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Cuando la Iglesia calla ante el sufrimiento de los pobres

Rodríguez Patiño, Luis Ángel - jueves, 01 de octubre de 2026
Comunicado de Luis Ángel Rodríguez Patiño, sacerdote

Hay silencios que duelen.
Y hay silencios de la Iglesia que preocupan todavía más.

Como sacerdote, no puedo permanecer callado ante el desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años expulsada de la vivienda en la que había vivido durante más de siete décadas, ni ante tantos hombres y mujeres que viven con el miedo permanente de perder su casa frente a intereses económicos y fondos de inversión.

No me corresponde juzgar los procedimientos judiciales. Pero sí me corresponde, como sacerdote, levantar la voz cuando una persona vulnerable queda sola frente al poder económico.

Y me pregunto:
¿Dónde está la voz de nuestros obispos?

Según ha denunciado públicamente elDiario.es, la Conferencia Episcopal no emitió un comunicado específico ante el caso de Maricarmen, mientras sí se han producido expresiones públicas de cristianos de base, religiosas, sacerdotes y organizaciones eclesiales.

No escribo esto desde la comodidad de quien mira desde fuera.
Lo escribo desde dentro de la Iglesia y desde el Evangelio.

Porque Jesús no fue neutral ante el sufrimiento de los pobres.

Porque cuando una persona pierde su casa, no estamos solamente ante un problema inmobiliario: estamos ante un problema humano, social y también evangélico.

Y tampoco puedo guardar silencio ante lo que está sucediendo con las personas migrantes en Ceuta.

En este asunto me preocupa especialmente que, en determinados momentos, la voz de la Iglesia española no parezca caminar con la claridad que cabría esperar junto a la voz del papa León XIV.

El Papa ha hablado con claridad de la necesidad de poner en el centro la dignidad humana, la protección, la acogida y la integración de quienes migran. En su mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de 2026 recuerda especialmente la vulnerabilidad de los menores migrantes y afirma que cada persona posee una dignidad que no puede ser reducida a una cifra o a un problema de fronteras.

Y durante su visita a España reclamó una respuesta que vaya más allá de la simple gestión de los flujos migratorios y que garantice protección, acogida y oportunidades reales de integración.

Por eso pregunto también, con respeto pero con firmeza:

¿Por qué tantas veces tenemos que escuchar antes la voz del Papa que la voz de nuestros propios pastores?

No pido a los obispos que entren en luchas partidistas.

Pido que hablen desde el Evangelio.

No pido que sustituyan a los jueces, a los gobiernos o al Parlamento.

Pido que recuerden a todos -también a los poderosos- que por encima del dinero está la persona.

No pido que solucionen ellos la política migratoria.

Pido que no se acostumbren al sufrimiento de quienes llegan a nuestras fronteras.

Porque una Iglesia que habla de vida, dignidad y defensa de la familia no puede ser indiferente cuando una anciana pierde su casa.

Y una Iglesia que proclama que todos somos hijos de Dios no puede mirar hacia otro lado cuando un migrante, especialmente si es menor, sufre violencia, abandono, explotación o rechazo.

HOY, SAN COSME Y SAN DAMIÁN
Y precisamente hoy quiero recordar a San Cosme y San Damián, médico y farmacéutico según la tradición cristiana.

Son dos figuras que la tradición ha presentado como hombres dedicados a curar y a servir, especialmente a quienes no podían pagar.

Por eso me parece profundamente simbólico recordarlos hoy.

Ellos no preguntaban primero cuánto podía pagar el enfermo.
Preguntaban qué podía hacer para curarlo.

Ese espíritu debería interpelarnos también hoy.

Porque los pobres no necesitan una Iglesia muda.

Necesitan una Iglesia que esté a su lado.

Los desahuciados necesitan acompañamiento.

Los enfermos necesitan una sanidad que no deje a nadie atrás.

Los migrantes necesitan dignidad y protección.

Los ancianos necesitan vivienda y seguridad.

Y quienes no tienen voz necesitan que alguien hable por ellos.

NO QUIERO UNA IGLESIA DE SILENCIO
Como sacerdote, no quiero una Iglesia preocupada únicamente por conservar sus estructuras, sus privilegios o sus espacios de poder.

Quiero una Iglesia con olor a pueblo, a calle y a Evangelio.

Una Iglesia que recuerde las palabras de Jesús:

«Tuve hambre y me disteis de comer.
Tuve sed y me disteis de beber.
Era forastero y me acogisteis».

Y una Iglesia que entienda que estas palabras no son solamente para predicarlas los domingos.

Son para vivirlas los lunes, los martes y todos los días.

Por eso mi denuncia no pretende dividir.

Pretende despertar.

No pretende atacar a la Iglesia.

Pretende recordarle cuál es su misión.

No podemos pedir a los demás solidaridad mientras nosotros guardamos silencio ante el sufrimiento.

No podemos hablar de fraternidad mientras algunos hermanos pierden su casa.

No podemos hablar de acogida mientras personas vulnerables son tratadas como un problema.

Y no podemos celebrar a santos que dedicaron su vida a los pobres y necesitados mientras permanecemos callados ante quienes hoy sufren.

San Cosme y San Damián, médicos de los pobres, nos recuerdan hoy que servir al que sufre no es una opción secundaria del Evangelio.

Es el Evangelio.

Y por eso, como sacerdote, lo digo con toda claridad:

ANTE LOS DESAHUCIOS, VOZ.
ANTE LOS POBRES, COMPROMISO.
ANTE LOS MIGRANTES, DIGNIDAD.
ANTE EL SUFRIMIENTO, COMPASIÓN.
Y ANTE LA INJUSTICIA, NUNCA SILENCIO.

Porque cuando la Iglesia deja de estar al lado de los últimos, corre el riesgo de dejar de parecerse a Jesús.

Luis Ángel Rodríguez Patiño, Sacerdote.
Rodríguez Patiño, Luis Ángel
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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