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El labrego que cortejaba meigas

martes, 03 de febrero de 2004
La Galicia del interior, como muchos conocerán, esta salpicada de caseríos y pequeñas aldeas, en muchos casos medio abandonadas, donde apenas quedan labregos que mal trabajan las tierras, que mal viven rodeados de soledad, que mal visten porque no tienen para quien vestirse y que mal disfrutan de la vida, porque la vida les ofrece muy pocas posibilidades de disfrutarla. Esta es la historia de un labrego que vivía en los aledaños del caserío de Don Piñor en el municipio del Incio, rodeado de una espesa vegetación, en medio de una bellísima cadena montañosa coronada por A Pena dos Catro Cabaleiros que colinda con los municipios de Incio, Samos, Quiroga y Pobra de Brollón.

En estos tiempos nuestros de prisas, embotellamientos de tráfico y agobios por la muchedumbre, el labrego se levantaba cada mañana en aquel lugar de la verde y melancólica Galicia, se vestía la misma mugrienta vestimenta del día anterior, se recalentaba un bebedizo que a duras penas desprendía un mísero olor a café de La Guinea, se medio acicalaba, se medio peinaba y se asomaba a la ventana desde donde podía contemplar, los días que la niebla le dejaban ver más allá de sus narices, su aldea llena de casas cerradas o medio derrumbadas, y, con su mejor sonrisa y el desánimo asomando a sus ojos, saludaba el nuevo día con su frase favorita: “buenos días soledad”.

Las gentes del lugar le conocían como “El Labrego de la Tristeza”, porque nunca nadie recuerda haberle visto sonreír, de modo que, como ustedes pueden suponer, estaba sobradamente justificado el pasmo que le dio a muchos de los vecinos de las localidades cercanas al descubrir que, de buenas a primeras y sin que se conociera acontecimiento extraordinario, aquel labrego desaliñado, triste y melancólico, paseara por los caminos de la aldea canturreando, minuciosamente aseado y desprendiendo un oloroso y varonil perfume, pelo engominado y peinado a lo ejecutivo, vistiendo ropa informal pero elegante y limpia, zapatos lustrados y camisa de un blanco inmaculado.

Aquello se extendió como la gripe del pollo asiático. Todo era un decir y un come come; corrillos, cuchicheos al oído, intrigas, suposiciones; el caso es que todos decían, pero nadie sabía, así que, reunidos en asamblea los notables de la comarca, decidieron contratar con los fondos comunales para paliar desastres naturales, porque el caso a todos parecía de natural desastroso, a Pepiño Segurata, el hijo de La Baldomera, que ya de niño apuntada maneras y además trabajaba de guarda jurado en las vías del tren de la estación de Monforte de Lemos, de modo que experiencia no le faltaba al muchacho. La orden era clara y tajante: Había que averiguar, por el buen orden y reputación del lugar, lo que acontecía en torno al Labrego de la Tristeza.

Al chico efectivamente experiencia no le faltaba. En su trabajo, cuando alguien se pasaba un pelo, lo primero que hacía era suministrarle jarabe de porra, y eso es lo primero que se le ocurrió, acercarse a casa del Labrego de la Tristeza, preguntarle por los motivos de su nueva vida disipada y desordenada, y, si la respuesta no le convencía, pues raciones de escabechina hasta que la verdad reluciera. Pero no hizo falta, porque el Labrego de la Tristeza de inmediato le puso al corriente de todo cuanto acontecía. Tal era el júbilo que embargaba al labrego por poder contar a alguien la buena nueva, que invitó a Pepiño Segurata a beber una copa de orujo para celebrarlo, pero a esa copa siguieron muchas más copas.

