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Emigrantes

Silva, Manuel - lunes, 19 de octubre de 2026
Mucho se está hablando últimamente de la emigración, del 'efecto llamada' y de la 'prioridad nacional', entre otros muchos aspectos. Y quiero dejar claro desde el principio que soy absolutamente partidario de que es absolutamente necesario que este fenómeno humano esté bien ordenado y perfectamente regulado.

Pero nunca me olvidaré de que muchísimos españoles, especialmente de regiones como Galicia, Extremadura y Andalucía, a finales del siglo XIX y principios del XX, emigraron a Cuba, Argentina y Venezuela, entre otros países de Sudamérica. Entre ellos, figuran el padre de Fidel Castro y los padres de Manuel Fraga. De ahí la fuerte amistad que siempre mantuvieron estos dos políticos, a pesar de sus enormes diferencias en materia política. Y el mismo gran poeta Celso Emilio Ferreiro, que en 1964 emigró a Venezuela, relata en su famoso poemario "Viaxe ao país dos ananos" unas vivencias muy penosas.

Y a mediados del siglo XX, en muchos pueblos de la Galicia rural me asombraba ver durante los meses de verano sus calles llenas de coches con matrículas como las de BI (Bilbao), B (Barcelona), CH (Suiza), D (Alemania), etc. Evidentemente se trataba de gallegos emigrantes en esos países. Aún hoy se dice que Argentina es la quinta provincia gallega, por los muchos gallegos, hijos o nietos de gallegos que aún hoy siguen viviendo en ese país.

Si a nosotros nos acogieron cuando lo necesitamos, ¿por qué ponemos reparos a los que nos están llegando de países de Sudamérica y de zonas de África, de cuyas riquezas nos beneficiamos cuando en tiempos pasados fuimos un país conquistador, como lo fueron Portugal, Francia, Reino Unido, Bélgica, etc. Hasta el Papa Alejandro VI tuvo que intermediar para que España y Portugal se repartieran las conquistas de forma razonable y pacífica. Lo que se plasmó en el Tratado de Tordesillas y que tanto enfadó al rey francés Francisco I, que llegó a preguntar irónicamente en qué parte del Testamento de Adán se excluye a Francia del reparto del mundo, dejándolo todo a españoles y portugueses.

Y a quienes ahora, aún confesándose católicos, miran con recelo y rechazo a los emigrantes necesitados que llegan a nuestras fronteras, también habría que recordarles las palabras de Jesús de Nazaret, recogidas en el Evangelio de San Mateo (25, 35-40): "Venid, benditos de mi Padre (...) porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, peregriné y me acogisteis...".

Me alegró mucho leer una frase que pronunció, el pasado día 3 de este mes de octubre en su homilía, el cardenal arzobispo de Chicago, Blase Joseph Cupich, quien afirmó: "No podemos pretender adorar a Dios mientras permanecemos indiferentes al forastero". ¡Ojalá que también Donald Trump la haya leído y la ponga en práctica!.
Silva, Manuel
Silva, Manuel


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