Opinión en Galicia

Buscador


autor opinión

Editorial

Ver todos los editoriales »

Archivo

El clan Acea (I) : Los pioneros

viernes, 11 de noviembre de 2011
Orteganos por el mundo

El clan Acea, empresarios y filántropos de casta

I - Antonio y Nicolás Jacinto Acea Pérez, los pioneros

Antonio Acea Pérez nació en Santa Marta de Ortigueira entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. De familia acaudalada, pudo realizar estudios superiores en la Universidad Santiago de Compostela. Tras conseguir su licenciatura en Medicina, contrajo matrimonio con la joven ortegana Regla de los Ríos. A pesar de la buena situación económica de su familia y de poseer un titulo universitario, el impulso aventurero del joven Acea por conocer otras tierras fue más fuerte que la idea de quedarse en la de sus antepasados. Así que, después de hacer los preparativos para embarcarse en busca de un futuro lejos de todo lo conocido hasta entonces, la pareja, -o mejor debieramos decir los tres, pues Regla ya se encontraba en estado de gestación-, emprendieron el viaje que les llevaría a iniciar una nueva vida en Cuba.

A su llegada a la capital de la isla caribeña, se trasladaron hasta la colonia de Nueva Paz, en el sur de la provincia de La Habana. La nueva población, que recibió su nombre del apelativo con el que se conocía al primer ministro Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, fue el lugar elegido por ellos para traer al mundo a su primer hijo el 6 de diciembre de 1829, al que pusieron el nombre de Nicolás Salvador. Sin embargo, no sería éste el lugar en el que se asentasen definitivamente. Así pues, cuando madre e hijo estuvieron restablecidos de las secuelas del parto, los tres reanudaron el camino que les llevaría a Cienfuegos, una nueva colonia fundada tan sólo diez años antes.
Las ambiciones del cabeza de familia estaban puestas más en los negocios que en el ejercicio de la profesión médica. Por ello, desde su llegada al nuevo continente había empezado a trabar relación con algunos de los propietarios de las principales industrias de la zona para ir introduciéndose en todos los aspectos relativos al desarrollo de las actividades productivas. Una vez que se creyó preparado para promover su propia empresa, adquirió uno de los cafetales próximos al río Damují.
Al poco tiempo de haber fijado la residencia familiar, en 1830, se les unió el hermano de Antonio, Nicolás Jacinto, que llegaba desde Ortigueira tras haber finalizado sus estudios de Derecho en Santiago. Nicolás estaba todavía soltero, pero pronto conocería a la que sería su mujer, Manuela Hernández, la hija del alcalde de Cienfuegos, Tomás Hernández de Rivera, un rico hacendado del café. Su noviazgo fue muy corto, ya que a los pocos meses de conocerse se casaron.
En 1835, gracias a las ganancias obtenidas con la explotación de los cafetales y a la aportación de la dote de su esposa, Nicolás Jacinto se decidió a comprar un ingenio, término con el que se conoce en América a las plantas de transformación de la caña en azúcar, al que le dio el nombre de Manuelita en honor a su esposa.
Desde el principio de su convivencia en Cienfuegos, las familias de los dos hermanos unieron sus fuerzas para formar uno de los clanes más poderosos de aquella parte de la isla. Su sociedad tuvo como uno de sus primeros frutos la construción, en 1839, de un nuevo ingenio, al que llamaron, justamente, Dos Hermanos.
Mientras la empresa poco a poco tomaba nuevos rumbos, sus hijos se iban haciendo mayores y empezaban a orientar sus vidas. Antonio había tenido dos nuevos hijos: Manuela y Francisco, mientras que a Nicolás Jacinto le había nacido su hija, Luisa Vicente.
El primogénito de Antonio, Nicolás Salvador, se había convertido en un chico cuyas características de humildad y nobleza eran siempre muy valoradas, no sólo por sus padres, sino por cuantos le conocían. Su padre estaba muy orgulloso de él. Le veía unas muy buenas aptitudes para el comercio, lo que unido a su mente despierta, le presagiaban grandes oportunidades para él al frente de las empresas familiares, si se preparaba para ello. Con esta perspectiva, Antonio se decidió a enviarle a París para que estudiase Medicina en la Universidad de la Sorbona. Una vez allí, su interés por la investigación y su habilidad para debatir sobre cualquier tema le volvieron a hacer muy popular entre sus compañeros y profesores.
