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El santuario de Tauro. La ruta reina de Turcón en 2026.

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 01 de noviembre de 2026
Dedicado a D.Álvaro Monzón Santana, compañero del Colectivo Ecologista Turcón,
excelente guía de montaña, acérrimo defensor del patrimonio natural y cultural de
Gran Canaria y buen conocedor de la isla a través de sus senderos.

Hay momentos en la vida donde uno debe dejarse llevar por la llamada de lo inusual y difícil, del reto al tal vez no pueda, del reto al temprano abandono y,tal vez, a una gratuita en principio preocupación por lo inapropiado de realizar una ruta poco recomendable para el estado físico y anímico de uno.
El santuario de Tauro. La ruta reina de Turcón en 2026. Lo cierto es que el colectivo Turcón, el colectivo al que profeso tanto cariño pues forma parte de mi vida desde que en septiembre de 1982, próximos los cuarenta y cinco años, tomaba cuerpo en el colegio público del barrio de El Calero en el municipio de Telde, anunciaba su ruta reina, un periplo de veintidos kilómetros que partiendo de Mogán atravesaba el macizo de Tauro en busca del Llano de Gamona para descender luego por un cauce complejo sin camino definido más allá de unas piedras ubicadas unas sobre otras que orientaban del discurrir del mismo por el cauce y ladera izquierda del barranco de Taurito hasta alcanzar su desembocadura.
La ruta la había catalogado con acertado criterio Álvaro Monzón de cinco botas, la máxima categoría que el colectivo tiene para definir aquellas rutas complejas, largas y difíciles.
Consideré su realización un buen regalo de anticipo a mi cercana onomástica, siete décadas de disfrute sobre esta hermosa joya llamada Gaia. Y me apunté.
Era obvio que me saltaba alguna de las recomendaciones específicas realizadas en los correos que el colectivo enviaba a los participantes y referidas a quienes iba dirigida esta ruta: montañeros experimentados y con un físico y actitud forjado en marchas de muchas horas y fuertes desniveles.
Yo era consciente de que cada día, a las siete de la mañana, me ponía en marcha para trabajar tobillos, rodillas y musculatura en las cañadas, vaguadas, barranquillos y conos volcánicos de Telde, así que era cuestión de poner a prueba el fondo y la forma de un cuerpo ansioso de realizar la marcha, máxime cuando el regalo mayor, la dádiva ansiada era la observación de un patrimonio arqueológico de primer orden, el gran santuario de Tauro y en él, asistir a la interpretación detallada de Los Llanos de Gamona, una meseta donde se localizan cinco estructuras de lajas fonolíticas, de planta circular y cuadrangular, viviendas de los aborigenes canarios y un total de 25 torretas troncocónicas.
Un lujo que sólo podría gozarlo uniéndome al grupo, un lugar que se conservaba en buen estado tal vez por las varias horas de duro pateo para llegar al monumento.
Y allá fuimos. A las ocho de la mañana un grupo de catorce montañeros guiados por Álvaro, inicamos el exigente ascenso que desde el pueblo de Mogán -justo donde se encuentra el molino de Mogán-, inicia la subida a los andenes de Laderones hasta alcanzar el paso del mismo nombre. Un fuerte y exigente desnivel que pone a prueba los tobillos, las rodillas y la fortaleza de la musculatura de las piernas, pues la primera parte del mismo no existe zigzageo alguno, nada tiene que ver con los caminos reales apropiados para el discurrir de bestias de carga, sino duro empeño en recta ascensión hasta que se alcanza la zigzageante senda que permite, con pequeños destrepes rocosos, salvar el macizo rocoso, una vez terminado el piedemonte.
El santuario de Tauro. La ruta reina de Turcón en 2026. Vegetación de ladera asociada al cardonal y, a media altura y esporádicos, varios pinos canarios prosperando en ella. Sabemos por Álvaro de que en aquellas riscaderas, más al oeste, contados ejemplares de Dracaena tamaranae, el drago de Gran Canaria, sobreviven en lugares donde el ganado guanil no tiene acceso.
Una sabina cuelga del risco bajo nuestros pies, a la altura del solapón que precede al paso de Laderones. Una joya botánica que nos revela un pasado donde esta especie era habitual en estos lugares. Sobre nuestras cabezas hermosos manchones de orchilla, un líquen filamentoso que nos habla de la pureza del aire en los parajes donde habita, valioso históricamente como material para la obtención de un tinte natural de color púrpura, cubren las rocas del saliente rocoso.
