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Mis pasos tras las tarabillas y los cormoranes

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 30 de agosto de 2026
Dedicado a mi cuñado y amigo, Sergio Placeres Rodríguez
con quien comparto sensaciones, emociones y vivencias por toda la geografía del alma.

Mis pasos tras las tarabillas y los cormoranes
Cuando escuché por primera vez la palabra tarabilla, no supe darle forma y volumen, era por decirlo de algún modo un término diminutivo de algo, pero ¿de qué? Bien saben que en estos casos es costumbre personal buscar ayuda en el diccionario de la Real Academia Española (RAE).
Y en él, más allá de su origen árabe -tarab significa música-, todas las acepciones registradas -siete en número-, ninguna hacía referencia al ave a quien voy a dedicar este artículo, un paseriforme muy bello cuyo canto es música para los oídos.
Sabía que en Fuerteventura habita una tarabilla endémica, cuyo nombre científico es Saxicola dacotiae. De pequeño tamaño y claro dimorfismo sexual -ante los llamativos colores de los machos que presentan librea negra en la cabeza, garganta de color blanco y pecho de color rojizo que va perdiéndose en el vientre y el resto del cuerpo que se torna en color parduzco, son estas tonalidades pardas, más bien grisáceas, las que dominan en las hembras a excepción del color blanquecino de su pecho y vientre-, es un ave territorial y sedentaria, con la triste consideración de una especie en peligro de extinción.
Pero mis contactos más directos con las tarabillas no sucedieron en Fuerteventura, sino en Palma de Mallorca donde la tarabilla presenta colores más vivos y es ligeramente de mayor tamaño. Se trata de la tarabilla común Saxicola torquata. Abundante en el espacio natural protegido de Es Carnatge, un espacio público adquirido por el municipio, a finales de los ochenta y principios de los noventa del pasado siglo, las tarabillas comunes son bastante frecuentes y es fácil verlas sobre un pequeño arbusto, en lo alto de una espigada herbácea o sobre los postes bajos de madera que, a modo de bolardos, delimitan del espacio a conservar. Y es que les gustan los espacios abiertos, matorrales bajos sin arboleda y gustan de colocarse en la copa de los arbustos.
Muy sedentarias, controlan sus dominios. Es habitual ver juntos al macho y a la hembra, incluso fuera de la época de cría que se inicia por el mes de marzo. Los ejemplares de tarabilla en Palma presentan una librea más llamativa. El pecho de color naranja oscuro es más amplio. En Fuerteventura, a esta ave que se alimenta principalmente de insectos, le gusta los terrenos pedregosos y los barrancos donde hay mucho matorral, así como las laderas con bastante inclinación. La razón no es otra que la abundancia de invertebrados en estos espacios y la existencia de multitud de lugares para construir y ubicar sus nidos.
Pero si inicio este artículo con las tarabillas es para llamar la atención sobre los últimos espacios del litoral teldense, relativamente libres del ser humano. Fue en el litoral de Palma, a donde acudo con cierta frecuencia, donde me percaté del cuidado que le procuran a los escasos espacios libres de su litoral, en la enorme bahía que se extiende ante la ciudad mallorquín.
Regularmente limpian los cauces de sus barrancos, pues las lluvias son más frecuentes, y las aves son una constante en su litoral todos los días del año. A primera hora de las mañanas otoñales e invernales, mientras la gente pasea, corre o se desplaza en bici por los espacios ciclables y peatonales, o hace deporte en las múltiples playas arenosas, las garzas reales escudriñan la desembocadura de los riachuelos junto a las garzas comunes, en las orillas mansas de la playa patrullan las arenas los vuelvepiedras, los chorlitejos chicos, los grandes y los patinegros, mientras en los parques que se asoman a las playas, las garcillas bueyeras buscan insectos en los extensos campos de césped y los mirlos macho, con sus picos amarillos y su librea negra, vuelan entre el arbolado con un sube y baja al suelo tras los saltamontes y otros insectos.
En las barreras rompeolas que defiende la arena de las playas, decenas de cormoranes se solean o realizan vuelos bajos. Se trata de cormoranes de la especie cormorán moñudo mediterráneo, Phalacrocorax aristotelis desmarestii.
