Como sacerdote, no puedo permanecer en silencio ante el avance de la ultraderecha
Rodríguez Patiño, Luis Ángel - lunes, 14 de septiembre de 2026
Lo que está sucediendo en Alemania, y particularmente el avance de la ultraderecha en Sajonia-Anhalt, debería hacernos reflexionar también a quienes vivimos en España y en el resto de Europa.
Me ha llamado especialmente la atención la posición expresada conjuntamente por las Iglesias cristianas alemanas: respetar escrupulosamente el resultado de las urnas, porque la democracia debe ser respetada, pero al mismo tiempo advertir con claridad que ningún resultado electoral puede convertirse en una autorización para vulnerar la dignidad humana, los derechos fundamentales, la Constitución o el Estado de Derecho.
Como sacerdote, comparto profundamente esa preocupación.
Y quiero decirlo con claridad: no hablo en nombre de ningún partido político ni pretendo defender a ningún partido concreto. Mi compromiso no es con unas siglas, sino con la persona humana, especialmente con quienes tienen menos posibilidades de defenderse.
Porque para un cristiano hay una línea que no debería cruzarse nunca: la dignidad de cada ser humano.
MI REFERENCIA NO ES UN PARTIDO: ES JESÚS DE NAZARET
Mi posición nace de mi fe cristiana.
Yo creo en Jesús de Nazaret, en el Jesús histórico que caminó por los caminos de Galilea, que se acercó a los pobres, a los enfermos, a los excluidos, a los extranjeros, a quienes la sociedad religiosa y política de su tiempo colocaba en los márgenes.
Y creo en Jesucristo, el Cristo, el Ungido, el Hijo de Dios, que revela en su vida, muerte y resurrección que Dios no abandona al ser humano y que el amor al prójimo no puede ser sustituido por el odio, el desprecio o la indiferencia.
Por eso no puedo permanecer indiferente cuando se utilizan el miedo, la xenofobia, el racismo, la exclusión o la mentira para conseguir poder político.
El Evangelio no me permite hacerlo.
Jesús lo dijo con una claridad extraordinaria:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,31).
Y cuando quisieron preguntarle quién era exactamente ese prójimo al que había que amar, Jesús contó la parábola del buen samaritano.
No preguntó por la nacionalidad del herido.
No preguntó por su religión.
No preguntó por su ideología.
No preguntó si era rico o pobre.
Lo vio sufrir y se acercó.
Ese es el Evangelio.
CUANDO LOS DERECHOS SE RECORTAN, ¿A QUIÉNES SE LES RECORTAN?
Hay algo que me preocupa especialmente.
Cuando se habla de restringir derechos, deberíamos preguntarnos siempre:
¿A quiénes se les van a restringir?
Porque muchas veces los derechos parecen universales mientras no molestan a quienes tienen poder. Pero cuando llegan las dificultades económicas, la crisis migratoria, la falta de vivienda, el desempleo, la pobreza o la exclusión, entonces algunos empiezan a considerar que los derechos pueden ser recortados.
Y casi siempre los primeros afectados son los mismos:
los pobres, los inmigrantes, los refugiados, las minorías, los enfermos, las personas que viven solas, quienes carecen de recursos y quienes tienen menos capacidad para hacerse escuchar.
Como sacerdote, eso me interpela profundamente.
Porque Jesús fue radical cuando habló de este asunto:
«Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
No dice: «si pertenece a los nuestros».
Dice: «a mí me lo hicisteis».
Ahí está una de las claves fundamentales del cristianismo.
NO SE PUEDE DEFENDER A CRISTO Y DESPRECIAR AL SER HUMANO
No podemos utilizar el nombre de Cristo para justificar políticas que convierten al extranjero en enemigo, al pobre en culpable, al diferente en amenaza o al vulnerable en alguien que sobra.
Cristo no vino a construir una sociedad basada en el miedo.
Vino a anunciar el Reino de Dios.
Y ese Reino tiene mucho que ver con la justicia, la fraternidad, la misericordia y la dignidad de cada persona.
Jesús se acercó a los leprosos.
