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La huella literaria de dos grandes escritores

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 11 de octubre de 2026

Dedicado a la ciudad de Mondoñedo, título concedido por el rey Alfonso VII en el año 1156,
aunque habitualmente escuchemos villa de Mondoñedo o pueblo de Mondoñedo.
Sede episcopal, fue una de las siete capitales del antiguo Reino de Galicia.
Dedicado a sus calles, fuentes, poetas, fabulistas y narradores. Al pueblo mindoniense
en general, a su gastronomía y sus dulces. A su hermosa catedral y a su rica historia.

La huella literaria de dos grandes escritores
Un escritor mindoniense: Álvaro Cunqueiro y un escritor canario: José Luis González-Ruano.

Si abismal puede suponer para muchos las diferencias en las respectivas trayectorias que como escritores han tenido ambos personajes, permítanme como autor de este escrito acercarles la relación mantenida por estas personas, comenzando por la dedicatoria realizada a pie de foto en el álbum del Camino de Santiago de aquel año, en mayo del dos mil quince, frente a la catedral de Mondoñedo, ante la imagen de José Luis sentado sobre un banco de granito, al lado de don Álvaro Cunqueiro, escultura que se encuentra sobre el paseo mirador y donde el admirado escritor mindoniense goza con la placidez de una mirada limpia y profunda de la imagen que le procura la bella fachada de la catedral.

"Dous homes de letras frente a catedral de Mondoñedo.
Álvaro Cunqueiro e José Luis González-Ruano,
xuntos po lo camiño da vida e da amistade.
Os dous na procura d'un Camiño Santo.

