Dedicado a los conejos, perdices y alcaravanes que en estos llanos teldenses,
campo de entreno de perros de caza, es imposible que lleven una apacible vida.
Tras acercarles las cañadas de El Goro y La Sargenta, la cañada de Lomo Gordo es la siguiente que nos encontramos cuando seguimos nuestro ascenso por el cauce del barranco de Silva.

Sin embargo les acercaré antes otra que se encuentra justo a continuación de la anterior. Sin nombre concreto que nos la identifique, nos sorprende en su encuentro con el barranco de Silva.
La abordo desde su nacimiento, justo al pie de la carretera GC-140 que nos lleva desde El Goro a Cuatro Puertas.
Es domingo, una decena de vehículos todo terreno salpican el llano del Goro. En su interior transportan perros de caza. Es día de entreno y éste es un campo de entrenamiento.
Nada encontraré hoy de fauna animal vertebrada pues los perros rastrean hasta los lugares más inverosímiles y la poca existente estará bien escondida o habrá huido, pero sí podré transitar por ambas cañadas.
Inicio el periplo junto a la carretera general del Goro. Al otro lado de la misma desciende el barranquillo de la Higueta cuyo nacimiento se encuentra en las laderas de los conos volcánicos de El Gallego y Cuatro Puertas.
Aquí el llano es extenso y las barranqueras apenas perceptibles. Camino en dirección costa. No tardo en encontrar las vaguadas que dan lugar a esta pequeña cañada. Tal vez por su discreta entidad no se encuentre registrada con nominación alguna en la cartografía de GRAFCAN.
Un pequeño estanque de superficie cuadragular es en realidad una balsa de agua que apenas supera el metro de altura. Abandonado actualmente, las conducciones que llegan y salen del mismo nos revelan tierras cultivadas en un pasado no tan lejano.
Una vieja caseta destinada al control del agua se mantiene en pie, con la puerta tapiada. Un par de pistas de tierra, idóneas para todoterrenos y coches con remolques para perros nos hablan de su habitual uso por los cazadores. Visible se encuentra también una senda estrecha y muy trillada indicándonos que nos encontramos con un paso frecuente de ciclistas de montaña que la utilizan para alcanzar Cuatro Puertas, otros conos volcánicos del conjunto vulcanológico de Rosiana y las pistas sin asfaltar que aún se conservan en las Medianías teldenses.
Sorprende sobre esta zona del llano de Lomo Gordo la presencia de un tabaibal de tabaiba dulce bien desarrollado. Y digo que sorprende porque el resto del paisaje es un terreno árido como consecuencia de la explotación abusiva del suelo. Nada crece en él más allá de algunos yerbajos. Solo en una parte de la loma que se extiende sobre el cauce del barranco de Silva, soberbios ejemplares de tabaiba dulce forman un manchón nada desdeñable. Otras plantas asociadas a esta formación vegetal alcanzan un porte parecido: espinos de mar, balos, algunas tabaibas amargas, veroles, cornicales, azaigos de risco
Y es que aquí, en esta zona alta de Lomo Gordo, se conserva el suelo que antaño fue cultivable. Tanto es así que el cauce que se va formando tiene una pendiente muy suave pues sobre su fondo se depositan las tierras arrastradas de las vaguadas. Arbustos como tabaiba dulces, balos inciensos, espinos de mar
aparecen dispersos por este incipiente cauce, pero será la tunera india quien lo invadirá por completo ocupándolo y convirtiéndose en la especie dominante.
Los terrenos, sin caliche aparente, se ven en buen estado de conservación aunque conservan mucha piedra.
Esta cañada, de corto recorrido, en su último tramo salva con rapidez el acusado desnivel que se le presenta para incorporarse al cauce del barranco de Silva. Es entonces cuando las tierras desaparecen dejando en su lugar un suelo rocoso, de piedra lavada que nos exige cierta prudencia a la hora de realizar el descenso en busca del cauce del barranco.

Y la sorpresa de esta cañada surge cuando, de repente, observamos frente a nosotros, justo en la confluencia de esta cañada con el barranco principal, un poblado de cuevas en el barranco de Silva, uno de los más importantes yacimientos arqueológicos presentes en este barranco.
