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Pregón de las Fiestas Patronales de Villalba (Lugo) S.Ramón Nonato y Sta.María (30.Agosto.2004)

lunes, 06 de septiembre de 2004
Queridos Villalbeses:

Fue una sorpresa la invitación para dirigir estas palabras al pueblo de Villalba, desde un podio en que gente mucho más ilustre ha desempeñado este papel en años anteriores. Pero viendo en el escudo de Villalba el saludo a la Virgen y celebrando a un santo, no pude negarme. Ni quise dar la impresión de que rechazo el ambiente de este rincón de Galicia donde pasé prácticamente los primeros 17 años de mi vida. Y aunque no he tenido muchas oportunidades de mantener el contacto con tanta gente buena, parientes, amigos y conocidos, no he olvidado aquel entorno que, después de más de 50 años, hoy parece ya tan lejano.

Mi vocación al trabajo intelectual, dentro de la tradición de estudio de los jesuitas, se hizo realidad en formas inesperadas, pero fruto de semillas ya presentes en mi niñez en Villalba. Por problemas de salud -una rodilla que a partir de los 9 años fue progresivamente un impedimento para los juegos y actividades de un chiquillo- mi vida fue de estilo casero y privado, aunque con la ayuda y compañía de amigos de mi edad. Siempre me han atraído los libros, y el vivir en el ambiente de una Maestra como mi madre -una mujer de excepcional amplitud cultural- me dio la oportunidad de leer Poesía, Mineralogía, Historia del Arte, narraciones de viajes, incluso libros de caballerías de los que sorbieron el seso a Don Quijote. De ella y de mi padre aprendí a valorar las cosas bien hechas y a sentir la responsabilidad de aprovechar las oportunidades de desarrollar cualquier aptitud. En lugar de jugar al fútbol, pintaba. Estudiaba los minerales que mi madre tenía, con una lupa –un “cuentahilos”- y trataba de analizar su composición con algunos reactivos químicos y un mechero de alcohol.

En casa de mis amigos Suso y Pepe García Leira, encontré un libro de Astronomía, publicado a principios del siglo XX, que verdaderamente devoré. Soñaba con ver los cráteres de la Luna. Y con una lente de gafas de Doña Carola (tía de mis amigos) decidí construir un telescopio. Un tubo de cartón llegó a casa como soporte de una falda plisada que una hermana había enviado a la tintorería: ese fue el tubo del telescopio, llevando la lente de gafas en un extremo. En la Ferretería Puentes, de tanta tradición en Villalba, Baltasar -siempre dispuesto a ayudar- me preparó un poco de pintura negra y sin brillo, con la que pinté el interior del tubo para evitar reflejos. El cuentahilos de mi madre, cosido por ella a otro trozo de cartón enrollado para entrar en el tubo principal, se convirtió en ocular. Y la primera noche sin nubes, con la Luna casi en cuarto creciente, vi los cráteres! Sin trípode ni montura, el tubo se apretaba entre las dos hojas de una ventana para evitar sacudidas, y mi carrera de astrónomo quedó inaugurada, aunque el cielo frecuentemente nublado de Villalba limitaba mis observaciones.

Hoy sería ridículo ofrecer, aun a un niño, aquel “telescopio”: un poco mejor que el telescopio de Galileo 400 años antes, pero no mucho. Aun así, logré ver las manchas del Sol, proyectando su imagen sobre un plato, y los anillos de Saturno, las fases de Venus y Mercurio, los cuatro satélites principales de Júpiter. Todos quienes visitaban nuestra casa tenían que observar tantas maravillas si las nubes lo permitían.

En 4º año de Bachillerato, en la Academia formada con ilusión por maestros y titulados de Villalba, conocí como profesor al pintor Antonio Insua, cuya habilidad artística yo admiraba. Me animó a pintar, y comencé a hacerlo a la acuarela, por ser de materiales más baratos que el óleo. Un bodegón –“Un bocadiño”- llevó un premio en Lugo, y eso me animó a seguir. Luego, al óleo, me atreví a retratar a la abuela, única modelo con suficiente paciencia para posar y con suficiente cariño para no sentirse ofendida por el resultado. A partir de entonces mi diversión favorita era pintar paisajes: el puente de los Novos, el Castillo, los “carballos” del paseo del Conde. Y de mi madre aprendí también a usar una cámara fotográfica de fuelle, casi imposible de enfocar correctamente y difícil de mantener quieta al disparar la foto. Con la ayuda del fotógrafo del pueblo, que me vendía los líquidos y papel fotográfico en pequeñas cantidades, comencé a revelar carretes y a hacer fotos en papel, bajo una bombilla pintada de rojo y usando como cubetas platos ordinarios. Mis amigos Suso y Ramón Gayoso ayudaron también a construir una ampliadora, que nos entusiasmaba proyectando los negativos en la pared, aunque las exposiciones exigían más de media hora...