Esta es la dedicatoria que leo sobre un libro que había adquirido en dicha ciudad: "Merlín e familia" de Álvaro Cunqueiro en aquel mágico instante, en un desvío intencionado que cuatro amigos, senderistas, peregrinos, realizamos en un Camino a Santiago y que escribí entonces.
Era consciente de la admiración que revelaba el rostro de José Luis y de la emoción que experimentaba la figura de mi amigo, escritor con menor trayectoria, ante su ídolo literario. Y no era para menos. Se trataba de un escritor mindoniense del que llegó a afirmar Gabriel García Márquez ser merecedor del Premio Nobel de Literatura incluso antes que él mismo. Un extraordinario escritor que valoraba la maestría narrativa y la imaginación desbordante de Cunqueiro. Lo cierto es que leer "Merlín y familia" es corroborar, sin la menor duda, las acertadas palabras del Nobel colombiano.
No hace muchos días, el cinco y seis de septiembre, bajo los calores estivales de un verano que ha discurrido con varias oleadas de calor extremo azotando una Iberia incendiada, me encontraba en Mondoñedo. Había sido invitado a la celebración del XIXº Encuentro de Asociaciones Jacobeas de los Caminos del Norte, rutas que ostentan la consideración de Patrimonio de la Humanidad. No había vuelto a la ciudad mindoniense desde aquel entrañable y emblemático viaje.
Fui yo esta vez quien se sentó junto al egregio escritor. Desde la admiración que me provoca su obra, observo su prestancia en la pose, su finura al vestir. La huella literaria de dos grandes escritores Traje a medida, sin arrugas, vestido con elegancia, zapatos sin mácula, limpios y abrillantados, la mano derecha reposando sobre la rodilla, de un modo natural, sin esfuerzo, protegiendo sus lentes y el otro brazo con el codo descansando sobre el banco y la mano manteniendo con manifiesta naturalidad, un libro, tal vez una libreta donde registra ideas, imágenes, hechos, circunstancias que abordan en cualquier lugar y en cualquier momento la febril actividad mental de un escritor.
La mirada puesta en la catedral, su magín pensativo, tal vez imaginando.
Acerqué mi hombro al suyo, sin incomodarlo, apenas un breve roce de reconocimiento y respeto y cerré los ojos. Y entonces sucedió el milagro. Vi a don Álvaro niño, correteando por las calles de su infancia. Sorprendido por la ensoñación, sentí como los años se sucedían a una velocidad vertiginosa. Pero ya no eran los años infantiles y adolescentes del egregio escritor, eran los míos y mi relación con esta ciudad, imágenes vividas en este Mondoñedo de señorío e iglesia. Un Mondoñedo donde mi hermana ejerció de maestra muchos años, donde el río arrullaba mis sueños en el ático de una casa, la suya, donde el río la ceñía besándola, envolviéndola en un meandro enamorado. Y yo, en mis visitas vacacionales escuchaba leyendas que hablaban de ajusticiamientos, de puentes donde se había entretenido a los mensajeros reales que traían el indulto para salvar la cabeza del mariscal Pardo de Cela. Y me maravillaba con la calidad de las aguas de un riachuelo -o rego de Valiñadares-, que bajaban de la sierra y como, en la mismas entrada de la ciudad, los tritones ibéricos habitaban aquellas frías aguas delatando con su presencia la pureza de las mismas. No era la única especie, pues también en este riachuelo se encontraban tritones jaspeados y palmeados.
Y en mi imaginación y mis recuerdos pasó fugaz la imagen del amigo que me hablaba de Álvaro Cunqueiro, de su extensa obra, de Las crónicas del Sochantre, Si el viejo Sinbad volviese a las islas, Las mocedades de Ulises...
Y recordé como nos había abordado en aquel viaje inolvidable, cargado de imágenes y lugares, la figura de Merlín, el fantástico mago, el todopoderoso nigromante capaz de unir los mil pedazos de una princesa o rescatar a una dama de las garras del diablo que la había convertido en cervatilla. Incomprensiblemente, Manuel fue un ser humano que no pudo o supo vencer a la muerte. Allí estaba el mago Merlín, en la plaza saludando a los peregrinos. Uno se acercaba y el mago Merlín, vestido entonces de humano mindoniense de nombre Manuel Montero, se transformaba en el mago cunqueiriano y ejercía su papel de tal modo que no era Manuel el que se encontraba bajo aquellos ropajes sino el mismísimo mago que había regresado a tierras mindonienses, surgiendo mediantes endiablados conjuros y pócimas brujeriles de las páginas del libro Merlín y familia que se conserva en la casa museo dedicada al egregio escritor. Doy fe de ello pues, ojeando dicho libro en su casa Museo, el pasado mes de septiembre, percibí entre sus páginas el acre olor a azufre afectando mi pituitaria así como la inconfundible pestilencia a podedumbre que a veces sentimos en los cementerios. Lo sé porque el azufre produce en mi una reacción inmediata, una alerta de peligro que he sufrido más de una vez al alcanzar la cima del volcán del Teide donde, en su cráter, se observa como surgen, cual vestigios de un incendio o un volcán recién apagado, hilillos de humo que se dispersan en la atmósfera. Se trata de emanaciones sulfurosas capaces de provocar, si nos aproximamos a ellas, irritaciones en la nariz y los ojos.
El respeto y la estima que José Luis mostraba hacia el escritor era enorme. Admiraba a Álvaro Cunqueiro con la misma pasión y fuerza que le provocaba un americano al que había rastreado en Cuba y Pamplona: Ernest Hemingway. Eran dos de sus referentes esenciales a la hora de interpretar y sentir la literatura y el hecho literario.
En homenaje al amigo Pepe, les traigo un párrafo de este libro: "Merlín e familia". Excúsenme que no se lo traduzca, pero me es imposible cambiar una sólo letra del texto escrito por don Álvaro. No obstante, si alguna dificultad encuentran en su comprensión, traductores instantáneos les ayudarán sin mayor dificultad. La IA ha puesto al alcance de todos la comprensión idiomática, dejando de ser un hándicap su desconocimiento.
"Os camiños son semellantes a sucos, i eisí coma as leiras dan o pan, os camiños dan as xentes, as pousadas, as falas, os países. Séntase ún a colleitar beira do camiño, ou viaxa por il. Iste camiño do que oxe conto aparéceseme coma un vello mendiño, aínda que cada paxaseiro que o pise o renova, e suscita na rota e poeirenta vía a mocedade pirmeira."
De "Aquel camiño era un vello mendiño", página 133 de "Merlín e familia". Hay una frase de Álvaro Cunqueiro, caligrafiada en una de las paredes del Museo: "Si cuando escribo no me divierto, pienso que malamente se podrán divertir los lectores con lo que he escrito".
Yo les dejo. Me encuentro en su casa Museo. Acabo de sentarme en la sala de lectura. Frente a mí se encuentra la máquina de escribir donde tecleó y convirtió en textos escritos la mayor parte de su obra. Ojeo y leo párrafos sueltos de alguno de sus libros. Aquí, en los estantes de esta biblioteca se encuentra toda su producción escrita.
Sé que don Álvaro se encuentra a mi espalda. Guarda silencio y sonríe. Sabe que hace tiempo que no estoy físicamente aquí, en su casa Museo. Sabe que mi imaginación ha viajado con uno de sus libros y que me encuentro deambulando por su antigua y tenebrosa selva de Esmelle.

José Manuel Espiño Meilán, senderista, escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
Espiño Meilán, José Manuel


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