El cauce se abre paso entre cinco cadenas de cultivo, tierras cultivadas hasta hace pocos años pero actualmente en avanzado proceso de deterioro. Amplias terrazas de las que se conservan sus muros en buen estado, paredones realizados con la técnica del muro cajón, hormigón al que se le incorporaba piedras del barranco de tamaño vario. De su abandono nos hablan los abundantes restos de alambre y un depósito de adoquines que en su día sirvieron para fabricar paredes cortavientos, muros que protegían los cultivos permitiendo el paso regulado del viento para su aireación. Creo haber visto estas terrazas, hace varias décadas, plantados de plataneras.
Un enorme pedregal separa este barranco del cauce. Se trata de un pedregal generado durante el despedregado de los terrenos donde se asientan estas terrazas.
Debemos abordarlo con calma pues es piedra suelta y mucha se encuentra inestable, bajar con cuidado y cruzar el cauce del barranco de Silva. Se nos brinda entonces la oportunidad de visitar el conjunto de cuevas de El Jerez, cuevas que se elevan en tres pisos -ver fotos-. Un yacimiento donde además de las cuevas vivienda, observaremos cazoletas y canalillos que las comunican, en la plataforma de toba que se encuentra frente al conjunto habitacional, conjunto conocido como almogarén de Jerez. En las inmediaciones encontraremos más cuevas asociadas a este poblado y en una de ellas, vetado el acceso por una puerta de prptección, la existencia de varios grabados.
Una especie de muros ciclópeo protege el acceso a las cuevas del primer nivel aunque no sabe uno si estos muros tuvieron otra función que la de guardar el ganado pues este conjunto troglodita fue utilizadas para dicha actividad hasta época reciente.
Y observo entonces montículos de excrementos a pie de las oquedades presentes en las cuevas. Una manifestación clara de que en ellas nidifica la paloma bravía.
A los dos primeros niveles de cuevas se accede con relativa facilidad. Un dique marca el límite del poblado de cuevas. El tercer piso presenta difícil acceso tal vez por la erosión continua pues se trata de materiales escoriáceos de color rojizo y estructura inestable, o bien por desplomes y desprendimientos de materiales acaecidos en las últimas centurias. No tiene pinta de ser practicable el acceso sin la asistencia de materiales de escalada.
Frente a este conjunto de cuevas, bajo las terrazas de cultivo, otro conjunto de tres cuevas seguidas se observa casi en el cauce del barranco. A su izquierda es donde situan los entendidos un posible almogarén.
Por su parte, la cañada de Lomo Gordo tiene su origen en pequeñas barranqueras -ver foto-, que en este mismo Lomo se forman al sur de la cañada antes descrita. No hay mucha distancia entre ellas y su incorporación al barranco de Silva presenta sus desembocaduras muy próximas.
Las dos son de similar recorrido, la salvedad la pone la profundidad de las mismas pues tiene más entidad esta cañada de Lomo Gordo.
Como curiosidad el inicio en la formación de la cañada. En la parte más extensa de Lomo Gordo se observan pequeñas depresiones en el terreno, apenas perceptibles. Se trata de suaves inclinaciones donde el espacio sigue cubierto de tierra y nada presagia que un poco más abajo se formarán pequeñas cárcavas. Pero es una apreciación gratuita. Una vez la velocidad del agua en las esporádicas lluvias varíe un poco entre el llano horizontal y esas pequeñas zonas con escasa inclinación, la tierra comienza a moverse poco a poco hasta desplazarse con la pendiente formada dejando al descubierto la capa impermeable de caliche que se encuentra en el subsuelo, apenas a quince, veinte centímetros de la superficie.
Y es entonces, en esos canalillos de cauce blanquecino donde se inicia el proceso erosivo que culminará en cañada, barranquera o barranco.