Todas estas “semillas” germinaron luego. Dejé a Villalba para entrar en los jesuitas, en Salamanca. Allí era “el Rey tuerto en el país de los ciegos”, y se me encargó hacer las fotos del DNI, que entonces comenzaba a producirse, y de tandas de Ejercicios. Leyendo y equivocándome, aprendí lo suficiente de fotografía para usarla luego en Astronomía y en publicaciones de Universidades en Estados Unidos. Ha sido una manera de desarrollar mis intereses científicos y artísticos, y me ha proporcionado contactos y amistades que enriquecieron enormemente mi vida. He dado clases de Fotografía en Madrid, en Washington y en Cleveland, y mis contactos con el Observatorio Vaticano en Castel Gandolfo comenzaron con aplicaciones de técnicas especiales a la fotografía Astronómica.

He vuelto a construir telescopios, habiendo aprendido durante mis estudios en Estados Unidos el manejo de tornos y fresadoras en un taller. Y he tenido la audacia –también inspirado por el recuerdo de mi madre- de escribir poesía, en inglés (traduciendo algunos sonetos españoles primero, y luego con algunas composiciones propias) y en español. Todo aquello que dejó una huella en mis años de Villalba ha sido enriquecedor para mí en diversos ambientes. En Villalba, en la capilla del Hospital-Asilo, aprendí a ayudar a Misa con Suso Fraga; en Comillas de Santander, y luego en Estados Unidos, hice mis estudios de Filosofía y Teología, y en Estados Unidos me ordené y continué mi formación de científico. He tenido la suerte de poder conocer el Universo desde los diversos puntos de vista de la Ciencia, las Humanidades, la Filosofía y la Teología. Precisamente es esta síntesis de conocimientos complementarios, como respuesta al deseo, propio del ser humano, de buscar Verdad, Belleza y Bien, lo que mis oyentes en diversos países buscan y aprecian en los centenares de conferencias que he pronunciado durante más de 30 años. Mis alumnos de Filosofía de la Naturaleza me impulsaron en esa dirección, y he tenido como oyentes desde 20 Obispos en un curso organizado por el Vaticano hasta los chiquillos de 8 años de las escuelas de Villalba, invitado por mi hermana Manola a su clase. En mis charlas presento sencillamente lo que aparece en los datos de la Ciencia como un estímulo constante para ver al Universo y al Hombre con una visión positiva que refleja las palabras del Génesis, después de cada etapa creadora: “Y vió Dios que era bueno”.

Nada hay tan inhumano como el absurdo, el sinsentido, que cierra nuestro horizonte con un “porque sí” pueril como razón última de lo que aconteció en el pasado y con una “nada” caótica anulando toda esperanza para el futuro. Es en la Teología Cristiana donde el mundo tiene razón de ser, de ser ordenado y bello, y de ser comprensible: sin esta convicción –como decía Einstein- la Ciencia sería imposible.

El Cristianismo es religión de luz, de optimismo y de alegría: “Alegraos siempre, en el Señor; de nuevo os digo, alegraos”. Estas palabras de San Pablo encarnan el espíritu triunfal del Evangelio, la “Buena Nueva” por excelencia. La Iglesia saluda a María como “causa de nuestra alegría”. Ni el dolor ni la misma muerte son realidades absolutas, sino consecuencias pasajeras de nuestra materialidad. Cristo ha vencido a la muerte, y su victoria es nuestra victoria.

Y la Ciencia más moderna contribuye a nuestra visión optimista, viéndose obligada a admitir que el Universo todo, desde el primer momento, aparece ajustado con una precisión inconcebible para que sus propiedades y su evolución permitan, finalmente, la existencia de vida inteligente. Sólo con el descubrimiento de que las estrellas son reactores nucleares fue posible entender por qué brilla el Sol durante miles de millones de años, y por qué en las estrellas de gran masa se pueden sintetizar el Oxígeno, el Carbono, el Nitrógeno, el Hierro, sin los cuales la vida sería imposible. Y todos estos procesos no se darían si se cambiase la masa del electrón o del protón, o la intensidad de alguna de las cuatro fuerzas físicas –la gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y nuclear débil- tanto en el mundo de lo pequeño como en las galaxias del Universo astronómico.

Al comenzar la Semana Santa del año 1993 recibí en Estados Unidos una llamada telefónica de Radio Lugo invitándome a grabar tres minutos de charla con el título “Buenos días, Lugo”. Minutos más tarde otra llamada de la Asociación Astronómica de Madrid me informó de que un lucense, Francisco García Díez, -casado con una villalbesa y miembro de la Asociación Astronómica de Lugo (que se inauguró unos años antes con una conferencia mía sobre el Origen del Universo)- había descubierto una Supernova desde el balcón de su casa. Recogí esa noticia, dando la enhorabuena a la ciudad: fue la primera vez que se detectó en España la explosión de una enorme estrella que en unos minutos alcanza el brillo de más de mil millones de soles. En explosiones así se fraguaron los elementos que ahora forman la Tierra y el entorno en que es posible la vida.