A nuestra espalda, justo en esta zona de paso, de cambio de vertiente, una nutrida población de anís salvaje. Bupleurum salicifolium aciphyllum es su denominación científica.
Si subiendo, más allá del esfuerzo físico, nos fijamos en la belleza del paisaje observado, podemos decir que nos encontramos en el cielo. Eso sí, tras el ascenso alcanzamos el paraíso, pues no supone otra cosa el caminar durante horas por un espacio en que ningún elemento humano -torres eléctricas, estanques, bancales, señalizaciones de propiedad, pozos…, nublen ocupándola nuestra visión periférica.
No hay basura en todo el recorrido porque no hay carreteras ni caminos fáciles y porque los senderistas que se atreven a discurrir por estos lugares son responsables y respetuosos y se preocupan de no dejar nada, de mantenerlo intacto. No hay marcas, no hay señales, está todo limpio y esto, en una isla llena de sorribas y vertederos incontrolados, es digno de señalar.
Y así se suceden barranquillos y cañadas que forman las cabeceras de los barrancos de Taurito y Tauro, se suceden los llanos donde los cardones son la especie dominante pero donde el cardonal que es su formación específica, se encuentra enriquecida por otras especies arbustivas como verodes, cruzadillas, mato de risco, leña buena, vinagreras, bejeques rosados, salvias, botonera de Gran Canaria, esparragueras, cornicales, tajinastes blancos, hinojo, pico de paloma, cardoncillos, balillos, melosas, jaras, magarzas, tajinastes negros… Quedan vestigios de pinares del pasado, hoy pequeños pinares relictuales pues la montaña y estos llanos fueron esquilmados en el pasado de todo vestigio arbóreo.
Y es en nuestro trayecto donde encontramos un drago plantado por el colectivo Turcón. Es un Dracaena draco que lleva creciendo en este lugar desdemil novecientos noventa y cinco -treinta y uno año desarrollando un robusto tronco, ganando altura pero aún sin florecer y por consiguiente sin ramificar. Es bella y poderosa su imagen, pero entiendo la controversia que se genera entre los puristas de esta especie cuando temen que repoblaciones de este tipo puedan afectar a los escasos ejemplares de Dracaena tamaranae. Lo cierto es que cuando se plantó éste y muchos otros dragos en diferentes lugares de la isla, el drago de Gran Canaria aún no había sido identificado y catalogado como especie nueva (1998 Marrero Rodríguez, Almeida Pérez y Santana Martín).
Pero volvamos al paisaje, a su grandiosidad y elocuencia de sus silencios. Sólo se escuchan nuestras pisadas sobre un camino intuido, plagado de fonolíticas piedras. Sería necesario el uso del helicóptero para sacarnos con seguridad de este espacio en el caso de una caída desgraciada, una seria lesión o un percance que impidiera continuar la marcha pues un rescate a pie presenta serias dificultades.
Llegamos así a los Llanos de Gamona. Aquí, las ilustraciones que acompañan este artículo son muy descriptivas. Existe una estela en los fondos del Museo Canario conocida como la Estela de Gamona plagada de inscripciones aborigenes. Tal vez sea mi parecer un atrevimiento manifestarlo pero hubiera deseado que no saliera de este yacimiento pues formaba parte de un recinto formado por cuatro grandes lajas fonolíticas hincadas en el pétreo suelo, todo el conjunto inmerso en un área de torretas que se observan a lo largo del Llano de Gamona, en armonía perfecta con las que allí se conservan, es decir con las tres restantes, todas ellas presentando inscripciones semejantes, tal vez en menor número y muy desdibujadas, pero todas ellas revelando un lenguaje escrito ideográfico que nos lleva a pensar en un lugar sagrado, un lugar transcendente, un espacio de comunicación con el más allá, con sus ancestros, con los astros, las estrellas, el universo…todo vale pues en verdad no se conoce el qué ni el porqué, pues nada hay escrito de aquel primer milenio y medio a dos milenios en que ellos habitaron solos, aislados en una isla donde, superado el primer momento de supervivencia, desarrollaron una cultura propia.
Mil quinientos años, acaso dos mil, de absoluto desconocimiento. Nada se sabe con certeza de como llegaron los primeros habitantes a las islas, nada de cómo desarrollaron y evolucionó su cultura, su organización social, sus hechos y actividades cotidianas, su transcendencia tras la muerte al más allá. Sólo se sabe de la interpretación que los diferentes cronistas e historiadores hicieron de aquellas gentes a partir de la conquista de cada una de las islas, es decir sólo se conoce la forma de entender aquella cultura indígena bajo el prisma interpretativo de otra cultura totalmente diferente, otras gentes que nada tenían que ver con su cultura prehistórica -reconocida como tal por la doctora María del Carmen del Arco Aguilar, arqueóloga y profesora de prehistoria canaria-, sino con un desarrollo belicista, religioso y conquistador propio de una época de confrontaciones continuas, una edad Media que finalizaba con el controvertido descubrimiento americano para dar paso a la Edad Moderna.
