Buenos Aires, un día de marzo de 1954 en la escuela primaria Nº 18 de la calle Juan Agustín García y Lope de Vega. Primer día de clases, inauguración del ciclo lectivo.
Una señora suelta la mano de su pequeño hijo para que se integre en la fila de Primero Inferior, donde la señorita Isolina acomoda a sus nuevos alumnos según estatura, los más pequeños adelante. Lo agarra del brazo y lo acomoda en primera fila, ya que es muy esmirriadito.
Algo sucedió en el inmaduro cerebro de ese niño. Vaya a saber qué pensó, si es que era capaz de pensar, claro. Quizás fue el tumulto, el cotorreo de madres orgullosas, la mirada sobradora de algún compañero mas alto...

La cosa es que de repente, como obedeciendo al trompeta que ordena la carga de infantería, el pequeño anarquista abandona la fila de niños de guardapolvos blancos relucientes y emprende una veloz carrera hacia la puerta de la escuela. Inmovilizado inmediatamente por las fuerzas y cuerpos de seguridad escolar y ante la imposibilidad de que escuchara los ruegos y aceptara reintegrarse a la fila que le correspondía, es entregado al señor director, personaje alto, imponente, de inmaculado guardapolvo blanco (el de las fiestas) que lo eleva de los sobaquitos hasta nivelar la cara con la suya, cubierta de una bondadosa y complice sonrisa, mientras lo arenga a que entienda la trascendencia del acto que estaba a punto de comenzar en su futura vida.
Nunca pudo imaginar el señor director la caladura de ese terrorista enano, hasta que vio como su blanco y radiante delantal se tornaba gris por las patadas que propinaba el niño con toda su furia. Maldiciendo su ilusa idea conciliadora, prácticamente lo soltó con un épico gesto, retomando el pequeño la huída interrumpida hacia la libertad. Esta vez gambeteó con destreza los intentos de retenerlo y su GPS biológico funcionó correctamente, tomando, ya en la calle, la dirección a su casa. La madre y la hermana mayor, angustiadas, detrás, a los gritos.
Justo a punto de cruzar en su desesperada carrera la avenida Lope de Vega, obviamente sin mirar a los lados, una heroína anónima, una arriesgada vecina logró apresarlo, manteniéndolo amarrado hasta la llegada de las mujeres, a quienes les pasó las dos muñecas del fugitivo.
Ya reducido el anarquista, lo llevaron de regreso al hogar. La madre, nerviosa y angustiada por el futuro que le esperaba con el díscolo vástago en algún momento se le ocurrió que todos, hasta los pequeños salvajes, tienen su precio. Y le surgió la idea del chantaje cuando pasaron por el frente de la librería Tarzanito, de la familia del joven actor Oscar Rovito, famoso en todo el país por dar vida a Tarzanito, el hijo de Tarzán y Juana. Es que de tantos saltos agarrados de las lianas, se cruzó un tigre y ñácate, Juana se embarazó.
Rovito intervenía en un mini radioteatro que todos los días se irradiaba por radio Splendid a las 18, hora de la merienda, auspiciado por Toddy, multinacional marca de cacao (el Colacao rioplatense). Y que el anarquista no se perdía ni un capítulo.
Y ahí estaba, en el centro del escaparate, entre libros, acuarelas y lápices de colores. Una pequeña réplica coloreada de la escultura ecuestre del Libertador José de San Martín. (En 1950 se había conmemorado el centenario de su muerte con toda la pompa nacional).
No hay registros del diálogo frente a la vidriera. Fuentes anónimas aseguran que la madre ofreció comprar la estatuilla a cambio de la promesa de portarse en forma civilizada al día siguiente, cuando el fugitivo depusiera su actitud y se sometiera voluntarimente a la disciplina escolar, guardando respetuosamente desde su lugar en la fila de Primero Inferior el izamiento de la bandera nacional, mientras se cantaba la canción patriótica Aurora.
Se hizo la solemne promesa que, con alegre sorpresa de la madre y hermana, el pequeño guerrillero cumpliría con honor y lealtad al General San Martín.
El Libertador, que podía descabalgar para estirar las piernas cada tanto, permanecería en la precaria mesita de noche del ex fugitivo (un cajón de manzanas cubierto con una artesanal carpetita) y participaría en sus juegos al acostarse y en los largos días de fiebre provocados por las comunes enfermedades infantiles. Y surgió entre ellos una gran amistad.
La madre, cada vez que veía al pequeño General se habrá felicitado por tan lucrativa inversión, ya que el supuesto anarquista no solo terminó la escuela primaria con excelentes notas, liquidó en tres años los cinco de la escuela secundaria y se gambeteó un año más en la carrera de medicina de la Universidad de Buenos Aires. Total, antes de cumplir 22 años ya era médico.
Y su amigo Don José de San Martín, desde el caballo blanco con el que cruzó Los Andes, le siguió señalándole siempre el camino correcto con su brazo derecho extendido.