Dedicado a quienes levantan la voz con firmeza y se niegan a asistir a la desaparición de especies
endémicas por la sistemática depredación que ejercen sobre ellas los gatos, animales que deberían estar
relegados, al igual que los perros, al entorno doméstico como animal de compañía controlado.
He tardado tres años en volver a tratar un tema candente, cargado de tanta hipocresía humana. No voy a dar de nuevo mi opinión, que no es otra que la existente en la comunidad científica.

Biólogos, zoólogos de todas las especialidades, etólogos reconocen unánimemente el daño irreparable que las comunidades de gatos criadas y alimentadas al aire libre, ejercen sobre las poblaciones de reptiles, aves, anfibios, peces y mamíferos pequeños en todo el planeta, haciendo hincapié en la nefasta incidencia que estas poblaciones incontroladas ejercen sobre la fauna local.
No quiero tratar en este artículo de esto, ni es mi deseo levantar polémica alguna con los furibundos animalistas que defienden a ultranza los gatos asilvestrados, los gatos fuera de las casas, sin defender lo más mínimo las especies sobre las que depredan y que están contrastados estos daños por miles de fotografías en Google y las redes sociales. A todo ellos les digo: señoras y señores, aunque a un felino lo alimentemos con pienso, el felino continúa matando por puro instinto natural.
Pero no va este artículo de las colonias felinas instaladas en las ciudades, en los barrios, al lado de nuestras casas. Estas colonias ya se han encargado de que nuestros lagartos canarios no se encuentren en ellas, como tampoco encontraremos perenquenes ni lisas. Tampoco aves. El silencio es una constante en muchas de ellas. Acaso escuchemos o veamos un mirlo, un palmero, una paloma o una tórtola turca pero no hay más. La biodiversidad ha desaparecido de la mayoría de las ciudades y la biomasa existente antaño, se queda ahora en testimonial.
Las aves, especialmente las especies endémicas, hace tiempo que son incapaces de nidificar en los parques públicos y sacar sus nidadas con éxito. En estos árboles, tan controlados por el ser humano que están sometidos a agresivas podas y aclarados de follaje y ramas, estas labores facilitan a los gatos acceder sin dificultad alguna a sus ramas y a los nidos.
A los sordos defensores de un felino tan dañino en libertad les digo que abran los ojos, que vayan a los parques y observen. Donde hay gatos han desaparecido otras especies, lo quieran reconocer o no.

Este artículo, sin embargo, va de algo más insensato y demoledor. Va de algo que me daña como persona sensibilizada con la biodiversidad, pues no me permite disfrutar de los ecosistemas sin la injerencia del felino que ya no es tan sociable en la naturaleza sino un puro cazador. Al vernos huye y se esconde a nuestro paso entre la vegetación existente. Este artículo va del daña provocado a los seres vivos que habitan dichos espacios, especies que jamás pensaron que la labor destructiva humana llegaría a afectarles en los espacios naturales donde el ser humano no habita y, por consiguiente, creían garantizados para vivir con tranquilidad, pero no es así.
Los comederos que ignorantes ailurófilos han desplegado por espacios naturales como barrancos, playas, conos volcánicos y espacios protegidos atrayendo a los gatos asilvestrados y propiciando su reprodución y el aumento de sus poblaciones al encontrarse ajenos a la obligatoria esterilazacion que sí se lleva a cabo, al parecer, en las colonias urbanas, está haciendo un daño terrible, no sólo en la isla sino en todos aquellos espacios donde algunos seres humanos acceden fácilmente y no quieren reconocer que con su acción dañan el equilibrio existente. Lo he visto en Tenerife, en Lanzarote, en Fuerteventura, en Mallorca, en Menorca
Hablamos de la injerencia con comederos en espacios naturales protegidos o espacios naturales sin figura alguna de protección pero con el mismo derecho su fauna a ser respetada.
Y así, las fotos que acompañan este artículo corresponden a comederos colocados a lo largo del cauce del barranco de Silva, del barranco de El Negro, en la entrada al yacimiento de Cuatro Puertas en Gran Canaria, en el Parque Natural de s´Albufera en Mallorca...
En el caso del yacimiento arqueológico de Jerez, en el barranco de Silva, he contabiliza uno de estos comederos, pero lo más grave es que desde la desembocadura del mismo, hay tres activos, todos con uno o dos recipientes como depósitos de comida y otros tantos para agua.
Pero esto mismo lo he observado en el barranco de Hoya del Pozo, en este caso tres comederos, el más importante con varios depósitos para la comida y varios para el agua bajo los tarajales que hay en la desembocadura. No es ninguna novedad que les diga que los lagartos de la zona han desaparecido y que en los tarajales ya no aniden chirreras, mosquitas ni otras especies de pequeñas aves.
