Solos: sin Dios y sin hermanos
Agrelo, Santiago - domingo, 04 de octubre de 2026
Tentación permanente del pueblo de Dios ha sido la idolatría: llamar Dios a la obra de nuestras manos, poner, lo que no es Dios, en el lugar que sólo a Dios le corresponde.
Nuestra fe establece una relación de pertenencia mutua entre Dios y su pueblo, una relación que, en el amor, tiene su origen, su razón de ser, una relación que sólo en el amor se puede vivir.
Esa relación de amor, filial y probada, gozosa y penosa, luminosa y oscura, la vivió en fidelidad Jesús de Nazaret. Hacer la voluntad del Padre fue para Jesús norma de vida, alimento de cada día. Ya, al entrar en el mundo, dice: "Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad".
En Cristo Jesús, en comunión con él, formando un cuerpo con él, también nosotros seremos fieles al amor del que hemos nacido.
Esa comunión nuestra con Cristo, es gracia, como lo fue la encarnación de la Palabra, el abajamiento del Hijo de Dios, su obediencia hasta la muerte y muerte de Cruz. Gracia es nuestra redención, nuestra liberación, nuestra incorporación a la familia de Dios. Gracia es la revelación del amor de Dios en ese Hijo que se nos ha dado.
Por gracia hemos escuchado la enseñanza de Cristo Jesús, por gracia hemos aceptado el don de su vida, por gracia hemos conocido su gloria y esperamos participar en ella.
Somos tierra agraciada, tierra que el Señor entrecavó y descantó, y en la que plantó buenas cepas, injertándolas todas en la vid que es Cristo Jesús, de cuya plenitud "todos hemos recibido gracia tras gracia".
A cada uno de nosotros corresponde añadir estrofas personales al canto de amor de Dios por su viña. Éste podría ser mi canto: Él me ungió con su Espíritu, como ungió a Jesús, al más amado; él me hizo uno con su Unigénito, con su predilecto, para poder amar en mí lo que siempre amó en él, para que yo pueda ser amado, como es amado el Unigénito. Él me hizo Iglesia, es decir, cuerpo de Cristo, y me envió a los pobres, para que, en nombre de Cristo, les lleve la buena noticia.
Y aún podremos añadir estrofas a nuestro canto de amor: Somos labranza de Dios, obra de sus manos, gracia de su amor. Somos la viña del Señor. Él nos ha elegido para que vayamos y demos fruto, y nuestro fruto permanezca.
Y éste es el fruto que se espera encontrar en la viña que Dios ha trabajado: Se espera que produzca derecho y justicia, que sea evangelio para los pobres, que sea sacramento del amor que es Dios, que sea reflejo de la bondad del labrador, de su justicia, de su fidelidad.
Se espera buen fruto, pero
la viña puede dar agrazones en vez de uvas.
Aquí he de recordar una vez más la idolatría, esa seducción maligna que nos incita a matar para quedarnos con la herencia del hijo.
La idolatría es, a la vez, traición al amor de Dios y negación de la fraternidad humana.
Con la idolatría -la sumisión al dios dinero-, se hacen de casa el asesinato y los lamentos, y, con toda naturalidad, los idólatras se pondrán de acuerdo para asesinar al heredero.
El 3 de octubre de 2013, un pesquero con más de 500 migrantes pobres, que procedían de Libia, se hundió a poca distancia de la isla italiana de Lampedusa. Murieron entonces 368 personas.
Desde aquellos días a los nuestros, el Mar Mediterráneo se ha quedado con la vida de más de 30.000 personas.
Y ésta es noticia de hoy -de esta hora mía, nuestra-: «Dos personas, entre ellas un niño, han muerto, y, al menos otras seis, permanecen desaparecidas, incluidos tres menores de una misma familia, tras el naufragio de una lancha neumática, ocurrido en la madrugada de este martes en aguas internacionales del Mediterráneo.»
Todas esas vidas estuvieron en nuestras manos. De todas pudimos hacernos cargo, pero la idolatría nos llevó a pensar que sólo habíamos de hacernos cargo de nosotros mismos, y, en nombre de nuestro interés, de nuestro bienestar, de nuestra seguridad, en nombre de nuestro ídolo, hicimos lógica, natural, legal, la tortura, el asesinato, y echamos un velo de silencio sobre el dolor de los pobres, sobre el dolor de Cristo
-fue él quien lo dijo"tuve hambre
tuve sed
fui extranjero
estuve enfermo
en la cárcel
"-.
Con asombro para la tierra y el cielo, muchos de los que nos llamamos cristianos, de los que incluso presumimos de serlo, hemos aprendido a celebrar eucaristías idolátricas, que nos permiten reverenciar a Cristo, en un pan sobre el que hemos pronunciado una bendición, mientras matamos a Cristo, en cuerpos sobre los que pronunciamos una maldición.
Vivimos tan atentos a nosotros mismos, tan pendientes de nosotros mismos, que nos hicimos indiferentes al dolor de los demás. En realidad, la idolatría nos ha dejado solos: solos, sin Dios y sin hermanos.
Necesitamos recuperar el corazón de nuestra fe: una fe con corazón, una fe compasiva, una fe con ojos de misericordia, una fe que nos permita ver en todo, en todos, a Cristo Jesús.
Necesitamos recuperar la verdad de la eucaristía: la comunión con Cristo, con los hermanos, con los pobres, con la humanidad entera.
Necesitamos recuperar la memoria de las obras de Dios a favor de su pueblo: la memora de Jesús, la memoria de sus palabras, de sus promesas, de su amor hasta el extremo.
Necesitamos aprender a Jesús.
Si así lo hacemos, volveremos a tener en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable. "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús".
(Fr. Santiago Agrelo es Arzobispo emérito de Tánger)

Agrelo, Santiago