Estas aves son residentes de siempre, eternos acompañantes del ser humano en estas costas mediterráneas donde su presencia se constata desde tiempos de los cartagineses y del imperio romano. ¡Vaya uno a saber cuánto tiempo atrás esta especie vivía y pescaba en las costas de Palma! Olvidamos a menudo que nuestra especie es una especie arribada tardíamente al mundo de los seres vivos que llevaba tiempo asentada en estos lugares donde actualmente nos hemos convertido en una dudosa y contradictoria especie dominante.
Lo cierto es que más de dos mil años atestiguan la presencia de poblaciones de cormoranes formando parte de la imagen habitual de los palmesanos.
Mis pasos tras las tarabillas y los cormoranes Me siento a observarlos. Sobre los riscos costeros o sobre los rompeolas de baja altura pero de eficiencia máxima a la hora de ejercer su labor de freno al oleaje, algunos cormoranes se encuentran en el proceso de secado con las alas extendidas, otros están escurriendo sus alas, recién surgidos de las profundidades marinas, más allá, algunos ya secos, gozan del placer que les proporciona el calor solar sobre sus cuerpos.
Recuerdo entonces que la población de esta especie de cormorán presente en las islas baleares supone la mitad de las parejas reproductoras asentadas en toda España y ésta que observo, la del litoral de Palma, es la más numerosa. Sonrío entonces y alabo el mimo y cuidado que la población y las autoridades otorgan a tan bella ave marina.
Observo ahora el espacio aéreo. En vuelo, a las gaviotas atlánticas se unen las de Andoain y las gaviotas reidoras.
Pienso que la existencia de un carril bici a lo largo de todo el litoral palmesano, y la limitación del tráfico a los residentes, reduce la contaminación sonora de un modo notable y a un tiempo la contaminación atmosférica.
Las aves se encuentran así integradas en un espacio abierto y saludable y los seres humanos visitantes y habituales del paseo marítimo disfrutan con sus vuelos acrobáticos, con su presencia, con sus depuradas y estudiadas técnicas de pesca, sus buceos, sus capturas en superficie, en suma disfrutan con una existencia que enriquece la biodiversidad del espacio y la felicidad de todos.
A menos de diez metros, en la desembocadura de la barranquera que hay en Ciudad Jardín entre dos playas de blancas arenas, un cormorán margulla en una lámina de agua de unos treinta centímetros. Es agua dulce, procedente de las recientes lluvias acaecidas en la sierra cercana. Una garceta grande sigue el periplo buceador del cormorán, con sus largas patas de coloración negruzca terminados en firmes dedos amarillos. Y el cormorán emerge y se sumerge de nuevo. Nunca aparece por el mismo sitio sino por uno indefinido, sitado a unos dos metros, tres hasta diez metros de distancia. Y ahí surge de nuevo la figura del ave buceadora. La garceta grande va tras ellam con sus zancudas patas apurando el paso. Y sucede esta curiosa persecuación, hasta la zona donde las aguas dulces se unen y mezclan con las saladas. Y es aquí donde surge de nuevo el cormorán y la garza grande la acosa sin atacarla, sin amenazarla, sólo con su pertinaz persecución.
Un chapoteo breve y el cormorán entra con un buceo más largo y prolongado en su líquido elemento, el mar. La garceta se queda observándola. Allí, en el agua salada, sabe la garceta qur no es querencia suya, le basta con el agua dulce y dándose la vuelta regresa para seguir patrullando el riachuelo en busca de pequeños animalillos e insectos que el agua trae.
Estas observaciones, al igual que las de las tarabillas, dan vida a los seres humanos que las comparten. Son momentos de sosiego y placer que acompañan el discurrir vital de las personas. Hay armonía en la naturaleza, en la observación sosegada, en el peculiar silencio de la vida pues las melodías que le acompañan son regalos del equilibrio natural, convirtiéndose en silencios orquestados.
Regreso a mi corazón teldense, pues sé que no son muchos los espacios costeros no habitados, pues innegable es que la presión sobre el territorio insular es enorme y constante. Ante esta realidad, es entonces cuando uno considera la importancia de proteger a ultranza los últimos territorios que se mantienen libres de cemento. Son espacios muy transitados, por senderistas, ciclistas y pescadores, pero su huella no es comparable al uso urbano del territorio..
