Publicacións de Lino Novás Calvo na Revista de Occidente
Rivero, Manuel - lunes, 05 de octubre de 2026
No primeiro período da Revista de Occidente Lino Novás publicou tres contos:
- "La luna de los ñáñigos" (posteriormente coñecido como "La luna nona"). Número: 103 (Ano X). Xaneiro 1932. Páxinas: 83-105
- "En el cayo". Número: 107 (Ano X). Maio 1932. Páxinas 235-269
- "Aquella noche salieron los muertos". Número: 115 (Ano XI). Xaneiro 1933. Páxinas 285-322
Na segunda época saíron dous contos previamente publicados en Bohemia (1953) e en Espasa Calpe en 1946:
- La noche en que Juan tumbó a Pedro. Número: 30. Setembro 1965. Páxinas: 271-292.
NOVÁS CALVO, Lino. "La noche en que Juan tumbó a Pedro". Bohemia, La Habana, 28 de xuño de 1953
- "Peor que un infierno". Número: 74. Maio 1969. Páxinas: 129-153
NOVÁS CALVO, Lino. "Peor que un infierno". En: Cayo Canas, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1946.
As publicacións na Revista de Occidente, marcaron un antes e un despois na carreira literaria de Lino. Reforzaron a súa marca-persoa e impulsaron ao escritor nun curto periodo de tempo de forma significativa. Desgraciadamente aquela guerra fratricida, levou por diante a revista e truncou a vida de Lino.
Neses tres primeiros contos publicados na Revista de Occidente (1932-1933), hai diferentes fíos que conflúen nunha estrutura semellante. Lino soubo fusionar con mestría varios saberes:
- Cortador de cana de azucre e carboeiro, traballo que desempeñou en Cuba, nun curto período de tempo. A esa experiencia real, Lino, só tivo que asociar as lecturas sobre a negritude, o comercio de escravos e os rituais máxicos.
- A este coñecemento, engádelle as vivencias da súa aldea das Grañas do Sor, da que se foi á idade entre os 16-17 anos. Ata mediado o século XX, a lúa era a protagonista dos ciclos agrícolas, tíñanse en conta as diferentes fases: tanto para sementar, cortar a leña, podar, enxertar as árbores ou plantar os renovos.
Tamén influía a hora dos partos, dependendo das fases, podíanse adiantar ou retrasar, tanto nos animais como nas mulleres.
O culto aos mortos, o medo e o respecto, estaba moi enraizado. A Santa Compaña era frecuente vela por as corredoiras, a partir da media noite, onde os defuntos, ían en procesión desde a casa do doente, próximo ao falecemento, ata a igrexa parroquial.
Van e ven os mortos, falan cos vivos. Visualizan os indicadores anticipados da traxedia coa presenza de pegas, corvos, bolboretas negras e piscos cando emitían o pío-pío triste.
Sen esquecer os diferentes rituais da bruxería, entre eles o do mal de ollo.
En toda a creación literaria de Lino está latente ou mesmo presente o substrato galego, ben na estrutura das frases, como nos protagonistas, que non poden disimular de onde proceden: Louro; Balseiro; Dorindo; Merlo; Rego, Rulo ou mesmo Moco.
Lino está presente no escenario, é un observador, formaba parte dos excluídos, das vivencias dese realismo tráxico, que a modo de círculo vicioso, relata de forma descarnada e cruel a miseria, a violencia extrema e un destino do que lles era imposible fuxir. A morte, anunciaba que ía ser inmediata e certa.
Na carta a José Antonio Fernánde de Castro,
[Madrid] 8 de maio 1932, solicítalle axuda para encontrar información sobre Pedro Blanco Fernández de Traba
Querido José Antonio:
Estoy rebuscando en los rincones documentos para hacer una novela sobre la trata de negros (
) El héroe será Pedro Blanco Fernández de Traba(1) ¿Puedes decirme algo de él? Vivió en la Habana. Estuvo en Gallina, costa de África, por 1825.
Esa documentación será a base da súa novela Pedro Blanco, el Negrero, editada con posterioridade por Espasa-Calpe, aínda que nestas tres, aparecen lóstregos desa lecura.