Nuestros cuerpos son también cenizas de estrellas, que enriquecieron las nubes de hidrógeno y helio de que se formó luego el Sistema Solar. A una distancia adecuada para el agua líquida, alrededor de un Sol que brilla establemente durante miles de millones de años, se condensaron polvos estelares para formar un planeta. Un choque imprevisible con otro planeta añadió nuevos materiales metálicos al núcleo, mientras las capas exteriores de ambos astros saltaban volatilizadas al espacio. Así nació el sistema Tierra-Luna, en que la masa de la Tierra es adecuada para retener una atmósfera, el núcleo metálico nos protege con un campo magnético, y la Luna actúa como freno de la rotación rápida inicial y como balancín para mantener constante la inclinación del eje terrestre, a lo que debemos las estaciones y la distribución de calor por todo el planeta.

En la familia del Sol es la Tierra la “joya azul” que describieron los astronautas observándola desde la desolación estéril de la Luna. Es el único planeta alrededor del Sol con condiciones adecuadas para la vida en toda su riqueza. Es aquí también donde se dio la más maravillosa transformación de lo creado, cuando Dios se hizo Hombre y la materia misma comenzó a ser adorada por los ángeles, en el Cuerpo de Cristo, unido –con el alma humana- a la Divinidad del Hijo. Como lo expresa poéticamente el soneto de José Luis Martín Descalzo:

Y tú, en verdad, no eres la más hermosa
de las estrellas, ni la más luciente.
El padre Sol es infinitamente
más fuerte con su llama poderosa.

Sirio es más brillante. Y la gloriosa
Vía Láctea más jardín y fuente.
Venus más clara, Marte más ardiente.
La misma Luna es más misteriosa.

Mas tú, pequeña, eres de las estrellas
del universo la más importante,
porque tú eres casa y fuiste cuna.

No tengas nunca, Tierra, envidia de ellas.
Que si tienen más luz, tú vas delante
en ese amor que mueve sol y luna.

Este Amor que creó el Universo no puede ser limitado por restricciones temporales. La ciencia más exacta predice el agotamiento de todos los combustibles nucleares que mantienen brillando a las estrellas: el futuro del Universo solamente puede llevar, según cálculos físicos, a oscuridad, vacío y frío. ¿Tiene sentido entonces tanta belleza si existe sólo para luego ser destruida?.

Si la Física no tiene respuesta, es la Filosofía del Hombre iluminada por la Teología cristiana la que nos da motivo de confianza y alegría: si el pensamiento humano y la voluntad libre no pueden describirse por la matemática ni estudiarse con ningún instrumento de laboratorio, es porque no son parte del mundo de la materia. Sólo el espíritu puede pensar en lo abstracto y elegir Belleza y Bien en un acto consciente y libre. Y lo que es espíritu, aun creado, no se destruye por procesos físicos. Al contrario, la Teología nos enseña que la existencia que cada uno ha recibido del Creador Omnipotente es un don irrevocable: pasarán las estructuras materiales, pero cada persona es para siempre, como lo es el Amor que nos ha dado el ser. Y es en la respuesta agradecida a ese Amor donde está la grandeza de María y de los santos, que –como San Ramón hace ya 800 años- entregaron sus vidas al ideal de servir a Dios y a los hombres.

Todo lo que no es indigno del ser humano, todo lo que no es una aberración de la voluntad que se dirige al mal en lugar del Bien, es valioso y tiene premio eterno. También la alegría de unas fiestas, donde se goza del calor de familia y de amistad alrededor de una mesa, o contemplando las luces de fuegos artificiales o con los acordes de una banda, tiene valor humano y sobrehumano. Cristo realizó su primer milagro en una fiesta de bodas, para evitar a los esposos el bochorno de que se les terminase el vino. Su actitud alegre y acogedora atraía a Él a los niños, a cuantos necesitaban aliento. Las imágenes más frecuentes del Reino de Dios utilizan el simbolismo de los banquetes y es el banquete de bienvenida el modo de mostrar el perdón total del Padre al Hijo Pródigo.

Y como no hay verdadera alegría si no es compartida, pensemos en que estos días de fiesta lo sean por medio nuestro para todos aquellos con quienes nos encontramos, especialmente los que más pueden necesitar de una sonrisa, una visita, una palabra de cariño. San Ramón, que llegó a sufrir la cautividad y torturas en Argel supliendo a un cautivo cristiano, es un ejemplo heroico de ese ver a Cristo en nuestros semejantes, hijos de Dios, hijos de Santa María. Imitando ese espíritu generoso seremos luz que refleja la Luz que es Cristo. Si decía Santa Teresa de Ávila que “un santo triste es un triste santo”, que la fiesta de San Ramón sea una oportunidad de estar alegres y agradecidos por los innumerables regalos que Dios nos ha dado a todos a lo largo de toda la vida, y más aún por la vida eterna que nos promete y que excede cuanto podemos imaginar. Que todos nos veamos felices en esa fiesta que ya nunca terminará.
Carreira Vérez, Manuel Mª.
Carreira Vérez, Manuel Mª.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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