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Con sumo agarimo

Alén, Pilar - lunes, 12 de octubre de 2026
En numerosas ocasiones, al redactar esta columna he usado el verbo 'ser' en pasado: era, fue... Es lo normal al referirse a lo que ya no 'es', sino que 'ha sido'. Al enfrentarme ahora a esta nueva página en blanco, pensando a quien dedicársela, a mi pesar, e incluso contra un no querer comprensivo, veo que estoy abocada a hacerlo de ese modo, conjugando ese verbo en pasivo. Y se me hace realmente difícil. Ella, mi madre, 'era' una mujer como ninguna otra. Cierto es que cada persona es y será única e irrepetible, pero cuando se piensa en alguien tan unido a la propia existencia, eso parece cobrar más sentido. Era vida, vida de mi vida y vida de muchas vidas. Y lo sigue siendo, de otra manera, aunque es pronto para hacerse a la idea.

Era ama de casa dedicada a sus labores, pero excedía sobradamente esos límites, pues también ayudaba a mi padre en la panadería. Era madre de familia numerosa, no solo por el número de sus hijos, sino por la suma de los que estaban bajo su cuidado, siendo cuidadora entregada y cuidadosa. Era más de lo que significaba su nombre («Pilar»: columna); lo llevaba con orgullo y no como mero adorno. Puedo decir que era eso: firme sostén de los de su entorno. Lo era todo para todos nosotros. Y lo sigue siendo porque su huella, su memoria y recuerdo permanece y perdura más allá de lo terreno, en lo eterno.

Pensaba en estos días en las «Coplas a la muerte de su padre» de Jorge Manrique. Son versos del poeta tras el fallecimiento de un militar valiente, su progenitor y referente. Poco parecen tener que ver esas rimas, a priori, con la desaparición de una madre como la que escuetamente he descrito, salvo por este vínculo: ser heroica guerrera, pues ella, en efecto, era mujer fuerte y peleona, resiliente como otras muchas de una generación de posguerra. Recordemos alguno de esos versos: «Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir, / allí van los señoríos / derechos a se acabar / y consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos». (Copla III). Me gusta recitarlos con música. No con la de Amancio Prada, triste y pesarosa, sino con la de Alonso Mudarra, vihuelista y compositor renacentista.

A ella la música no le interesaba especialmente. Sin embargo, curiosamente, le debo haberme dado el primer impulso para dedicarme a este privilegiado oficio. La percibía como un telón de fondo que ni le estorbaba -salvo si sonaba a todo volumen- ni le encandilaba. Su vertiente artística la volcó en otras facetas: en la cocina, el bordado, el ganchillo e incluso, de niña, pintando con acuarelas o a carboncillo. Sus recetas más logradas: los bivalvos con salsas varias, la carne estofada -cocinada a fuego lento y con mucho mimo- y los buñuelos de viento hechos entre risas y disfrutando viendo cómo se volteaban en el aceite hirviendo. Su maestría cosiendo quedaba patente tanto en lo que hacía a mano como a máquina, en prendas con puntillas de hilos engarzados con caprichosas filigranas que montaba de contado, como por arte de magia. Y aquellos cuadros de bodegones con mil frutos y flores, en blanco y negro o de colores...

Releo esta reseña y compruebo que no ha quedado como hubiese querido. Pero no cambio ni una tilde porque cuando se está afectada no es buen momento para corregir nada: empeora. Contra lo que alguien me ha sugerido, no va de estofado de domingo. Ni tampoco de sentida elegía. Va de hacerles partícipes -para los que no lo han sabido en su día- de una pérdida irreparable y, asimismo, para dar las gracias, con agarimo, a tantas y tantos por su cercanía y, como no, por el apoyo recibido.
Alén, Pilar
Alén, Pilar


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