De 1931 a 1936, Lino, tivo diferentes colaboracións, ademais dos contos na Revista de Occidente: traducións; reportaxes; notas sobre Hemingway; Faulkner e Huxley, autores aos que estaba traducindo, e dos que tanto aprendeu e en parte modelou.
A continuación copio extractos do final de aquella noche salieron los mueros e en el cayo, que nos permiten gozar en pequenas doses, a modo de petiscos, da arte de contar historias de Lino Novás.
Aquella noche salieron los muertos
Moco se presentaba a veces en el campamento y hablaba con los soldados. A todos les predicaba la obediencia al chino y a Amiana. Menos a uno. Éste era Rubio, un negro, el cocinero del chino. Moco había preparado un veneno de hierbas, y lo dio al cocinero, y éste lo echó en la comida del chino (...) El chino amaneció muerto en su tienda y nadie supo de qué. (...) Moco dijo que el chino había muerto por encantamiento, (...) Había que conjurar la brujería en la ceremonia, de la cual se hizo maestro. Él dirigió la construcción de la caja y dispuso a la gente que lo había de llevar al cementerio de los libres. De noche. Tenía que ser de noche, y cuando la luna estuviese de canto sobre la manigua. Los del acompañamiento debían ver la luna de frente y mirarle al rostro fijamente, todo el camino, desde el batey al cementerio, y marchar al son de una marcha fúnebre que él tenía compuesta. (...) y la luna estaría en el cielo y todos los hombres libres marcharían detrás, en la noche. No iría ningún esclavo. (...)
El chino estaba en el medio, montado sobre un caballete, en una caja de tablas por pintar. (...) Encima tenía la piel de un cocodrilo, que empollaba sobre el muerto y rozaba el hocico con su barbilla. Moco había hecho aquello. Había hecho conjuraciones durante estos dos días, y Amiana dado órdenes de que se le obedeciera en todo. La noche anterior se fue con dos fusileros a cazar la cocodrila, y él mismo la desolló frente a la capilla, en un raso, con el cuchillo que usaba el chino. Primero la tuvo patas arriba frente a la puerta y mandó que todos los libres desfilaran ante ella. (...) Tenía un vientre blanco.(...) Moco se la mandó sacar ahora y rebozar todo el cuerpo del chino en ella. Luego lo envolvieron en un paño negro y encima le echaron la piel.
Amiana miraba. Se fue a su casa y llamó a Moco para hablarle, para consultarle lo que debía hacer ahora, sin el chino. Moco hablaba por imágenes, y lo dejaba ahorcado de ellas. Dijo que el verdadero general saldría pronto de la tierra para empujar a todos los libres hacia arriba. Amiana confió en Moco y calló. (...) Las gentes de la isla le creían y esto lo contagió. Dijo que el espíritu de abajo se había apoderado de la isla y que había que hacer un gran sacrificio para aplacarlo. (...)
Pero Moco había sembrado una fiebre por los barracones y las gentes no dormían. Se veían sus cabezas asomadas a sus mechinales, mirando a la manigua. Todo en silencio. Un silencio que no respiraba. (
) Los hombres del cuartel darían la señal con un cañonazo, cuando la luna asomase por encima de la manigua (...) El cañonazo dio la orden. Las plañideras dieron en llorar a gritos y la banda de música estalló en una marcha fúnebre y a la vez militar. Moco se puso al frente de los músicos, encorvado sobre el violín, e inició la marcha (...)
La luna confundía los caminos, arrojando cendales de sombra bruja, como cien chinos tendidos. La música había embargado todos los pies, que la seguían, lentamente, por una vereda (...) Moco lo dirigía delante y abría camino. Todos pensaban que al cementerio de los libres. Menos Moco. Su violín emitía unos silbidos largos, de lechuza, brujos, fantásticos, que le salían a Moco del pecho. Moco se encorvaba sobre su violín, y su arco hacía como exorcicios en el aire, entre la luna y la sombra, al caminar. El arco que era Moco y el arco de su violín descollaban al frente, al través de la manigua, por donde iba el entierro, como un majá. Moco era la cabeza de aquel majá encantado. Sólo la cabeza sabía adónde iba. Los cien pies de la sierpe no se sentían en la tierra blanda. Nada se sentía al no ser el violín agudo, como un silbido de flecha envenenada, en la noche, contra él mismo, y el mugido de los demás. La manigua los iba tragando. El batey quedaba solo, y los barracones acechaban desde cerca, por sus ventanos, al cielo que dormía sobre el lado del cementerio. Era un cielo claro, sin estrellas. La luna que salía las espantaba, como a una bandada de pájaros.
