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José Antonio Cornide Crego

miércoles, 17 de agosto de 2011
Orteganos por el mundo: José Antonio Cornide Crego, el mecenas de la educación en San Adrián

José Antonio Cornide Crego nació en la parroquia de San Adrián de Veiga a mediados del siglo XIX. Fue el primer hijo del matrimonio formado por Antonio Cornide Montero y Vicenta Petra Crego Novo. Tras él, la familia siguió aumentando el número de sus miembros hasta llegar a los seis hijos. Una cifra que, por aquella época, estaba dentro de lo normal. Pero una familia de labradores con escasas posesiones no podía ofrecer muchas expectativa ni mucho menos alimento a semejante prole. Muy joven todavía, José Antonio se hizo cargo de la necesidad que echarles una mano a sus padres para soportar mejor la penuria en que se encontraban.

La decisión más acertada en estos casos era la de emigrar a otro país en el que poder ganar el dinero suficiente para vivir y, a la vez, enviar alguna remesa que paliase la miseria de los que se habían quedado. Con el acuerdo de los padres, se embarcó con su siguiente hermano, Eusebio, con rumbo a la Perla de las Antillas. Allí llegaron dos esperanzados muchachos que habían dejado en la casa paterna a sus hermanas Carmen y Dolores y a sus otros hermanos menores Francisco y Modesto.

La ciudad en la que se establecieron fue Santa Clara, la capital de la provincia cubana de Villa Clara, en donde ya residían muchos otros gallegos, algunos de ellos de la comarca de Ortigueira, que se dedicaban a trabajos agrícolas en cafetales y cañaverales.
Tras algunos años de trabajos intensos y duros, los dos hermanos consiguieron hacerse con una pequeña fortuna, lo que les animó a instalar en la capital provincial un gran tostadero de café en 1885. Este horno recibió el emblemático nombre de El gallego. Desde él cargaban el oloroso producto en sacos con su distintivo para facturarlo y distribuirlo por toda la región por los más diversos medios de transporte.

Fue muy duro para ellos sacar adelante la empresa, pero el tesón y el buen hacer de los Cornide Crego obtuvo sus frutos. Unas recompensas que no sólo les llegaron en forma de unas cuantiosas ganancias económicas, sino también de grandes premios con los que les reconocían el valor y la calidad de sus artículos. Una de las muchas pruebas de ello fue el gran premio y la medalla de oro que recibieron en la Exposición Internacional de Milán en 1906.

Pero si para los hermanos sanadrianeses era un orgullo que su fábrica llevase el nombre de El gallego, su mayor satisfacción fue poner al servicio de su comunidad natal un centro educativo en el que pudiesen ser instruidos los hijos en edad escolar de las gentes de la margen derecha de la Ría de Ortigueira, desde Mera hasta Sismundi, pasando por San Adrián, Feás y Landoi. Para lograr este objetivo, constituyeron en Santa Clara la Sociedad de Instrucción San Adrián de Veiga, el día 19 de noviembre de 1905, de la que nombraron presidente a José Antonio y vocal a José Cornide Rico, su sobrino e hijo de su hermano Francisco que se había casado con Modesta Rico. Al año siguiente, concretamente el día 1 de marzo, la escuela gratuita sostenida por la sociedad particular de los Cornide Crego fue inaugurada, recibiendo, desde entonces, a todos los niños y niñas en edad escolar de las localidades señaladas.

Pero lejos de conformarse con la culminación de este centro educativo, José Antonio Cornide vio que las carencias escolares de la zona no estaban totalmente superadas, por lo que decidió acometer una obra todavía mayor: la construcción de edificio de nueva planta dedicado exclusivamente a la formación de los niños y jóvenes.

El nuevo escolar debería ser erigido en un solar que el poseía en la zona del Calvario, su lugar de nacimiento. En 1907, donó la parcela, y, de esta forma, las obras pudieron iniciarse en los primeros meses del año siguiente, para ser concluidas en 1912. Su coste sobrepasó los 15.000 pesos cubanos de la época, pero el valor que tuvo para la comunidad fue muy superior, pues , como decía José Antonio Crego, ayudaría a instruir a los niños para que “tengan la cultura necesaria que les proporcione luz abundante para resolver con facilidad los problemas inherentes al emigrado”, además de que como “conocedores de sus derechos y deberes se vean redimidos de la vil explotación que, debido a su ignorancia, ejercieron algunos desalmados con nuestros antepasados y aún ejercen con los actuales vecinos, dignos por todos los conceptos de mejor instrucción y más benigno trato”.

El edificio destacaba por su singularidad y por la armonía de la disposición de los tres cuerpos que lo formaban. Las dos alas laterales albergaban las aulas en las que los niños y las niñas, de forma separada, deberían estudiar. La puerta de acceso al centro estaba en la parte central, desde ella partía un pasillo que actuaba a la vez como distribuidor de las clases. La capacidad de todas ellas permitía acoger hasta a 160 alumnos al mismo tiempo.

Además, el escolar estaba rodeado por unos magníficos jardines, campos de ejercicios y recreo, y contaba, entre sus novedosas dotaciones, de agua potable, casas para los maestros, servicios sanitarios y reloj público. Tampoco se olvidó el benefactor de dotarlo de libros, mapas y todo lo imprescindible para la ofrecer a los estudiantes una enseñanza de calidad.

El escolar de San Adrián -aún hoy en pie, aunque bastante deteriorado- dejó pronto constancia de la calidad pedagógica y humana de la que se nutrió, al convertirse en una de los primeros de España que editó un periódico escolar redactado y editado por sus propios alumnos, El Faro de Veiga. Un proyecto que no sólo irradiaba la voluntad de comunicación de sus pequeños periodistas sino que también hacía llegar las noticias de sus localidades de origen a los emigrantes de la zona repartidos por América.
Otra de las actividades que tomaron cuerpo en sus aulas fueron los cursos de mecanografía, una formación que era muy valorada entre los emigrantes pues les servía para obtener un buen puesto de trabajo en los países de destino como contables u oficinistas, y, con ello, distinguirse socialmente en su nuevo entorno social.
José Antonio Cornide parece que no tuvo descendencia, al igual que les ocurrió a sus dos Eusebio y Carmen. Por su parte, Dolores tuvo dos hijas y un hijo; Francisco un varón y una hembra, y Modesto, que estuvo casado en dos ocasiones, trajo al mundo siete hijos con la primera mujer, seis niñas y un niño, y diez con la segunda, siete niñas y tres niños, todo un alarde de procreación, incluso para la época.

El mecenas de San Adrián, como otros compatriotas suyos, vio que su asentamiento en la isla de Cuba se había convertido hacia finales del siglo XIX en algo definitivo, lo que le llevó a apoyar la causa de la Revolución cubana en su lucha por la independencia de España. La muerte le alcanzaría a una edad bastante tardía en 1944.
Suárez Sandomingo, José Manuel
Suárez Sandomingo, José Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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