Como sacerdote de la Iglesia Católica, y antes que nada como cristiano, me preocupa profundamente lo que está sucediendo en Ceuta.
Y me preocupa también que, ante una situación tan grave, la voz de nuestra Iglesia no se escuche con toda la fuerza que debería.
No estoy pidiendo a los obispos que entren en una batalla partidista. Estoy pidiendo que entren en el Evangelio.

Porque el Evangelio no es neutral ante el sufrimiento, ante la violencia, ante el odio ni ante la dignidad pisoteada de cualquier ser humano.
Ya en las primeras páginas de la Biblia encontramos una pregunta que debería resonar hoy con enorme fuerza:
«¿Dónde está tu hermano?» (Génesis 4,9)
Dios se lo pregunta a Caín después de que haya matado a Abel.
No le pregunta de qué partido era Abel.
No le pregunta de dónde venía.
No le pregunta por su religión.
Le pregunta dónde está su hermano.
Y esa pregunta sigue siendo absolutamente actual:
¿Dónde está nuestro hermano cuando un inmigrante es golpeado?
¿Dónde está nuestro hermano cuando se insulta a quien intenta ayudar?
¿Dónde está nuestro hermano cuando se amenaza a voluntarios?
¿Dónde está nuestro hermano cuando se alimenta el odio contra quienes tienen otro color de piel o proceden de otro país?
¿Dónde está nuestro hermano cuando una tragedia humana se convierte en arma política?
La situación de Ceuta exige ley, seguridad, orden y control de las fronteras, por supuesto.
Pero para un cristiano exige también algo inseparable:
DIGNIDAD, HUMANIDAD, JUSTICIA Y PAZ.
La Iglesia no puede aceptar la violencia venga de donde venga.
Y tampoco puede aceptar que el miedo, la frustración o el legítimo malestar de los ciudadanos sean utilizados para sembrar odio contra todo un colectivo.
EL EVANGELIO NO NOS PERMITE MIRAR HACIA OTRO LADO
Jesús fue extraordinariamente claro:
«Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mateo 5,9).
Y también:
«Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis» (Mateo 25,35).
Y cuando alguien le preguntó quién era su prójimo, Jesús no respondió con una teoría política.
Contó la parábola del Buen Samaritano.
Por eso, ante Ceuta, la pregunta cristiana no puede ser solamente:
«¿De quién es la culpa?»
Tiene que ser también:
«¿Qué podemos hacer para que nadie sea víctima de la violencia, del odio, de la explotación o de la indiferencia?»
A NUESTROS OBISPOS Y A LA CONFERENCIA EPISCOPAL
Con todo respeto, pero también con toda claridad, les pido que levanten la voz.
No contra un partido político.
No a favor de otro.
A favor del Evangelio.
Que digan claramente que:
- ningún inmigrante puede ser víctima de violencia o agresiones;
- ningún ciudadano de Ceuta debe vivir con miedo;
- ningún voluntario que ayuda al necesitado debe ser amenazado;
- ningún periodista debe ser acosado por hacer su trabajo;
- ninguna persona puede ser deshumanizada por su origen;
- las fronteras deben ser gestionadas con seguridad, pero también con respeto a la ley, los derechos humanos y la dignidad de las personas;
- los menores necesitan protección especial;
- y nadie puede utilizar el sufrimiento de Ceuta para sembrar odio o conseguir réditos políticos.
La propia CEE ha reclamado que las respuestas a esta crisis se hagan desde la legalidad, respetando la dignidad de las personas y evitando la manipulación partidista. Ahora hace falta que ese mensaje llegue con mucha más fuerza a toda la sociedad.
Porque cuando la violencia aparece, la Iglesia no puede limitarse a observar.
Cuando crece el odio, la Iglesia tiene que hablar.
Cuando un ser humano es humillado, la Iglesia tiene que defender su dignidad.
Y cuando una sociedad corre el peligro de dividirse entre «nosotros» y «ellos», el Evangelio tiene que recordar que *todos somos hijos de Dios.
Y UNA ÚLTIMA PREGUNTA
A quienes somos Iglesia nos corresponde volver a escuchar aquella pregunta del Génesis:
«¿Dónde está tu hermano?»
Y quizá hoy Dios nos la esté haciendo a todos:
¿Dónde está tu hermano de Ceuta?
¿Dónde está tu hermano migrante?
¿Dónde está tu hermano que tiene miedo?
¿Dónde está tu hermano que sufre?
¿Dónde está tu hermano al que insultan?
¿Dónde está tu hermano al que golpean?
NO PODEMOS RESPONDER COMO CAÍN:
«¿ACASO SOY YO EL GUARDIÁN DE MI HERMANO?»
Sí.
SOMOS RESPONSABLES LOS UNOS DE LOS OTROS.
Y especialmente quienes anunciamos el Evangelio.
Por eso, como sacerdote, pido a nuestros obispos, a la Conferencia Episcopal Española y a toda la comunidad cristiana que alcen una voz profética, clara y contundente contra cualquier forma de violencia, racismo, xenofobia, odio o manipulación política.
CEUTA NECESITA SOLUCIONES.
LOS CEUTÍES NECESITAN PAZ.
LOS MIGRANTES NECESITAN DIGNIDAD.
Y TODOS NECESITAMOS ESCUCHAR DE NUEVO LA VOZ DE DIOS:
«¿DÓNDE ESTÁ TU HERMANO?»
Porque el silencio ante el sufrimiento nunca puede ser la última palabra de quienes seguimos a Jesucristo.