Luego subieron otras cosas al cielo, y todos las vimos, desde los ventanos de los barracones; todos los esclavos. La música se oyó pasar desde allí, el plañido de las mujeres, el mugido de los hombres y el silbido sin tiempo del violín de Moco. Todos temblamos, también (...) Todos los hombres y mujeres asomados a los ventanos de los barracones tenían los ojos y los oídos cuajados, contra el cielo. La manigua no se veía, ni nos veíamos unos a otros, ni nos sentíamos los alientos. Cada uno estaba solo en aquel suspenso. La música iba sonando más lejos, hacia el lugar donde estaba el hombre acuclillado. Nadie, al no ser él mismo, quizá, sabía que estaba aquel hombre allí. El mismo Moco lo había olvidado ahora.
El alma se le iba ahora toda a la cabeza y se le fugaba por aquellos gritos del violín quién sabe adónde. El hombre acuclillado había visto las ocho marcadas a la luz de un fósforo, y oído la marcha fúnebre manigua adentro, y prendido la mecha. Entonces se escurrió a la manigua por otra banda y caminó hacia el barracón de la enfermería. Los enfermos mismos se habían levantado y asomaban a los mechinales. Algunos medio locos, con fiebres. La mayoría no sabía que el chino había muerto, ni qué era aquella música, ni aquel callar de la manigua y aquel vacío. Todos lo sentían. Moco había metido en todos una carga de fantasía y de miedo callado, que se iba inflamando. La fiebre y la locura de algunos era por aquello. La misma noche parecía loca y callada. Los ojos y oídos de los mechinales se habían fundido para mirar y oír aquella noche, hacia el lado de la luna. La mecha encendida por el hombre acuclillado iba andando hacia el túmulo falso, en el cementerio de los esclavos, y cada esclavo vivo tenía ahora una mecha encendida y la carga de miedo y fantasía que Moco les había metido (...) El entierro se había parado junto al túmulo, y los músicos y las plañideras y los bajos habían callado.
Sólo se oía ahora el violín de Moco, con sus hilos muertos llorando en la noche y a la luna. Los libres estaban todos allí, con la cabeza baja, durmiendo sus últimos minutos. Amiana había levantado los brazos y los ojos se le quedaron cuajados en la luna, y los gritos cuajados en la boca, y frío antes de estarlo. Moco estaba erguido en el medio, contra el cielo y el mar, y nadie lo veía ya. Él mismo no veía, ni oía ya su propia música, la música de la mecha que cundía por debajo y estaría al llegar, y despertaría a todos los muertos esclavos. Diez años de esclavos muertos. Los vivos los sentíamos morir; vivir muertos. Luego los vimos subir. El mismo estampido no lo oímos. Nuestros ojos se habían fundido en nuestros oídos y todos los sentidos esperaban la salida de los diez años de muertos. Nadie lo sabía; lo sentía.
¡Y el espanto!
Los muertos salieron aquella noche en un espanto, y subieron hacia la luna con la ropa de los vivos libres del entierro. Nosotros los vimos subir. Yo vi a Moco entre ellos, con el violín mudo de su alma, como carbones del infierno, silbando, como un enjambre de avispas. No: langostas. Nube de langostas salidas de la tierra, del mar, contra el cielo. Así corrimos. La carga que Moco había metido en nosotros nos voló, voló los barracones huimos, también en espanto, desparramados, por la manigua, hacia el batey, y el mar, y los botes. Hacia otras islas. Aquélla quedó sola, con los muertos libres. Los esclavos salieron aquella noche y todos nosotros huimos. ¡Moco! ¡Moco! ¡Moco! Así decían los remos. Yo iba solo.
