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La cañada del Goro y la cañada de la Sargenta

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 23 de agosto de 2026
Dedicado a los pastores y agricultores que con su quehacer diario han modelado
este paisaje durante décadas, viviéndolo y transformándolo.

Intento no olvidarme de aquellas secciones divulgativas que en su día me permitieron acercarles pequeños barrancos, barranquillos y cañadas que salpican la orografía teldense.
La cañada del Goro y la cañada de la Sargenta Por tal razón, junto a modestas y personales reflexiones sobre escritoras y escritores Nobeles, de realizar la defensa a través de la palabra de nuestras costas denunciando la contaminación de las mismas y señalando a quienes son partícipes de tal degradación por falta de planes específicos de actuación en defensa del océano o por incumplimiento de su función como representantes públicos, demandando que la tolerancia con los infractores sea cero, rechazando la omisión del deber, la falta de vigilancia necesaria y criticando la desidia institucional, de acercarles lugares únicos, espacios escondidos unos y más populares otros donde la vida natural palpita, recupero con este artículo la Serie de barrancos olvidados.
Se trata, como en su día comentamos, de pequeños barranquillos y cañadas tributarias de barrancos con mayor entidad y que no por su breve recorrido o escasa profundidad carecen de interés, bien al contrario nos sorprenden a veces con la existencia de elementos etnográficos, formaciones vegetales y refugios faunísticos dignos de consideración aunque también, debido a su ostracismo y escasa visibilidad se han convertido muchas veces en lugares idóneos para aquellos desaprensivos que aprovechando viejas pistas rodadas, pistas por donde se sacaban los productos hortofrutícolas cuando estos llanos estaban cultivados, llegan con sus vehículos, comprueban que no hay nadie a la vista y vacían el contenido del mismo, convirtiendo estos espacios en escombreras o en depósito y cementerio de animales muertos: cabras, ovejas y perros principalmente, arruinando la belleza natural de los mismos.
Las cañadas del Goro y de la Sargenta nos permiten discurrir por un amplio espacio llano, identificado con criterio lógico como Los Llanos de El Goro.
Para situarles estamos hablando, dentro de la red hidrográfica del barranco de Silva, de la última afluencia que alimenta dicho barranco por su vertiente derecha -siempre los barrancos los direcciono de cumbre a costa-, próximo ya el puente que salva el barranco de Silva para dar continiidad a la GC-1.
Comencemos pues con la cañada del Goro, de recorrido más corto y por consiguiente menos profundo su curso.
Es su nacimiento un desgarrador grito al abandono y a la negligencia. Las fotos que acompañan lo muestran con claridad. Sólo se necesita una vieja, polvorienta y pedregosa pista de tierra para que los restos de invernaderos de los cultivos que hubo, escombros varios y cadáveres y osamentas de cabras y perros sean depositadas sin control ni remordimiento alguno sobre su incipiente cauce.
Y este nacimiento surge de pequeñas barranqueras que se forman en el llano encalichado. Incipientes aún, no presentan vegetación más allá de una extensa cubierta de barrilla que ahora, en verano, cruje bajo mis pies al cruzarla pues cientos de pequeños depósitos de agua estallan bajo la suela de las botas de montaña. La sensación es la de un suelo mullido, cubierta efímera que se agostará antes de culminar el verano, pero fructífera pues cientos de miles de semillas de color negruzco quedarán esparcidas sobre la tierra a la espera de las lluvias, otoñales o invernales.
Unos metros más abajo, donde aún las ocasionales aguas de arrollada desperdigan por el cauce la rafia y los plásticos de los depósitos de basuras arriba situados, las incipientes laderas se visten de vida y espinos de mar, aulagas, veroles, inciensos, azaigos de risco, cornicales, balos, tabaibas dulces y amargas crecen dispersas, definiendo con su presencia el discurrir del cauce en medio de la aridez extrema.
La cañada del Goro y la cañada de la Sargenta Aún tienen poca altura las laderas y escasa profundidad el cauce y así se observa como el llano que se extiende a nuestra derecha, al que le he dedicado un reciente artículo y bautizado como desierto blanco, es un terreno de caliche muy bien conservado. A mi izquierda, aunque bajo el suelo existente se oculta una superficie encalichada, las sorribas han permitido cultivar estos terrenos que se extienden hasta la cañada de La Sargenta. Hay muchos vestigios que nos recuerdan su pasado como tierra cultivada. (ver foto adjunta).
En esta tierra, antaño en producción agrícola, desprovista ahora de vegetación a excepción de alguna planta dispersa cuya presencia supone una esperanza de futuro, el agua y su labor erosiva arrastra la tierra dejando al descubierto el caliche. Y es en estas pequeñas cárcavas donde descubrimos que el horizonte térreo nunca tuvo más de diez, acaso quince centímetros de suelo fértil. Son pequeñas barranqueras que se forman en el llano y que desaguan en la cañada del Goro. Su recorrido es breve y su profundidad, apenas alcanza los quince o veinte centímetros, justo hasta encontrar la capa impermeable de caliza que impide profundizar a las aguas de arrollada.
Es difícil creer que estos llanos fueran cultivados en el pasado pero lo cierto es que tanto estos llanos como los de Lomo Gordo mantienen en ruinoso estado sus canalizaciones de antaño y aún se observan estanques de regular tamaño y superficie cuadrangular unos, circular otros, que nos revelan un pasado de riqueza agrícola y feraces tierras.
