Cuidar lo nuestro antes de que sea demasiado tarde
Vaamonde Rodríguez, Jacobo - martes, 08 de septiembre de 2026
No es la primera vez que comparto esta idea: cuando sales de tu tierra, descubres otra forma de hacer las cosas. Aunque en muchas ocasiones nos cansamos de los peregrinos o de los turistas (algo aparentemente normal cuando pasan por la puerta de tu casa 3.000 personas al día), no debemos olvidar que, gracias a ellos, pueblos como Melide o Palas de Rei sobreviven.
En el caso de Melide, una vez abierto el tramo restante de la Autovía A-54, es probable que nos demos cuenta de lo necesarios que son los peregrinos. Porque, a pesar de tener la suerte de contar con un comercio local activo y de ser punto de referencia para las poblaciones que lo rodean, contar con un flujo diario de cientos de personas que van a parar en el pueblo es una auténtica fortuna, una lotería que a pocos lugares les ha tocado.
Hoy hablo de los turistas porque me he dado cuenta de algo mientras viajaba hace unos días por el norte de España.
Cuando empecé a pasear por tierras de La Rioja y Navarra, descubrí algo que se puede extrapolar a muchos otros pequeños municipios españoles (y hablo de pueblos de apenas 3.000 habitantes): el profundo cuidado de las infraestructuras municipales y el afán por hacer de sus pueblos lugares bonitos y accesibles, tanto para los turistas como para sus vecinos.
No me he fijado en la existencia de grandes construcciones o infraestructuras, sino en lo más pequeño, en los detalles (que son los más visibles y los que hacen más sencilla la estancia).
Me ha llamado especialmente la atención cómo un pequeño pueblo situado a 40 km de Pamplona contaba con paneles informativos en cada edificio singular. Un simple cartel en cada lugar de interés, con su correspondiente código QR y explicación (en varios idiomas y en braille), junto a la numeración de cada lugar para incluirlo en una ruta de visita del pueblo, me ha bastado para comprender cómo los pequeños detalles marcan la diferencia.
Y también me ha servido para hacer una reflexión: cuando nuestro pueblo o ciudad se encuentra lleno de turistas gran parte del año, ya no nos preocupamos por cuidarlos. Sin embargo, esos pormenores son los que marcan la diferencia y convierten tu experiencia en un gran recuerdo.
Es una pena que la localidad en la que vives se recuerde únicamente por un producto como el pulpo y que, mientras tanto, pasen absolutamente desapercibidos elementos patrimoniales con tanta historia como un puente medieval en pleno Camino o vivencias tan importantes como una batalla contra los franceses que fue ganada por el pueblo melidense.
Puedo afirmar, porque lo he vivido desde cerca, que más de la mitad de los peregrinos que pasan por Melide no se enteran de que han caminado a pocos metros del cruceiro más antiguo de Galicia o de una portada de iglesia que se asemeja a la imagen del billete de 10 euros.
Y esto ocurre por motivos muy simples: el Camino pasa en paralelo a estos monumentos, pero entre una acera y otra transcurre la N-547, una vía de titularidad estatal con bastante actividad y cuyos vehículos pesados tapan nuestro patrimonio.
Si no destacamos las riquezas y atractivos de la localidad, tampoco podremos protestar por la masificación de ciertos lugares. Si no ofrecemos un itinerario de visita del pueblo o, simplemente, una infraestructura turística adecuada al trasiego de visitantes, difícilmente nos recordarán por nuestro patrimonio, y relegarán la historia centenaria de Melide a un producto que ni tan siquiera se produce en nuestra tierra.
Porque de nada vale una oficina turística si al salir de ella los visitantes tienen que usar Google Maps, guías digitales o, simplemente, preguntar a los vecinos para llegar y conocer la historia de nuestros monumentos.
De nada vale contar con el cruceiro más antiguo de Galicia si el aparcamiento a los dos lados de la carretera y el transcurso de camiones con remolques de grandes dimensiones lo ocultan.
Si en algún momento nos faltan los peregrinos, empezaremos a pensar en los errores cometidos y en la maravillosa oportunidad perdida.
Mientras esto no ocurre, debemos dar todo de nosotros para que recuerden Melide como una localidad hospitalaria, pero también con una enorme historia y cultura.
Ojalá nos demos cuenta de esto antes de que sea demasiado tarde.

Vaamonde Rodríguez, Jacobo
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