Comió con publicanos y pecadores.
Defendió a la mujer acusada.
Se dejó tocar por quienes eran considerados impuros.
Puso a un niño en medio de sus discípulos.
Lloró ante la muerte de su amigo Lázaro.
Y cuando fue crucificado, no respondió al odio con más odio.
Por eso, cuando escucho determinados discursos políticos que pretenden enfrentar a unos seres humanos contra otros, no puedo simplemente mirar hacia otro lado.
Mi conciencia cristiana me obliga a discernir.
PERO TAMPOCO QUIERO CERRAR LOS OJOS ANTE LOS ERRORES DE LA IZQUIERDA
Y aquí quiero ser igualmente claro.
La defensa de los derechos humanos no puede convertirse en patrimonio de ninguna ideología.
También las fuerzas de izquierda y progresistas deberían hacer una profunda autocrítica.
Porque la ultraderecha no avanza solamente por sus propios aciertos.
A veces avanza también por los errores, las divisiones, las luchas internas, los sectarismos y la incapacidad de ofrecer respuestas convincentes de quienes deberían defender una sociedad más justa.
Cuando las organizaciones progresistas se encierran en sí mismas, cuando convierten las diferencias legítimas en guerras internas, cuando se preocupan más de sus propias estructuras que de los problemas reales de la gente, dejan un enorme espacio social que otros ocupan.
Y ese espacio lo ocupa muchas veces la ultraderecha con un mensaje aparentemente sencillo:
«La culpa es del inmigrante».
«La culpa es del pobre».
«La culpa es del diferente».
«La culpa es del que piensa distinto».
«La culpa es del extranjero».
Pero las causas de la precariedad, de la falta de vivienda, de los bajos salarios, del abandono rural, de la pérdida de población, de la inseguridad económica o de la desigualdad son mucho más complejas.
No podemos convertir a los más débiles en chivos expiatorios de problemas que tienen causas económicas, sociales y políticas profundas.
UN CORDÓN SANITARIO DEMOCRÁTICO
Por eso creo que las fuerzas democráticas tienen una responsabilidad histórica.
No estoy hablando de construir un cordón sanitario para excluir a millones de ciudadanos que votan determinadas opciones políticas.
La democracia exige escuchar incluso aquello que no nos gusta.
Pero sí creo que debe existir un cordón sanitario democrático y ético frente a quienes pretendan utilizar las instituciones para destruir desde dentro los derechos fundamentales, la igualdad ante la ley, la dignidad humana o el Estado de Derecho.
Y ese cordón sanitario no debería pertenecer solamente a la izquierda.
Debe implicar a demócratas de distintas sensibilidades.
También a la derecha democrática y conservadora.
También a las Iglesias.
También a los sindicatos.
También a las asociaciones.
También a la sociedad civil.
Porque defender la democracia no significa defender un partido.
Significa defender unas reglas de convivencia que permiten que personas que pensamos diferente podamos vivir juntas.
LAS IGLESIAS NO PODEMOS CALLAR
Por eso me parece especialmente importante la actitud de las Iglesias cristianas alemanas.
Cuando los responsables eclesiales afirman que no permanecerán en silencio si se viola la dignidad humana, se pone en peligro la democracia o se vacía de contenido el Estado de Derecho, están ejerciendo una responsabilidad que considero profundamente evangélica.
La Iglesia no está llamada a convertirse en un partido político.
Pero tampoco está llamada a permanecer callada cuando el ser humano es humillado.
La Iglesia debe estar al lado de las víctimas.
Debe defender al que sufre.
Debe denunciar la injusticia.
Debe tender puentes.
Debe favorecer el diálogo.
Y debe recordar permanentemente que ningún ser humano vale más que otro ante Dios.
Eso significa también que debemos escuchar el malestar social.
No podemos despreciar a quienes sienten miedo, inseguridad o abandono.
La respuesta cristiana no puede consistir en decir simplemente: «ustedes están equivocados».
Tenemos que preguntar:
¿Por qué tantas personas han perdido la confianza?
¿Por qué tantos trabajadores se sienten abandonados?
