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Nuestras nuevas catedrales

jueves, 05 de mayo de 2011
El ser humano como especie deja bastante que desear en muchos campos. Tenemos pendientes asignaturas como la integración no agresiva con nuestro entorno natural (le llamamos medio ambiente porque el otro medio ya nos lo hemos cargado) e incluso la convivencia pacífica entre sectores humanos que nos ha dado por llamar razas o países.

Sin embargo, seguimos siendo un colectivo que cuando quiere, puede. Hay obras colectivas que impresionan, y que dejan testimonio de sus constructores mucho más allá de su desaparición física de este mundo y que, cuando asumimos su antigüedad, nos siguen dejando pasmados hoy día. Empezando por la Muralla de Lugo (hay que barrer para casa), y pasando por las pirámides de Egipto, el Taj Mahal de Agra, Notre Damme de París, el Panteón de Roma, o Monasterio de El Escorial, uno se da cuenta de que el hombre ha dedicado durante toda su historia esfuerzos ingentes a construir magníficos monumentos que reflejan la grandeza de la que es capaz.

Un primer vistazo haría parecer que ya no somos capaces de hacer estas cosas, pero nada más lejos de la realidad, sólo que ahora hemos cambiado ligeramente los objetivos. En lugar de catedrales ahora hacemos centros comerciales. Son auténticos templos del "ir de tiendas", la actividad favorita de una sociedad que no sólo es consumista, sino que ha perdido prácticamente cualquier otra referencia. Dar un paseo por una ciudad si no es viendo escaparates parece que se hace raro.

Este sábado, en Coruña, conocí el famoso Marineda City, una megabestialidad que agrupa a todas las cadenas que en el mundo son. Esa es otra, salvo cuatro o cinco comercios, todos los demás eran cadenas que ya estaban en la ciudad, ya fuera en otros centros comerciales o en en el centro, pero ahora molan más porque están en un sitio más grande. El tamaño parece que sí importa. Somos más gregarios que las ovejas.

Tras el paseo por el bicho ese, nos fuimos al centro a dar una vuelta. Pues qué quieren que les diga, a mi me sigue gustando más pasear por calles de verdad, y más si hace buen tiempo. Un café en el Centro, el local con más solera de la Plaza de España, me sigue pareciendo más agradable que en el más moderno de Las Termas, por mucho que esté de moda acudir en masa a dar vueltas por los pasillos de esos sitios. Y más ahora que no hay tabaco en las cafeterías "normales". También me sigue gustando más comprar en sitios donde sé que parte de mi dinero se va a quedar en la ciudad, y no huirá a las centrales de las grandes empresas en Madrid, Barcelona, París, o quién sabe dónde.

Pero volviendo al tema inicial, el de las construcciones de nuestra sociedad, se puede pensar que es mejor que nos centremos en hacer estas cosas que en levantar iglesias, catedrales o pirámides. No discuto que el fin último es incluso menos inútil, pero sí que dice bastante poco de nosotros mismos. Una catedral en sí no es que sea el colmo de la praxis, vale, pero al menos se trataba de un bien mayor, más grande que nosotros mismos sin entrar a consideraciones de otro tipo. Ahora hacemos obras públicas tan grandes o más (auditorios, teatros...) pero no son obras colectivas, pagadas con aportaciones y el esfuerzo de cada uno, sino que se hacen desde la administración, que no es lo mismo.

No pido que la humanidad vuelva a construir moles de piedra, pero sí echo de menos que seamos capaces de hacer colectivamente algo cuya utilidad sea otra que demostrar que nos gusta algo más que comprar, comprar y comprar.
Latorre Real, Luís
Latorre Real, Luís


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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