Esta llanura, propicia para conejos, perdices y alcaravanes, se encuentra plagada de blanquecinas conchas de pequeños caracoles. Son tan numerosas que en algunas zonas cubren por completo el suelo. Pienso en un pasado más húmedo donde una cubierta herbácea permitiera el desarrollo y expansión de tanto gasterópodo, pero luego observo los troncos y tallos de tabaibas dulces, tabaibas amargas, espinos de mar, balos, veroles, aulagas y otras plantas arbustivas del tabaibal conservado y los veo cubiertos, apretados unos con otros, de cientos de caracoles semejantes, enquistados, esperando el otoño, defendiéndose como saben hacerlo de los rigores veraniegos.
Sobrevuelan las aguilillas que anidan en los riscales del cercano barranco de Silva. También lo hacen los cernícalos y, aquí mismo, entre las tabaibas dulces del pequeño bosquete arbustivo, los mirlos encuentran comida y refugio.
El desarrollo del mismo, camino de la desembocadura es el siguiente. Tras ese inicio de pequeñas cárcavas, las barranqueras dan lugar a un cauce único. Es entonces cuando el proceso erosivo se torna más acusado.
Aún hay mucha tierra de antiguos cultivos a ambos lados, tierras donde la tunera india se hizo fuerte y las ocupó por completo. Esto nos hace sortear las punzantes púas, obervar la formación del cauce des cualquiera de las laderas, dsiscurriendo entre tuneras, hasta que la fuerza arrolladora del agua ha socavado el terreno del cauce y, una vez limpio de vestigios terrosos, discurrir sobre un lecho de basalto, piedra viva que nos facilita hasta muy cerca de la desembocadura un paseo cómodo y seguro.
La vegetación que encontramos en las laderas es la ya observada. Si acaso añadirle la presencia de azaigos de risco, de inciensos e hinojos.
Llegamos así a la desembocadura. Nos sorprende porque sobre ella discurre una pista que daba servicio a toda esta zona de cultivo, a los bancales que bordean el barranco de Silva hasta la altura del yacimiento arqueológico. Una pista que desciende en zig-zag, serpenteando desde los llanos de El Goro, al pie de un muro ciclópeo que cierra la llanura, muro que nos habla de la amplia extensión del suelo agrícola en esta zona, pista que se ha vuelto, en su último tramo de encuentro con el barranco, en una barranquera impracticable. Son los daños sufridos por estas infraestructuras con el paso del tiempo, una vez se abandona el mantenimiento de las mismas.
Para cerrar este artículo añado una curiosidad y planteo un interrogante. Justo en el encuentro con el barranco principal, esta cañada se abrió paso a través de un bloque de arenisca, finas cenizas volcánicas muy compactadas, es posible se trate de nubes ardientes de las que me ha hablado tantas veces mi amigo Anselmo Marrero. Lo cierto es que la plasticidad de estos materiales es tal, que los perfiles que observo tras el fenómeno erosivo de las aguas me recuerdan las capas de arena observadas en las dunas fósiles de Tufia y Ojos de Garza, pero con mayor tiqueza cromática. Suaves ondulaciones que semejan olas, tonalidades diferentes que le infieren semejanza de una tarta, curiosas rocas y piedras insertas en el corazón de la arenisca, todo ello convirtiendo el paisaje observado en un encuentro emocional y entrañable. Es entonces cuando uno desea sosegar el paso y observar con calma tan interesante formación.
Y es entonces cuando uno se percata que es la misma formación sobre la que se asiente el almogarén próximo. Y en estonces cuando uno busca con mayor atención vestigios, señales que nos conduzcan a interpretar su uso en el pasado, posibles huellas de los primeros habitantes del barranco. Y es entonces cuando uno descubre cazoletas, canalillos que las unen, trozos dispersos de otra época y desea seguir indagando y encontrar figuras antropomorfas, triángulos púbicos, interpretar el silencioso lenguaje del grabado o de la pintura, pero todo es pura ilusión, todo está en mi cabeza porque el desconocimiento es absoluto y la imaginación no juega a favor cuando se une a la emoción del encuentro. Y es por ello que abro el interrogante a cualquier persona interesada en indagar, estudiar lo que hubo y lo que aún queda, en analizar el destrozo causado por las enormes sorribas llevadas a cabo para habilitar los cultivos que se extienden por esta zona del cauce de Silva precisamente sobre esta plataforma de cenizas compactadas, material idóneo para la creación del almogarén observado.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.