Es posible que se encuentren deteriorados por un uso incorrecto, pero son usos que consideramos inadecuados por carecer de una gestión eficaz, carecer de una protección capaz de recuperar parte de su riqueza pero, si respetamos y protegemos dichos espacios, la recuperación llega más temprano que tarde, sólo es cuestion de planes específicos, firme decisión en su protección y control en las acciones e intervenciones humanas.
El municipio de Telde goza de un interesante espacio en la desembocadura del barranco de Jinámar, límite municipal. Un espacio que da continuidad al litoral capitalino donde se encuentra y protege en la peña Medio Mundo, la Lotus kunkelii, hermosa y singular planta endémica, con una peculiar floración de color amarillo azafranado.
Esta franja teldense se prolonga hasta la desembocadura del barranco Real donde un hermoso saladar y un bosquete de tarajales nos revela que la naturaleza en esta zona del cauce se encuentra en un proceso de regeneración botánica.
Pasado el barranco Real, desaparece cualquier vestigio de naturaleza virgen como consecuencia de un desarrollo urbanístico que lo ha ocupado todo, sáltandose la actual legislación vigente de protección del litoral costero -legislación que no pongo en duda es moldeable cuando se trata de un gran hotel o urbanizaciones de lujo-, pero permisible en los años cincuenta, sesenta en que se fabricaron, con viviendas que ocupan la costa hasta el borde mismo de los acantilados. Las núcleos residenciales de La Estrella, La Garita, Playa del Hombre, Taliarte, Melenara, Clavelinas y Salinetas se convierten así en una línea continua de costa urbanizada. En esta franja, más allá de pequeños espacios libres que permiten más el ajardinamiento propio de un parterre que el correspondiente a un parque o zona verde, poco podemos hacer. Si acaso el espacio libre del Rincón del Castellano donde se conservan aún ejemplares aislados de piña de mar (Atractylis preauxiana), es el ejemplo de una posible, que no probable, intervención botánica.
Gratifica la existencia de un Paseo litoral que da vida a residentes y visitantes, pero no deja de ser un espacio ocupado con cemento hasta el mismo borde del litoral, encorsetando la franja costera de riscos, bufaderos y playas.
Tras pasar el barranco de Silva se abre una franja de territorio sobre acantilados que se extiende hasta el núcleo urbano de Ojos de Garza. Aquí el paisaje y la vida sobreviven peor que mejor en pequeños ecosistemas que debemos proteger a ultranza.
Son necesarios los relictuales vestigios botánicos que se observan en la desembocadura del barranco Hondo de El Goro, como lo son la vegetación asentada sobre las residuales dunas fósiles de Tufia y Ojos de Garza.
No podemos permitir la ocupación de un metro cuadrado más de este suelo si no queremos arruinar lo poco que queda de la costa teldense. La calidad de vida que proporcionan estos espacios libres de viviendas e industrias es esencial, tanto para nosotros como para futuras generaciones.
Es innegable la presión que existe sobre estos espacios de litoral. Palma sufre la misma presión y sus avenidas, viviendas y muelles deportivos se suceden uno tras otro, ocupando gran parte de su costa, convirtiendo su estado primigenio en un océano actual de hoteles, viviendas de lujo, velas, yates y cruceros.
Pero también es cierto que más allá de Ciudad Jardín, en los arenales que se suceden en dirección al aeropuerto, la naturaleza recupera su lugar y las especies botánicas y faunísticas que antaño poblaban todo este litoral, son los protagonistas actuales en la historia viva de estos parajes.
Es aquí donde pasé horas observando las tarabillas. Es en esta zona donde se habilitaron pequeñas playas para mascotas. No considero esta propuesta muy acertada, pero la presión de la población capitalina y de los amigos de los perros es enorme. Es aquí donde el firme del Paseo aún es invadido por las arenas que forman dunas y que dan nombre y carta de presentación a este arenal y al espacio protegido de Es Carnatge.
Hay encomiables esfuerzos por parte del equipo de seguimiento del espacio natural identificado como Sitio de Interés Científico de Tufia para preservarlo y aunque antiestéticas sean las vallas protectoras, los escasos ejemplares de la población de piña de mar (Atractylis preauxiana) se encuentra más protegida.
Es deseable que este esfuerzo se aplique al resto del litoral teldense aún recuperable. No exigimos gran cosa: respeto, protección, limpieza y mejora de los espacios que debemos proteger.

José Manuel Espiño Meilán, senderista, escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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