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El Ateneo de Madrid

Rivero, Manuel - lunes, 14 de septiembre de 2026
Texto publicado por Lino Novás na revista Orbe. Año 2, número 48, 12 de febrero de 1932, pp. 18-19.

O Ateneo foi o seu fogar a vez dun escenario privilexiado, que no curto espazo de tempo (1931-1936) Lino, soubo aproveitar para potenciar o seu talento, traballar con comodidade, ter luz e calefacción gratis e relacionarse con intelectuais, políticos e autoridades.
Período de tempo no que, confluíron as seguintes variables: ganas de aprender; capacidades; horas intensas de traballo; medios; amizades que lle deron apoio e visibilidade: Valle-Inclán; Ortega y Gasset; Unamuno e Chacón y Calvo.
Ese progreso de Lino, estivo determinado por tres factores: descubrir que podía, que quería dar ese gran salto intelectual e ademais que o merecía
A madurez e a formación intelectual, conseguida no Ateneo, acadouna por dúas variables principais: biblioteca, co se extenso fondo bibliográfico e os numerosos faladoiros da cacharrería. Espazos dos que Lino era asiduo, que tanto gozo lle producían, a través dos que se empapaba de coñecementos e de sabedoría.
Cando describe esas estancias, podemos visualizar, escoitar e sentir a sutiliza do arrecendo das diferentes estancias; os silencios da biblioteca e as atronadas dialécticas da cacharrería, que estremecían o espírito.
O Ateneo, foi a fragua onde se fundiron a vangarda europea e a raíz hispánica, que moldearon a identidade dun narrador único e irrepetible. Foi a súa patria intelectual: o lugar onde Lino, se transformou nun dos renovadores máis atrevidos da narrativa hispánica do século XX.
O vínculo de Lino co Ateneo, veulle por tres vías:
- Aula de estudo
- Cargo na directiva, na que exerceu como secretario 3º da Sección de Literatura, de 1933 a 1934.
- En cambio, semella que o emprego técnico como bibliotecario ou axudante, estivo de 1931-1936. Este punto non está documentado con certeza de forma directa, si de forma indirecta, hai indicios, que foi José María Chacón y Calvo, quen lle conseguiu ese traballo a súa chegada a Madrid.
Nesta entrega analizo a publicación en Orbe: “El Ateneo de Madrid”. Entresaco extractos do texto orixinal, a clave está en poder saborealo completo.
Texto, no que aflora a maxia da comunicación. Crea un universo vivo, dinámico e envolvente a base de puntuacións precisas, descricións espaciais, auditivas e visuais, metáforas potentes, linguaxe fresca, detalles precisos e oportunos. Fai que tanto os espazos como os silencios falen e dialoguen cos libros e os seus lectores
“Para el que quiera auscultar las últimas palpitaciones de la vida pública española en su curso sinuoso y complicado – política, moral, cultura, arte- durante casi un siglo no puede ofrecerse auricular más fiel que el Ateneo de Madrid. Las cuerdas nacionales envían cada nota a esta caja de resonancia, que devuelve el eco instrumental al parlamento, al cuartel, a la prensa, a la universidad y a la barricada. (…) Las ideas filosóficas, los estilos literarios, hasta las modas indumentarias que traspasan los Pirineos vienen a anidar en el Ateneo para ser discutidos por tres generaciones de españoles ilustres. En este lugar, registro de la vida pública, termómetro social de España, ponen sus pies y barajan sus ideas un día y otro las figuras que hoy vemos estampadas en la historia. Cada uno ha dejado algo íntimo entre sus paredes. Sus retratos van sellando la galería. Han transcurrido ya noventa y ocho años. El Ateneo será pronto centenario (….) Nosotros vamos a hacer de críticos (…) el Ateneo necesita ser criticado.
Por lo de pronto, es una sociedad de gente inquieta, de una inquietud inspirada; es decir, gente bien, gente ilustrada o que quiere serlo. La gente de la calle llama a los ateneístas “señoritos del Ateneo”. Es un nuevo título, casi una profesión. Sustancialmente, es una sociedad de clase media, con diferentes grados de calentura y sus extremos en contacto con el polo norte del radicalismo y el polo sur del moderantismo. (…)
Una institución como esta, donde durante tanto tiempo vienen creándose ideas, estilos, escuelas, intereses; donde simultáneamente alternan la cultura y la política, tiene así una doble trascendencia. En ningún otro lugar hallamos esa íntima conversación que da a los ateneístas un baño elegante de enterados en todas las materias, pero que también abre posibilidades a las especializaciones. Es el Parlamento más la Universidad, con algo de liceo y de café. El prestigio cultural y estético que lo circunda es como una atmósfera para la propagación de sus ecos interiores.
Esto explica que desde su fundación todos los movimientos políticos y culturales de España hayan estallado antes en el Ateneo, como si este fuera un cerebro nacional, a veces acalorado, a veces frío, pero siempre pronto a responder a los estímulos de las inquietudes ambiente. Si esta república apareció nutrida desde el comienzo de los hombres más significados fue porque esos hombres venían compenetrándose de las ideas revolucionarias en sus encuentros del Ateneo, a donde la vida española envía sus diputados en ese sufragio universal de ideas y presione. (…)