En el barranco Real de Telde he encontrado cuatro de estos comederos, los primeros a la altura del puente de los Siete Ojos y los restantes camino de la desembocadura.
En el barranco del Calero en el cauce, cerca de zonas habitadas.
En la playa de Jinámar, justo en la parte trasera de la arena, al lado del paseo y al abrigo del bosquete de tarajales.
En la playa de Los Palos, en la arena de la playa del barranquillo de las Monjas.
¡Es de locos! Ya no es insensatez e ignorancia de los seres humanos que estos comederos mantienen y cuidan, es exterminio de cualquier bicho viviente que no sean los gatos. Es dejación de los servicios públicos porque todos estos nuevos lugares, que no son colonias reconocidas y por lo tanto son ilegales, deberían ser retirados y buscar a los culpables para incoarles ejemplares expedientes sancionadores, pues lejos de las casas, en espacios donde la fauna aún puede manifestarse libre y diversa, estas personas están llevando a cabo un exterminio sistématico de la fauna autóctona.
Pero nada de esto sucede. Los políticos no envían sus técnicos, sus servicios de vigilancia en clara referencia a estas actuaciones, son inexistentes. Nunca los veo en un barranco, un yacimiento o una playa poco concurrida. A fin de cuentas son lugares que nadie ve y por lo tanto si a ojos de la ciudadanía no existen, a los ojos de las autoridades tampoco. Es necesario unos conocimientos y una sensibilidad que no poseen.
Más de uno de ustedes se preguntarán ¿qué es eso de ailurófilos? Se trata de un término que a pesar de que aún no se encuentra registrado en el Diccionario de la Real Academia Española, es cuestión de tiempo que lo haga pues es un término utilizado con bastante frecuencia.
Se trata de una palabra compuesta por dos términos griegos: ailuro, cuyo significado es gato y philos que se traduce como amor, pasión, atracción hacia algo.
En el caso de los que llevan esta pasión por los gatos hasta el extremo de poner en riesgo las poblaciones salvajes de otras especies son verdaderos terroristas mediambientales. Personas sin escrúpulos que alientan el desequilibrio ecológico, personas dañinas que hurtan el patrimonio natural salvaje a todos los que sentimos la naturaleza en equilibrio, la respetamos y queremos que siga así, sin perniciosas injerencias del ser humano, disfrutándola y legándola a las generaciones venideras.
A las asociaciones, tanto políticas como ciudadanas, que defienden a ultranza cualquier gato abandonado, callejero, asilvestrado, poniendo el grito en el cielo si se realiza cualquier control sobre ellos más allá de la esterilización, pero que jamás han realizado una defensa similar por todas y cada una de sus víctimas les pregunto porqué no realizan una lucha similar en defensa de los millones de lubinas, doradas, salmones
, que pasan sus vidas apresadas y comprimidas en jaulas marinas, estresadas, enfermas, con muertes continuas consideradas muertes asumibles por el capital que las explota pues el beneficio económico siempre compensa. Para ellas, para la mejora de sus condiciones sanitarias e higiénicas, similar a las que deberían tener las granjas de gallinas, cochinos, vacas y cualquier animal dedicado a la explotación ganadera, ninguna alegación, ninguna defensa. Al parecer para algunas asociaciones de defensa de los animales hay animales a los que se les concede una protección absoluta y otros que los sitúan en el apartado de animales consumibles y, por lo tanto, carentes de una defensa seria y eficaz.
Pues bien, exijo a las autoridades la retirada de todos los comederos y bebederos de los espacios naturales donde no deben estar, donde está prohibido por ley como garantía de la biodiversidad existente y, sin embargo, continúa aumentando su número, según reconocen agentes del servicio de Medioambiente y científicos que realizan el control y seguimiento de la fauna en dichos espacios protegidos.
Cada vez es más difícil escuchar el canto de un pájaro en las zonas bajas de las islas, tanto por la urbanización masiva del litoral como por la locura de una parte de los ailurófilos de llevar comida y agua a los espacios que aún quedan sin urbanizar. Estimo que no es la más numerosa, pero sí la más dañina. Ailurófilos que, al parecer, tienen en su cabeza el objetivo de convertir las islas en territorios aptos únicamente para personas y gatos.
Preocupante noticia para unas islas Canarias, puntos calientes de la biodiversidad mundial, que ven como tal riqueza va mermándose y desapareciendo especies cada año.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Lector empedernido, escritor y educador ambiental.