La bajada hacia el cauce del barranco de Taurito fue larga y el recorrido por su cauce, eterno. Se necesita mucha paciencia y mucho cuidado para ir deambulando, paso a paso, sorteando infinidad de medianos y grandes cantos rodados y progresar entre un sinfín de ejemplares de una gramínea invasora: el rabo de gato.
Los pozos se suceden en el fondo del barranco pero llama la atención uno -ver ilustración-, con la boca sin tapiar y una caída libre de varias decenas de metros. Se encuentra fuera del edificio y sólo una malla endeble y rota ejerce una falsa protección del mismo. Ya en desuso y abandonados, ¿no tenían por ley que estar sellados con una losa de hormigón? Aviso pues a la propiedad y a los responsables institucionales de su control y vigilancia.
Descendían por las laderas los pinos canarios y en ambos márgenes del rocoso y pedregoso cauce fueron instalándose los balos como arbusto dominante. Según bajábamos en altitud, robustos acebuches sustituyeron en la vegetación arbórea a los pinos canarios. Luego fueron los cardones, con ejemplares extraordinarios -entre seis y ocho metros de diámetro los más sobresalientes-, las tabaibas dulces, enormes también, las tabaibas amargas, bejeques, verodes, inciensos y esparragueras quienes nos acompañaron hasta nuestra salida al final del barranco.
Me alegraba encontrarme en el Espacio Natural Protegido reconocido bajo el nombre de Monumento Natural de Tauro y en la Zona Especial de Conservación conocida como Macizo de Tauro II.
Me emocionaba saber que aún existían territorios en Gran Canaria donde perderse durante unas horas y sentirse en plena naturaleza, ajeno al mundanal ruido y a la omnipresente presencia del ser humano, encontrarme en uno de los lugares cargados de energía, potenciadores de vitalidad y generadores de euforia y gratitud por el hecho de sentirse vivo.
Más allá del plano bucólico y emocional tratado, no está de más enviar un aviso a los más osados, alertar a los que, insconcientemente, se dejan llevar por la emoción de las palabras, por una reacción instantánea y poco racional y, sin más, se calzan unas botas -a veces ni eso-, e inician el periplo por su cuenta.
Esta recomendación va para todos y cada uno de ellos: Nunca caminen sólos por estos parajes. No es habitual, por su exigencia, el tránsito por ellos de muchos senderistas. Es posible que nadie les socorra en caso de un accidente grave. No hay cobertura de esa pieza, al parecer indispensable, que llevamos siempre y a quien confiamos ciegamente nuestra seguridad y vida, el móvil. En Tauro la comunicación es pobre y en muchos lugares imposible.
No sean temerarios si no están acostumbrados a caminar por secarrales durante varias horas, un mínimo de seis y muchas más si desconocen los caminos existentes. Estudien previamente la climatología, temperaturas de treinta grados o más son habituales y los golpes de calor también.
Y siempre, doy por hecho que van acompañados, no abandonen las sendas señaladas por mojones, deténganse antes de continuar si no observan señal alguna y, eso sí, lleven mucha agua. Yo necesité tres litros, pero llevaba cuatro litros y medio (tres botellas de litro y medio). La prudencia es imprescindible en esta ruta y la solidaridad y auxilio de un compañero que no ha llevado agua suficiente, inexcusable.
A mi regreso, en la guagua que me devolvía a Telde, mi cuerpo se sentía ufano, una amplia sonrisa iluminaba mi rostro al anochecer.
- Bueno José Manuel -me dije-, parece que podemos seguir realizando rutas largas como ésta, de muchas horas y muchos kilómetros si no hay escaladas o descensos vertiginosos en su perfil, donde no sólo las piernas sino las manos y brazos son esenciales para culminar con éxito tales aventuras, -sin verbalizar palabra alguna a mi compañero de asiento.
Sonreí nuevamente. Seguiría pateando barrancos y montañas diariamente para poder asumir retos futuros semejantes, para poder sentirme bien conmigo mismo, para seguir viviendo.

José Manuel Espiño Meilán, senderista, escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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