en consecuencia podemos encontrarlos en los lugares más insólitos. Los hay que son verdaderas miniaturas, incrustados en el ojo de una aguja, en cajas de música o en botellas, hay también belenes de sobremesa colocados encima de algún mueble, bajo el árbol de navidad o en el hueco de la chimenea. Hay nacimientos grandes, que ocupan una parte considerable de la habitación en la que están instalados, y hasta belenes monumentales, construidos en el exterior aprovechando incluso rincones naturales de un terreno. Suelen ser obra de varios artistas. El de Vitoria-Gasteiz, por ejemplo, se instala desde 1962 en el Parque de la Florida y es, posiblemente el más grande del mundo, a tamaño natural.

Como vemos, la variedad y la riqueza de estas composiciones es inmensa y en muchos casos casi elevada a la categoría de arte, estacional y simbólico, pero arte igualmente. Dependiendo de las figuras con las que estén formados podemos encontrarnos belenes vivientes, en los que personas reales desarrollan las diferentes acciones de cada uno de los personajes, o belenes tradicionales; estos pueden tener figuras fijas, o figuras animadas. Estos últimos son de gran belleza y suelen llevar detrás un laborioso trabajo artesanal en el que cuentan con dispositivos mecánicos que permiten a las figuras realizar movimientos repetitivos.

Un perfecto ejemplo de ello es el Belén de Begonte, cuya aparición se debe al empeño del párroco José Domínguez, quien se propuso promocionar la comarca lucense de A Terra Chá, ¡y vaya si lo consiguió!; cada año alrededor de 40.000 personas visitan este belén electrónico fundado en 1972. Se trata de un belén de grandes dimensiones y con vida propia, ya que sus figuras, unas 70, están animadas electrónicamente y forman un conjunto navideño tradicional gallego, donde los pastores atienden al ganado, los agricultores trabajan la tierra, los carpinteros construyen muebles y aperos y los pescadores pescan. Una muestra de las labores tradicionales gallegas llevadas a un aura de tradición, arte y ternura. Evidentemente también cuenta con las figuras tradicionales de todo nacimiento. Este belén crece año a año ocupando la totalidad de la planta baja del edificio donde está instalado y, al incorporar novedades nunca deja de sorprender tanto a los que lo descubren por primera vez, como a sus fieles seguidores; siendo modelo de inspiración para posteriores belenes creados en la comunidad autónoma.

Nicandro Ares, que estudió el origen del nombre de Begonte, vaticina que su nombre de origen romano VOCONTII puede significar “veinte”, o los veinte kilómetros que separan a Begonte de la capital lucense.

En este municipio, además de disfrutar de la visita al Belén, podemos durante estas fechas introducirnos en su cultura y en su gastronomía. En esta última destacan las jornadas del cocido gallego que se están llevando a cabo en diferentes establecimientos hosteleros de la zona, ofreciendo al visitante esta receta típica y tradicional que se ha ido mejorando año a año, contando con los mejores productos y materias primas de la zona, que, acompañados además de otros manjares chairegos harán las delicias de todo aquel que se acerque a probarlos. Alguno de los lugares donde sentarnos al calor de una buena mesa son A Taberna do Labrego, en Pacios (Begonte), una vieja taberna reformada con un toque actual, de ambiente tranquilo y rural. Este lugar nos sorprenderá por su fabuloso cocido, al que se le dedican unas jornadas desde octubre hasta mayo, además se puede degustar cerdo celta por encargo, cordero lechazo asado al horno, carne de buey, así como pescados frescos entre los que destacan el atún rojo, la merluza, el salmón, el bacalao y sobre todo la anguila. El pulpo a la parrilla, las zamburiñas o ensaladas templadas como la de flores, hacen de este restaurante una referencia y una parada ineludible en nuestra visita a Begonte. Por si esto nos pareciese poco, el propio restaurante cuenta con rutas de senderismo y mountain bike que nos descubrirán los hermosos parajes de la zona y su propietario Jose Ángel Corral acaba de ser nombrado ganador del Universal Awards de Gin Tonic en la zona de Coruña y Lugo, por lo que sin duda es el lugar perfecto para disfrutar de los mejores combinados de la comarca; el restaurante Galicia en Baamonde, es otro de los lugares sorprendentes, cuyo interior recrea una típica casa de labranza donde no falta detalle.
Desde las herramientas necesarias para trabajar en el campo hasta los muebles típicos del rural y los objetos decorativos de la zona. En sus acogedores salones, Juan Corral nos sorprenderá además con su espectáculo de queimada y recitales de sus propios poemas, siempre con un toque humorístico, que harán las delicias de los comensales que podrán disfrutar de una comida con los mejores productos y las recetas más tradicionales regadas con una buena dosis de risas y magia.

Por último podemos destacar A Casa do Labrego, también en Baamonde, en el que sobresale su comida típica gallega, como el cocido, que es su plato estrella, además de una amplia variedad de carnes y pescados.

Este restaurante esta pared con pared con la Casa-Museo del escultor Víctor Corral. La obra de este artista nacido en Baamonde en 1937 está tallada en piedra, en madera, en marfil. Empezó a esculpir en los cuernos de las vacas de su familia, en los árboles de su casa y, después de un largo camino por el mundo del arte, tiene más de dos mil obras, gigantescas o en miniatura, entre las que destaca la capilla instalada en el interior del castaño milenario que se encuentra en las inmediaciones de la iglesia de Baamonde, o su Casa-Museo a la que nos referimos, construida por él piedra a piedra, incrustando en sus muros sus singulares tallas y llenándola de obras que hablan de Dios, de las miserias del mundo, de naturaleza, de pureza, de inocencia y sobre todo de amor. Obras que ocupan no sólo el interior de la casa, sino su bello jardín, convirtiendo este conjunto en una referencia artística en la comarca de A Terra Chá, que es visitado anualmente por unas veinte mil personas.

Restos arqueológicos, túmulos megalíticos, sarcófagos antropomorfos, restos de ingeniería romana, fortalezas y casas solariegas, templos del románico, cruceros, humedales repletos de aves acuáticas y de anfibios…

En Begonte durante las fechas navideñas también podemos escuchar el tic-tac de las piezas animadas de su majestuoso belén, los pasos de los caminantes peregrinando a Santiago que atraviesan esta tierra por el Camino Norte o el chisporroteo de la lumbre poniendo a punto los hornos de leña en los que se cocinarán los más suculentos manjares de invierno que nos reconfortarán después de descubrir sus bellos parajes y la hospitalidad y el candor de los begontinos.
Un cuento de navidad para perderse en él.
Márquez, Pablo
Márquez, Pablo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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