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Educar sin educación

Vaamonde Rodríguez, Jacobo - martes, 22 de septiembre de 2026
Hace unas semanas, miles de jóvenes regresábamos a las aulas de nuestras respectivas facultades.

Lo hacíamos con pocas ganas, hay que reconocerlo, porque... ¡qué bien se está de vacaciones!

Pero la realidad es otra: las vacaciones no nos arreglan ningún problema, no nos forman, no nos dan un sustento o, como bien decía recientemente el profesor Miguel Anxo Bastos en una entrevista, no "podemos pagar el recibo de la luz con experiencias".

Aun así, dentro de ese mundo real, muchos de los que estudiamos nos encontramos en una especie de "burbuja", alejados de preocupaciones por préstamos, cotización o pagos pendientes.

El problema es cuando nuestro deber, formarnos, no se hace con gusto. Está claro que, para muchos, la tarea de estudiar no es agradable. Sería, cuanto menos, extraño, que prefiriéramos estar sentados en la biblioteca estudiando que con familia o amigos en una terraza...

Pero no me refiero a eso. Carreras como la mía, Publicidad y Relaciones Públicas, dan mucho peso a actividades prácticas y a los seminarios (es raro que una asignatura no guarde la mitad de la nota para este apartado). Y cuando un docente no te presenta la materia con ilusión, la tuya también decae.

Pasa en todos los lugares: siempre hay personas que no trabajan con ilusión, quizás porque no es el lugar donde les gustaría estar, quizás por aburrimiento... Pero esto no es una excusa, porque la formación de las nuevas generaciones no puede depender del estado anímico de un profesor.

Y cuento esto porque, a lo largo de mis dos años como universitario, he vivido todo tipo de experiencias con el profesorado. Cuando un docente llega a clase, te da facilidades y muestra su trabajo con ilusión, tú vas a dar todo de ti para conseguir los mejores resultados.

Sin embargo, desde el momento en el que un profesor, en el primer día de clase, se ciñe a dar materia y la única "introducción" que realiza es: "sois 140 porque hay mucha gente que tiene la materia acumulada de otros años", la pereza inicial pasa a convertirse en miedo permanente.

Quizás sea un recurso para que el alumnado responda y no deje a un lado la asignatura, pero seguro que existen soluciones mejores, puesto que lo único que se genera con estos comentarios es tensión, y la tensión, junto con los nervios, no es buena compañera del que se examina.

Algo similar ocurre cuando, al inicial la lección magistral, el docente no es capaz de mirarte a los ojos. En ese momento, uno se piensa: ¿La clase es para mí o para el suelo?

No estoy aquí para criticar a los profesores, puesto que los alumnos cometemos muchos errores, muchísimos (darían para escribir varios artículos). Estoy aquí para dar a conocer otro punto de vista, otra manera de hacer las cosas.

Existen profesores que saben conectar con el alumno, y cuando esto ocurre, sabes que los resultados van a ser infinitamente mejores.

Conectar no significa generar demasiada confianza, porque puede jugar en su contra. Y ese es el mayor problema, que resulta muy complicado encontrar un término medio. De nada me vale asistir a la universidad y que un profesor me explique cómo hacer un trabajo y a los 5 minutos marche a por un café, puesto que si no actúa con seriedad, los alumnos tampoco responderán con ella.

Se debe encontrar un término medio, sin perder nunca la educación y el respeto mutuo. Y es tarea de ambos colectivos, de estudiantes y de profesores.

Los estudiantes debemos cambiar, y volver a tratar al profesor con su debido respeto. No se trata de levantarse cuando entra en clase, pero tampoco de tomarlo por tonto o dejar de prestarle atención.

Y, por su parte, el profesorado deberá reflexionar sobre la manera de hacer las cosas, puesto que no vale de nada exigir algo cuando tú no lo cumples.

Sin duda, nunca aprendí tanto como en las clases del profesor que te muestra con ilusión a lo que se dedica, y nunca aprendí tan poco como en las clases de aquel que te demuestra lo poco que le gusta su profesión.
Vaamonde Rodríguez, Jacobo
Vaamonde Rodríguez, Jacobo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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