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La esencia de la Democracia

martes, 20 de septiembre de 2011
De las muchas frases y actitudes que uno escucha a diario, hay una que me cuesta muchísimo trabajo digerir cuando viene de un amigo “mira, mejor no hablamos de política porque no nos vamos a convencer el uno al otro”. Es particularmente grave si tenemos en cuenta que en nuestro país la política no es un tema de conversación sino EL tema de conversación, junto al fútbol y el tiempo. Este último tema se suele ceñir a los comentarios que se hacen en el ascensor, y por otro lado sé bastante más de física de partículas que de fútbol (y mis conocimientos de física de partículas son bastante breves). Por lo tanto, esto es restringir la conversación a la nada.

Los españoles dedicamos a la política mucho más tiempo que nuestros vecinos, o al menos esa es la impresión que tengo yo. Si ellos pierden tiempo en estas cosas es sobre todo para hablar de la gestión de unos u otros, de si el gobernante de turno ha acertado o si la solución que les proponen para un problema es la adecuada. Nosotros no. Nos pasamos la vida redefiniéndonos como Estado, País, Nación o lo que cada uno considere conveniente. Estamos refundando nuestras bases día sí día no, y cambiando las reglas del juego en cada descanso. Por eso me parece tan difícil llevar lo de que “mejor no hablamos de política”, precisamente porque es un tema vital para los españoles.

Por supuesto hay más temas de conversación. No estoy diciendo que sea el único ni mucho menos. Es famosa la frase de Churchill que decía que “un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”, pero no se trata de eso, se trata justamente de lo contrario, de no poder hablar de algo importante.

¿En qué se suele basar quien no quiere tocar el tema de la política? Se me ocurren varias alternativas: O es una persona radical que no está dispuesta a abrir su mente y cambiar de idea en algún punto, y por tanto piensa que los demás hacen igual y que sería una pérdida de tiempo debatir, o no valora la importancia de un diálogo que, creo yo, puede ser enriquecedor siempre que vaya más allá de las consignas del partido favorito, o, simplemente, tiene miedo a no tener razón o no saber defender un argumento.

Esto último suele ser lo más habitual, creo yo, y no porque la gente sea boba y no sepa defender sus ideas, sino porque muchas veces no las han pensado lo bastante como para razonar por qué llegan a las conclusiones que llegan, y en general porque no llegan a esas conclusiones sino que las adoptan del ideario de su partido favorito. Esto es como el fútbol, el otro gran tema: uno no es de un equipo por razones concretas, sino por manía o simpatía, y es muy complicado dar argumentos de porqué uno es seguidor del Real Madrid, el Barcelona o el Calatayud, a menos que uno sea de esas poblaciones, y aún así es un argumento bastante débil.

La mayoría de las personas no responden a una filiación política por convicción, sino por simpatía, y a posteriori es cuando apuntalan esa simpatía con argumentos, normalmente dados por el propio partido. Hay muy pocas personas con ideología, y por favor, que nadie entienda que hablo de los simpatizantes de un partido en concreto, esto pasa con todos.

Entre los motivos más habituales para ser de un partido está la simpatía personal por sus líderes, el interés personal que uno cree que tiene en las políticas que cree que lleva a cabo (ahí hay mucha fe), la efectiva propaganda de sus maquinarias de promoción, la influencia de personajes populares que se declaran de unos u otros… y sobre todo la antipatía a otras formaciones. Mucha gente es del PSOE por ser anti-PP y viceversa, del PP por luchar contra el nacionalismo o nacionalista por ser anti-PP…

El problema de este esquema es que el 90% de la población no se molesta ni en leer los argumentos de los demás, ni sus programas electorales, ni plantearse si puede tener razón en un tema. Si uno dice A automáticamente el otro dice Z, y el españolito de a pie apoya a “los suyos” aunque en el fondo no esté muy convencido en un caso determinado.

Por eso me preocupa el “no hablemos de política”. Precisamente el contraste de ideas, la argumentación, el debate son lo más enriquecedor que pueden tener dos personas que no están de acuerdo. Tal vez a corto plazo es cierto que no convenzas al otro, pero con el tiempo nunca se sabe. Esa es la esencia de la Democracia. Hacer lo contrario es condenarnos al ostracismo y obligar a que uno sólo hable de política con los que piensan como él, con lo cual ya me dirán qué clase de debate es ese.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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