“Corteja meigas”, fue su lacónico informe a los notables del lugar antes de caerse de bruces en el suelo desprendiendo un más que evidente vahído de alcohol que certificaba, más allá de cualquier duda razonable, la borrachera que llevaba encima. Los notables se quedaron estupefactos, pero nunca se ha sabido con certeza si fue por la embriaguez del muchacho o por tal inesperada confidencia. El caso es que a base de tazas de café y duchas frías consiguieron sonsacarle algún detalle más. “Los viernes a medianoche y al amparo del General Castaño baila con meigas y meigallos”. Y eso fue todo, porque Pepiño Segurata empezó a desvariar y no consiguieron que hilara ni una palabra más que tuviera cierta coherencia con el caso que nos ocupa.

La noticia llenó de júbilo y de escepticismo, a mitades, a las gentes de la comarca. En la carretera que conduce de Incio a Ferrería hay una antigua capilla del siglo XIII y a su lado un prado coronado por un inmenso castaño que, por sus dimensiones colosales, se le conoce como El General Castaño. Y el viernes llegó y ya fuese por curiosidad o por convencimiento, al caer la noche el lugar estaba abarrotado de gentes. Había chicos jóvenes de las aldeas cercanas que venían a ver si también ellos podían cortejar meigas. Había jovencitas que aspiraban a saltar a la fama y se corrió el rumor de que los meigallos poseían el don del hechizo y ellas querían hechizar con sus encantos. Vinieron un grupo de gaiteiros que estaban empezando su carrera musical y creyeron que esta romería era una buena ocasión para darse a conocer. Y claro, habían venido pulpeiras, porque en la Galicia del interior cuando por cualquier motivo se reúnen las gentes, las pulpeiras son las únicas que imprimen solemnidad al acontecimiento.

Y la medianoche llegó y llegó El Labrego de la Tristeza que, entre aplausos de bienvenida y gritos de “farsante” se adentro en el prado, se quedó con su camisa blanca inmaculada y con sus zapatos de charol y comenzó a bailar a los sones de una balada agarrado a una meiga espigada y pelirroja, y, tal se complementaban que parecía que sus pies volaban sobre la fresca hierba de aquel prado, iluminado por la luz de la luna y por los faros de los coches de los curiosos que abarrotaban el lugar. Algunos se mofaban de la situación porque aseguraban que estaba bailando sólo, pero pronto salto al prado La Catalana, una mujer madura y bella que había recalado por aquellas tierras después de dar tumbos por diferentes lugares y se agarró a un meigallo y también comenzó a bailar. Y pronto todos los chicos y las chicas estaban bailando en el prado siendo sus parejas las meigas y meigallos que allí habían acudido. Un notable del lugar miró a Don Camilo, el jefe de los notables y le dijo que la gente estaba loca, que estaban bailando solos, pero Don Camilo haciendo caso omiso de aquel hombrecillo, se dirigió a un lateral del prado y sacó a bailar a una meiga de abundantes carnes y generosas nalgas que hacían un buen rato le estaba mirando.

Y cuentan por las aldeas de las montañas del Incio que, cada viernes a medianoche, siempre se puede ver al amparo del General Castaño a gentes bailando con meigas. También cuentan que La Catalana se quedó a vivir para siempre con el labrego al que ahora llamaban El Labrego Soñador, aunque también cuentan, aunque esto no se sabe a ciencia cierta, que aquel labrego, harto de tanto vivir con la soledad, un día se vistió sus mejores galas y decidió suicidarse, pero al mirarse al espejo por última vez, con los cañones de la escopeta apuntando a su cabeza, se vio guapo y se vio joven, y vio que una lagrima tras otra fluía de sus aterrados ojos verdes y se dijo a sí mismo que merecía otra oportunidad. Y dicen que todo esto de las meigas no fue más que un inventar al rebufo de los acontecimientos, pero ya se sabe que en Galicia, esto de las meigas son cosas muy serias, y si Don Camilo asevera que bailó con la meiga de las nalgas generosas, eso señores, eso ya es otra historia.
Morales, Raúl
Morales, Raúl


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