¿Por qué tantos jóvenes no pueden acceder a una vivienda?
¿Por qué nuestros pueblos se vacían?
¿Por qué tantas personas mayores se sienten solas?
¿Por qué crece la sensación de que las instituciones no escuchan?
Hay que escuchar el sufrimiento.
Pero escuchar el sufrimiento no significa aceptar que ese sufrimiento se convierta en odio contra otros.
EL EVANGELIO NOS PIDE ALGO MÁS
Jesús no nos dijo que amáramos solamente a quienes nos aman.
Nos dijo:
«Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44).
Y también:
«Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9).
Por eso mi oposición a cualquier forma de ultraderecha que vulnere los derechos humanos no nace del odio hacia quienes la votan.
Precisamente por ser cristiano, no quiero odiar a nadie.
Quiero combatir las ideas, las políticas y las actuaciones que considero contrarias a la dignidad humana.
Quiero dialogar con quien piensa diferente.
Quiero escuchar.
Quiero convencer, no imponer.
Pero también quiero mantenerme firme cuando están en juego los derechos de los más débiles.
Porque el silencio ante la injusticia puede terminar convirtiéndose en complicidad.
Ya lo decía el profeta Ezequiel:
«Si tú no hablas para poner en guardia al malvado (...) te pediré cuenta de su sangre» (cf. Ez 3,18).
Por eso yo también hago mía aquella expresión del salmista:
«Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti» (Sal 137,6).
Y para mí acordarme de Dios significa también no olvidar al que sufre.
NI ODIO NI SILENCIO
No quiero una España dividida entre buenos y malos.
No quiero una Europa donde unos ciudadanos tengan que vivir con miedo a otros.
No quiero una sociedad donde la pobreza sea considerada un fracaso personal y la riqueza una prueba de superioridad.
No quiero que se utilice al inmigrante para ocultar las responsabilidades de quienes gobiernan.
No quiero que se utilice al pobre como enemigo.
No quiero que se utilice la religión para justificar el rechazo.
Y tampoco quiero una izquierda encerrada en sus propias divisiones, incapaz de escuchar a quienes piensa representar.
Necesitamos menos trincheras y más diálogo.
Menos odio y más justicia.
Menos manipulación y más verdad.
Menos enfrentamiento y más comunidad.
Menos indiferencia y más solidaridad.
Y necesitamos una política que vuelva a poner en el centro a las personas y no únicamente a las estrategias electorales.
COMO SACERDOTE, ESTA ES MI OPCIÓN
No voy a pedir el voto para ningún partido.
No quiero convertir el altar en una tribuna electoral.
Pero tampoco voy a renunciar a anunciar el Evangelio cuando sus exigencias tienen consecuencias sociales.
Mi opción es muy sencilla:
con Cristo y con las personas.
Con Cristo, que se hizo cercano a los últimos.
Con Cristo, que lavó los pies de sus discípulos.
Con Cristo, que proclamó la libertad de los cautivos y anunció la Buena Noticia a los pobres.
Con Cristo, que nos enseñó que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables.
Y con las personas, especialmente con quienes tienen menos.
Por eso me uno a la preocupación expresada por las Iglesias cristianas alemanas y a su llamada a defender la dignidad humana, la democracia, la solidaridad, la cohesión social y el Estado de Derecho.
Y hago también mía la advertencia sindical de que no bastan los cordones sanitarios si no somos capaces de solucionar las causas reales del malestar social.
Hay que defender los derechos humanos.
Pero también hay que construir una sociedad en la que nadie tenga que sentirse abandonado para que después venga alguien a ofrecerle un culpable.
Porque, al final, la pregunta que el Evangelio nos hará no será:
«¿De qué partido eras?»
La pregunta será mucho más sencilla y mucho más exigente:
«¿Qué hiciste por tu hermano?»
Y ante esa pregunta, ningún cristiano puede permanecer indiferente.
Luis Ángel Rodríguez Patiño, cura párroco de Xestoso (Monfero)- Cambás (Aranga)- Momán (Xermade) y labrada Guitiriz.

Rodríguez Patiño, Luis Ángel