Sin embargo, las cosas en Cuba no siguieron el curso más satisfactorio para el resto de la familia. En julio de 1841, algunas cuadrillas de esclavos de varios cafetales se sublevaron. Una rebelión que fue en aumento, y a la que se unieron las de los ingenios, a pesar de que las autoridades persiguieron despiadadamente a los rebeldes y ejecutaron a algunos de sus líderes. Una represión que lo único que consiguió fue que los amotinados enardeciesen más sus manifestaciones, incorporando nuevas reivindicaciones que van a originar las primeras conspiraciones separatistas contra España.
Toda esta excitación nacional impactó de forma muy notable en la economía del país hasta hacerlo entrar en una crisis profunda, que se vio agravada por el hundimiento de las empresas azucareras que empezaron a perder gran parte de sus mercados europeos, al tener muchos de los países del Viejo Continente sus propios conflictos internos. Esta inestabilidad de los mercados llevó a asumir a las empresas cubanas una fuerte bajada de sus precios que se vió repercutida muy negativamente por la consiguiente subida de los tipo de interés de sus préstamos. Toda esta debacle social y económica paralizó el comercio y dejó al país centroamericano en un estado de gran miseria e incertidumbre. Ante esta dramática situación, Antonio Acea se mantuvo firme en su idea de que su hijo prosiguiese sus estudios. Sin embargo, él tomó la determinación de abandonarlos para que su familia no pasase más estrecheces por su culpa, disponiendo su retorno para ayudarla.
Nicolás Jacinto tuvo que pasar por las mismas penurias al frente de su ingenio Manuelita. Y una vez apaciguado el ambiente de crisis, fue comisionado por el Ayuntamiento en 1852, junto con el síndico Manuel Díaz, para efectuar un estudio sobre un acueducto que debería conducir las aguas del río Lagunillas en su confluencia con el arroyo Jicotea hacia Cienfuegos.
La familia Acea mostró siempre una gran devoción religiosa y favoreció económicamente diversas construcciones de este tipo. Así, por ejemplo, en 1852, Nicolás, conjuntamente con su esposa, hizo entrega de una magnifica campana destinada a una de las iglesias de la localidad, y ocho años después, levantaron una capilla en el cementerio de Cienfuegos, que fue reedificada por su sobrino Nicolás Salvador en 1886. También donaron los mármoles para el piso, las puertas y el resto de elementos interiores de la catedral.
La bonhomía de Nicolás Jacinto llevó a las autoridades de la cienfuegueras a nombrarlo Padre General de Menores en 1859, un figura institucional de carácter voluntario por la que recibía el encargo de ayudar en su educación a los jóvenes huérfanos, y a buscarles trabajo para que no acabasen en el mundo de la delincuencia.
Por otra parte, las empresas familiares fueron incrementando sus dimensiones hasta lograr que los ingenios llegasen a transformarse, en 1880, en centrales azucareras, el mismo año que España concedía a Cienfuegos el título de ciudad.
Nicolás Acea murió en Cienfuegos el 26 de julio de 1862, dejando sus empresas en manos de otro ortigueirés Javier Reguera, el marido de su hija Luisa, quien las transmitirá posteriormente a sus hijos. Antonio falleció en la misma ciudad trece años más tarde, el 28 de julio de 1875, siendo enterrado en el mausoleo que él mismo había mandado construír quince años antes, situado junto a la capilla del cementerio municipal de Cienfuegos. Su labor fue continuada por su hijo Nicolás Salvador.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


PUBLICIDAD
ACTUALIDAD GALICIADIGITAL
Blog de GaliciaDigital
PROMOCIÓN
PUBLICACIONES
Publicaciones
Publicaciones Amencer
Revista Egap
Obradoiro de Artesania