El Cayo
"Ese fue el error. Los jefes los creyeron cimarrones y les soltaron los perros y los soldados. Las antorchas y los fusiles se metieron en la manigua detrás de los hombres. Los mismos jefes y mayorales dirigieron la batida y nosotros quedamos junto a la hoguera. (Estamos perdidos -dijo el mulato.) Y los gritos de los negros. Louro y yo los veíamos caer en imágenes junto a la hoguera. (Hay que resignarse -dijo Louro.) El gallego seguía clavado al otro lado, como un Cristo negro. (Ahora viene la venganza -dijo el mulato.) Entonces dieron en salir los perros con sus presas y rastras. Salían reculando de la manigua y traían ropas de hombres barriendo el camino con sangre, más roja que la de la hoguera. Luego los dejaban en el raso y se metían otra vez en el monte. Volvían a maullar los fusiles y las voces mandaban más cerca.
- Les queda poco tiempo - dijo el mulato. La noche se hacía más gorda. Los disparos se ahogaban más pronto. Una ráfaga se enroscó en la hoguera y la levantó en peso.
- El demonio se acerca - dijo el mulato. Louro comprendió aquello. El polaco levantó la cabeza.
- ¡Adiós, compañeros! - dijo el polaco. Los perros arrastraban más harapos.
- ¡Ese es el último! - dijo el mulato. El último era el negro mayor, José Barranco. Nosotros vimos su cabeza tensa todavía contra un montón de broza, los ojos cerrados a lo de afuera, como mirando a un son interior. (Nosotros seremos los últimos - dijo Louro.) Asomaban ya los jefes. Ellos mismos vieron ahora lo que se venía encima.
- Ahí están los cimarrones - dijo uno.
- Así se hace a los rebeldes - dijo otro.
- No eran rebeldes - dijo Louro. Entonces gritó el mulato:
- ¡Dios, manda ese huracán!
Una ráfaga mayor se llevó la hoguera. En la oscuridad vimos ahora claro. Habían comenzado a ser cimarrones, pero el huracán se manifestó secretamente en ellos antes que en nosotros.
- Por eso huyeron - dijo el mulato. El gran demonio del mundo los espantó por dentro y se tiraron locos a la manigua, y los perros detrás.
- Han matado cadáveres - dijo el mulato. Pero las voces huían ahora, espantadas, partidas en el aire. Yo me así a Louro.
- ¡Ahí va nuestra tienda! - dijo Louro. La lona blanca fue lo último que pudimos ver, como un ave bruja en la noche. Los gritos de los jefes y soldados se hacían añicos en el ciclón. Louro se tiró al suelo y serpeó hacia los barriles vacíos.
- No te separes, pequeño - dijo Louro. Fue lo que oí. El huracán estaba ya de lleno en el cayo y entraba a saco. El monte gruñía como almas invisibles y la manigua entera repetía ahora la tormenta de los tambores. (Habían danzado su muerte en aquella tormenta.) Entonces vino el mar con su melena blanca y comenzó a barrer árboles y hombres. El aire barría aún algunos gritos. Luego fue el gran bramido que todo lo ahogó y nuestros barriles nos llevaron por lo alto. Yo oí un grito de Louro, y me sentí lejos, como lanzado a otro mundo. El bramido había recurvado a distancia y parecía un monstruo que me levantara ya en la cola. Entonces pensé dónde estaría Louro. Tiempo después el huracán se alejaba. Había recurvado hacia Oriente y atacaba a Santiago. Yo esperaba en mi barril flotante, en un mar ya quieto. Era todavía noche. El día me trajo el barril de Louro a los ojos y vi asomar de él su cabeza seca. Estábamos cerca del cayo, pero ya no había tal monte sobre el agua. Algunos restos habían subido a flote, y el sol brillaba sobre ellos. No vi ningún cuerpo. (Yo miraba por las velas de un barco.)
- ¡Ah del barril! - gritó Louro. (Las velas asomaron.)
Mis ojos buscaron los cuerpos de los otros.
- ¡Ah del barco! - gritó Louro".
NOTA:
1. https://historia-hispanica.rah.es/biografias/6662-pedro-blanco-fernandez-de-trava

Rivero, Manuel