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La Compostela que se quiere

Alén, Pilar - martes, 01 de septiembre de 2026
Llegué siendo muy niña. Recuerdo el día del primer encuentro con una ciudad que siempre he considerado mía. No la elegí yo, pero estaba abocada a vivir en ella, en Compostela, sin ser consciente entonces de su singular e increíble historia. No la elegí yo, pero me atrapó. Cada vez que tuve que dejarla, sin poder evitarlo, la deseé en la lejanía. Y me emocionaba al recordarla. Y cuando volvía, de nuevo la sentía mía. ¿Qué tenía? Imposible describir la causa por la que entraba tan en sintonía con ella. Quizás era su mezcla de aire señorial, su refinada hidalguía, con toques de villa pueblerina. Y, por descontado su aura espiritual que no pasaba desapercibida bajo aromas de incienso, confundida entre gotas de suave y fresco rocío, salpicado sobre sinuosas hojas verdes y caprichosas sombras pétreas, mágicas y enigmáticas.

La alabaron escritores y poetas. La inmortalizaron trovadores e historiadores. La añoraron peregrinos y viajeros. Desde el medievo hasta esta era de tanto ajetreo. Ha sido lugar de un ir y venir de gentes, incluso un hervidero. Transitarla no siempre fue fácil, pero era llevadero. Más difícil en verano, más llevadero en invierno. Pero parece que poco queda del cantar de otro tiempo: «Paseeina, passeina /esa rúa do Villar, /passeeina passeeina, /e volvina a pasear». Afirman que ya es imposible hacerlo; menos todavía por esa bella arteria.

¿Qué pasa hoy en este lugar? Es objeto de comentarios, cabecera de noticieros. ¿Se ha evaporado la esencia y el hechizo de este santo altar? ¿Qué ha ocurrido en Compostela para que tanto de que hablar?

Su catedral, abierta de par en par, a todos ofrecía hospitalidad. Y poco más allá había buenos lugares donde mojar el pan. Vaya en este sentido otra cantiga que da cuenta de ello con un deje de cierta retranca gallega: «Santiagho é boa vila /da de comer a quen pasa /levando cartos na bolsa /pan de trigo haino na praza». Y una más que habla de su modernidad: «Santiago xa non é Santiago, /que é un segundo Madril, /que temos a praza nova, /tamén o ferrocarril».

Santiago, ¿qué te acontece?, ¿padeces algún mal? Si así fuere, pasajero o no, provocado o torpemente generado, este estado actual no puede eclipsar tantas venturas y virtudes que muchos no han dejado de resaltar. Sirvan como cierre estas atinadas palabras de G. Torrente Ballester de la Compostela "con ángel" que convendría mantener y preservar: «Preferible sería poner un mito detrás de cada nombre, mitificarlo todo, cerrar los ojos al pasado, olvidar los documentos y creer que Compostela ha nacido ahora mismo: recibirla con los ojos como un regalo de los ángeles; y si el contemplador es protestante y no cree en ángeles -de Compostela saldrá creyente-, entonces recibirla como un regalo de las hadas, si cree en ellas; y si no cree, como regalo de aquel Espíritu a quien se agarra su alma para no volverse loca. Sólo en el caso de que tampoco crea en el Espíritu, debe acudir a la Ciencia: pero entonces jamás entenderá a Compostela. // No lo olvidéis; sólo quienes conserven el poder de asombrarse, entren en la ciudad. Por el camino del asombro recibirán en sus ojos la revelación que Dios quiere enviarnos y que las piedras y los nombres proclaman claramente al que tenga ojos y sepa ver, al que oídos tenga y no los haya cerrado. Queda, sí, el camino de la erudición: poner a cada piedra una etiqueta, con un nombre y una fecha. Y señalar con precisión los estilos. Y dejar que el espíritu se mezca, en la contemplación de la arquitectura. Y otro camino, más lúcido, de las hermosas hipótesis y las hermosas teorías: de la sugestión y muy poéticas falsificaciones históricas. Pero el resultado nunca será Compostela» (1948).
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