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Ante la condena del 'Padre Fran'

Rodríguez Patiño, Luis Ángel - martes, 29 de septiembre de 2026
Cuando un sacerdote traiciona la confianza, traiciona también el evangelio

He conocido la sentencia de la Audiencia Provincial de Málaga que condena a 52 años de prisión al sacerdote Francisco Javier Cuenca Villalba, conocido como «padre Fran», por delitos sexuales cometidos contra cuatro mujeres y por grabarlas sin su consentimiento.

Según los hechos que la sentencia considera probados, utilizó sustancias que provocaban somnolencia o pérdida de conciencia y se aprovechó de la relación de confianza que mantenía con las víctimas, una confianza vinculada también a su condición sacerdotal.

Es verdad. Está probado judicialmente. Y es repugnante.

No estamos ante una simple falta moral.

No estamos ante un «pecado privado».

Estamos ante delitos gravísimos y ante víctimas que han sufrido un daño profundo.

Y cuando quien comete esos delitos es un sacerdote, la gravedad tiene además una dimensión espiritual: se utiliza para hacer daño precisamente una confianza que debería servir para acompañar, proteger y cuidar.

Por eso quiero decirlo con toda claridad:
UNA AGRESIÓN SEXUAL COMETIDA POR UN SACERDOTE ES UNA TRAICIÓN A LA PERSONA, AL EVANGELIO Y A LA PROPIA MISIÓN SACERDOTAL.

Una mujer que entra en la vida de un sacerdote buscando amistad, acompañamiento, orientación o simplemente confianza tiene derecho a sentirse segura.

Nunca utilizada.
Nunca manipulada.
Nunca drogada.
Nunca agredida.
Nunca grabada sin su consentimiento.

A las cuatro mujeres víctimas quiero decirles públicamente:

OS CREO.
OS RESPETO.
ESTOY CON VOSOTRAS.

Nadie debería tener que enfrentarse al miedo, a la vergüenza o al silencio para poder contar una agresión.

Y a la Iglesia le corresponde escuchar, proteger y actuar.

No basta con pedir perdón después de que todo haya salido a la luz.

No basta con cambiar a una persona de destino.

No basta con hacer declaraciones solemnes.

Hace falta prevenir.
Hace falta investigar.
Hace falta escuchar.
Hace falta proteger.
Hace falta asumir responsabilidades.

La propia sentencia establece además responsabilidad civil subsidiaria del Obispado de Málaga respecto de las indemnizaciones a las víctimas.

Y quiero reconocer que el obispo de Málaga ha anunciado públicamente que la diócesis adelantará las indemnizaciones a las cuatro víctimas, incluso antes de que la sentencia sea firme. Es una decisión que debe ir acompañada de una verdadera cultura de prevención, protección y transparencia.

A LOS OBISPOS LES DIGO: NO MÁS SILENCIOS

Durante años he denunciado públicamente los abusos sexuales cometidos dentro de la Iglesia.

He llegado a decir que cuando un obispo actúa con permisividad puede generar terror en los niños, terror en los padres y terror en toda la sociedad.

Y hoy lo vuelvo a decir:

La Iglesia no puede proteger su imagen por encima de las víctimas.
Las víctimas están primero.
Los niños están primero.
Las mujeres están primero.
Las personas vulnerables están primero.

Y si alguna vez existe una duda entre proteger la institución o proteger a una víctima, la respuesta cristiana debería estar clara: proteger a la víctima.
Y SOBRE EL CELIBATO, VUELVO A DEFENDER LO QUE PIENSO

No afirmo que el celibato sea la causa de estos delitos.

Sería injusto y falso establecer automáticamente esa relación.

Pero precisamente porque quiero una Iglesia más humana, más libre y más responsable, sigo defendiendo que el celibato sacerdotal debería ser opcional y no una condición obligatoria para acceder al ministerio.

Si el celibato es un don y una vocación, debe ser elegido libremente.

Una gracia no se puede convertir en una imposición.

Quien quiera vivir célibe, que pueda hacerlo.

Quien quiera formar una familia, que también pueda ser sacerdote.

Lo que necesitamos no son hombres obligados a vivir una determinada forma de vida.

Necesitamos sacerdotes libres, maduros, responsables, afectivamente equilibrados y capaces de vivir su vocación desde la libertad y no desde la imposición.

Esto no significa que un sacerdote casado esté automáticamente libre de cometer abusos, ni que un sacerdote célibe sea sospechoso por ser célibe.

Significa otra cosa:
que la Iglesia debe revisar con valentía sus estructuras, su formación, sus mecanismos de control y sus formas de acompañar afectivamente a quienes ejercen el ministerio.

Porque callar no protege a la Iglesia.

Callar la destruye desde dentro.

Y proteger a un delincuente no es proteger al sacerdocio.

Es traicionar al sacerdocio.
NO ME CALLARÉ

Como sacerdote, prefiero equivocarme hablando con libertad que equivocarme callando ante el sufrimiento de una víctima.

Prefiero que me llamen díscolo a que algún día puedan decir de mí:

«Lo sabía y no dijo nada».

El Evangelio no nos pide defender privilegios.

Nos pide estar al lado de quien sufre.

Jesús no puso la institución por encima de la persona.

Puso a la persona en el centro.

Por eso, ante esta condena, mi mensaje es sencillo:

JUSTICIA PARA LAS VÍCTIMAS.
PROTECCIÓN PARA QUIENES DENUNCIAN.
RESPONSABILIDAD PARA QUIENES TENÍAN QUE PREVENIR.
TRANSPARENCIA EN LA IGLESIA.
Y CERO TOLERANCIA ANTE LOS ABUSOS.

Porque un sacerdote no está para aprovecharse de la confianza de nadie.

ESTÁ PARA SERVIR.

Y cuando utiliza esa confianza para hacer daño, no solo comete un delito:

traiciona aquello que prometió ser.

En Xestoso, a 23 de septiembre de 2026.

Luis Ángel Rodríguez Patiño, Cura párroco de Xestoso (Monfero), Cambás (Aranga), Momán (Xermade) y Labrada (Guitiriz).
Rodríguez Patiño, Luis Ángel
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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