'Solistas' brillantes y 'solos' silentes
Alén, Pilar - lunes, 28 de septiembre de 2026
Vamos con temas de los que todos hablamos. Por ejemplo: qué tiempo hace; o de algo más serio, flirteando entre lo divino y lo humano.
Tratemos del primero, pero no como mera excusa de las que surgen en un ascensor o al esperar un evento entre personas que se encuentran sin haberlo previsto, sino como fenómeno meteorológico (en el que no entro) y que, llevado a mi terreno (aquí sí que me mojo), también tiene su música. ¿Cómo eludir escuchar en estos días parte de la manida -aunque bella- pieza de Antonio Vivaldi (1678-1741)? El Concierto n.º 3 en Fa mayor, Op. 8, RV 293, «L'autunno» nos propone una serie de escenas cotidianas en torno a Baco: recrea la alegría de una jornada de vendimia, la embriaguez de unos borrachos que luego sestean, y un episodio de caza en el que la presa se da a la fuga mientras los perros corren tras ella, hasta quedar todo en calma.
Este concierto es una muestra genuina de una forma musical que nace en el barroco: el 'concerto a solo', en el que la parte más difícil -la del violín- la ejecuta un instrumentista con pericia. Está estructurado en tres movimientos (Allegro-Adagio molto-Allegro), fórmula creada por Vivaldi y muy difundida luego por toda Europa.
Si «il prete rosso» es un claro caso de un músico que se dedicó s a buscar fama, dinero y gloria frente a lo que era su verdadero oficio -ejercer su sacerdocio- pronto saldrá a la palestra de los auditorios gallegos otro maestro que comparte con él -sin ser cura- un sustrato religioso: Gustav Mahler (1860-1911). Esta circunstancia -el vaivén entre lo profano y lo sagrado- me lleva a un segundo comentario donde se dan la mano lo divino y lo humano.
De antemano declaro mi contento por el hecho de que la Real Filharmonía de Galicia incluya en su repertorio a Mahler. Interpretará en Santiago el 1 de octubre su Sinfonía nº. 4 en Sol mayor. Frente a otras piezas para orquesta, esta se caracteriza por estar hecha para una de reducidas dimensiones, sin tubas ni trombones. Es por lo que rezuma un espíritu dieciochesco, lo que hace agradable su escucha. Y, pese a introducir toques frívolos y humorísticos, no deja de ser sublime y fastuosa. De sus seis movimientos solo me detengo en el último. En él, inesperadamente, una voz solista de mezzosoprano toma el protagonismo para cantar el poema basado en la obra «Ablösung im Sommer» ("El relevo del verano") y, finalmente, sumergirnos en la felicidad de la belleza ultraterrena.
Por otro lado, la Sinfónica de Galicia, poco antes (el 26 de septiembre) ofrecerá otra joya de Mahler: la Sinfonía nº. 3 en re menor. Es monumental, grandiosa y requiere la participación de un nutrido coro femenino y otro de niños, con una mezzosoprano también solista.
Aunque lejos del afán descriptivo de Vivaldi, Mahler busca acercarnos al significado cósmico de la naturaleza. Así lo manifestaba en una misiva a una amiga: «Mi sinfonía será algo que el mundo no ha oído todavía. La Naturaleza entera recibe allí una voz y cuenta secretos tan profundos que sólo podrían haber sido anticipados en sueños».
De regreso a la realidad (la música evade de ella y hace olvidar lo bueno y lo malo de lo que nos rodea), me permito terminar con un pensamiento que enlaza con lo insustancial y lo trascendental de esos compases. Es este: menos IA y más humanismo y empatía. Que cada cual piense cómo llevarlo a su terreno, pero que sea verdadero y que lo noten todos, empezando por esos ignotos vecinos, porque, como reitera un programa en boga en AGalega, es compatible estar rodeado de gente y, paradójicamente, sentirse "solos", con el peso de una soledad oculta, cruda y dura que nada tiene que ver con ser "solista" en una partitura.

Alén, Pilar
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