Hay por lo menos en el interior de este palacio un espacio abierto a todas las corrientes (…) Lo primero que entra ve y oye, es la cacharrería. Es el departamento de los que hablan, y tiene una alta misión humana: la de quemar en efigie, de resolver batallas figuradas. La verdad es que en nosotros están los alcoholes bélicos que necesitan desahogo.
Una función pareja la desempeñan la sala de armas y el gimnasio. Es el lugar donde se adquiere la tranquilidad necesaria que resulta de la confianza en nuestras propias fuerzas. Para no batirnos necesitamos saber qué podemos hacer (…) por eso estas salas mantendrán la conciencia del peligro viva en los corazones, garantizando, por tanto, la fidelidad, aunque solo sea en menor escala, a la constitución (…)
La impresión pura del que entra por primera vez en el Ateneo es la de una atmósfera acogedora (…) Es verdad que se requiere un arras de entrada y una modesta cuota mensual, y que si uno falla lo borran, pero una vez purgado ese pecadillo terreno se entra en la gloria. Ninguna frontera ni arcángel con espada de fuego para poner límite a nuestro libre juego. Después de entrar la primera vez, ya no necesitamos pasaporte: el conserje nos ha robado un retrato que guarda detrás de la pupila y al cual recurre secretamente cada vez que nos ve entrar.
Después puede optar por el salón que más le guste y estar allí desde las nueve de la mañana a la una de la otra mañana. En el pasillo de la entrada se encontrará siempre, a un lado, el cartel anunciador del acto del día en el teatro. Conciertos, recitales, discursos, discusiones… (…)
Aunque el Ateneo no fuera más que su biblioteca sería bastante. Si la mayoría de los hombres que hoy brillan en España confesaran, confesarían que mucho de lo que hay en sus cabezas estuvo antes en el Ateneo, en los libros de esos escogidos salones de la biblioteca.
Pero hablar de los libros es hablar de lo inefable. Es preciso haberles llegado a la entraña y sorbido allá, a oscuras, con el alma, su palpitación íntima y humana. Hay que enamorarlos, y esto no se consigue a primera vista. En esta biblioteca puedo yo distinguir al primer golpe de vista, quienes son los iniciados. Hay aquí cuatro salas. Una al centro, una a la izquierda y dos a la derecha. En la del centro hay siempre mayor número de personas. No es la más cómoda, pero sí la más alegre. Nadie se duerme en ella, a pesar de que todo el mundo habla como si se confesara, pero si lo hacen alto suena en toda la sala algo así como una trompetilla aspirada… En cambio, suenan pasos, pasan mujeres lindas… Estas son escurridizas, permanecen poco tiempo en el mismo lugar y cambian con facilidad de pupitre. Alguien tose. Un anciano empuja su pupila cansada a través de los cristales y persigue mortalmente la letra- la letra se petrifica en la mente de los ancianos. Hay algunos que permanecen por los rincones horas y horas, pegados a las mesas. En derredor, los que llegan, tiran de las gavetas de los ficheros. Hay quien tiene ante sí montones de volúmenes. Estamos en la sala del centro, la más espaciosa, la más fría. Abajo pasea ahora el manco y encapotado esqueleto de Valle-Inclán: Por un rato pasea solo: luego le rodeamos unos cuantos. Don Ramón habla de letras y de regiones. Cuando alguien le mienta a Galicia, se levanta airado y desaparece como un apóstrofe entre las barbas. Don Miguel de Unamuno entra con un libro entre la mano, se sienta, lee unos minutos y sale de nuevo a paso firme, con su cuerpo de atleta ibero y centenario. Los dependientes pasan cargados de libros y revistas. Son unos hombres amables, atentos, siempre prontos a servirnos la dinamita intelectual. Ellos sonríen. Conocen los terribles estragos que la cultura hace en las gentes. ¡Han visto tanto sus defectos! Un lector oprime un botón y al punto aparece un camarero uniformado dispuesto a servirle cuanto desee. Todavía entra la luz del día por el techo, pero algunos comienzan ya a prender sus lámparas engualdrapadas de pantallas vistosas. La biblioteca se va llenando. Dentro de un poco, sonará la campanilla que llama al acto de la tarde. Se oyen ya aplausos. Los estudiosos pasan a las otras salas, más recogidas y cálidas. Unos traducen, otros escriben, otros pintan. Los radiadores nos envían desde sus esquinas un cariñoso saludo térmico. Reina el silencio. Nos hundimos en los libros. Podemos olvidarnos de todo: de las luchas de clases, del frío de la calle, de los gritos de los periódicos... (1)

NOTA:
1. España estremedida, pp. 254-261.
Rivero, Manuel
Rivero, Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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