Huele a marrubio la cañada y justo en la confluencia con la cañada de La Sargenta sus salutíferos efluvios se unen a los propios de los tomillos salvajes.
Más entidad tiene esta cañada y un poco más largo es su recorrido, pero antes de describirla, justo aquí, en el encuentro de las dos cañadas nos sorprende la existencia de un pozo o abrevadero de ganado, amplio, circular y con una altura variable entre un metro en la parte más próxima al cauce y dos metros en la parte de la ladera y por lógica, más alta. En el interior de este estanque, seco en esta época estival, un par de ejemplares de balo que, amparados por sus paredes y receptor privilegiado de las ocasionales lluvias invernales, se encuentran muy desarrollados cubriendo sus copas el brocal del estanque.
Es curioso el topónimo que registra la cartografía de GRAFCAN: “Fuente de las perdices”, justo en la confluencia de ambas cañadas, para identificar este lugar justo antes de incorporarse en cauce único al barranco de Silva.
Arriba se inicia la urbanización industrial del Goro, extendiéndose en una buena parte por estos Llanos. Una urbanización que sepultó la cabecera y el nacimiento del barranco Hondo, un barranco que discurre pasada la autovía GC-1 hasta desembocar en la costa teldense, pero que ha perdido una buena parte de su cauce. Como barranco olvidado ya le he dedicado su artículo correspondiente hace muchos meses, tal vez un año, puede que dos, pero si es de su interés encontrar información sobre su estado, en la sección “VER TODO” al final de este artículo, le llevará a un historial completo de todos mis artículos publicados en GALICIA DIGITAL .
Puedo garantizarles que de las veces que he transitado la zona de estas cañadas, procedentes de los llanos siempre he escuchado los cantos de las perdices y es muy posible que esa sea la razón del topónimo.
Si quisiéramos abandonar el cauce de la cañada del Goro, una senda muy definida, por el uso y frecuencia en el paso de corredores de montaña y de travesías largas, asciende en busca de la urbanización industrial del Goro. Esta senda permite observar mejor la vegetación de esta ladera de umbría y así encontramos buenos ejemplares de balos, tabaibas, salvias, verodes, azaigos de risco, espinos de mar, tabaibas dulces, tabaibas amargas, salados verdes..
La ladera de solana, en cambio, está cubierta por un manto impenetrable y monoespecífico de tunera india. Observándola, esta planta nos habla por sí sola del poder transformador que del territorio tienen las plantas invasoras.
La cañada de la Sargenta tiene su nacimiento en media docena de pequeñas cárcavas surgida en los Llanos de Lomo Gordo, algunas de muy reciente formación.
Discurre entre terrenos antaño cultivados y hoy sometidos a severos procesos erosivos. Algún atrevido balo y alguna tabaiba dulce prosperan en estos llanos yermos, también se atreven los balos enraizando en pleno cauce en una pizca de suelo atrapado entre rocas lavadas. El agua quiere arrastrarlos pero sus raíces son profundas y sus flexibles tallos se doblegan a su fuerza de tal modo que se torna imposible desennraizarlos. También en su cauce encontramos restos de esporádicos vertidos incontrolados.
En su flora, similar a la otra cañada, destaca la mayor presencia de balos. Es interesante constatar como sus potentes raíces resquebrajan la roca, disgregándola, ayudándole en tal labor el agua. Múltiples barranqueras se observan en ambas laderas siendo canalillos por los que discurren las tierras hacia el cauce de esta cañada. Esta pérdida de suelo produce una especie de descarnamiento de tal modo que en muchas partes del mismo se observa ya el sustrato rocoso que algún día estuvo sepultado.
Es esta una cañada de escasa profundidad pues se abre en forma de valle desde su nacimiento, manteniéndose así hasta cerca de la confluencia con la cañada del Goro.
En su parte más alta, las tierras de erosión cubrieron el cauce por completo, dotándole de una capa idónea para ser colonizada. Y precisamente eso fue lo que hicieron las tuneras indias procedentes de la ladera. La cubierta de cactáceas es tal que hace impracticable el caminar por dicho cauce, obligando a bordearlo por las laderas si queremos proseguir la marcha por esta cañada.
Es entonces cuando no nos sorprende ver la tunera india como planta monoespecífica cubriendo la mayor parte de la ladera de solana de esta cañada.
Tanto los llanos de El Goro como los de Lomo Gordo y las cañadas que se encuentran en ellos son zonas de adiestramiento de perros. Múltiples carteles así lo anuncian. Estos terrenos fueron despedregados en su día, de ahí la presencia de montículos de piedras próximos al cauce -la zona menos aprovechable como suelo agrícola-. Son montículos alargados, paralelos al cauce, pero aún así, el abandono de estos terrenos hace que sigan llenos de piedras negras los llanos. Piedras negras en origen cuya oxidación fue apagando su color hasta volverlo terroso, un ocre de tonalidad indefinida. Es curioso el peculiar contraste: piedras negras sobre el fondo blanco de un suelo encalichado.
Restos de viviendas o refugios de pastor o agricultor se observan al borde de estas cañadas. Poca superficie ocupan. Acaso seis metros cuadrados, alguna ocho o diez. Sin cubierta todas ellas y con paredes desvencijadas, su grosor es notable, entre medio metro y un metro. Aún se mantiene en algunas de ellas la fortaleza de la cal en los viejos muros encalados por su interior.
No podían faltar los escombros dispersos por el cauce. Entiendo el porqué de pequeños restos de cerámicas y sanitarios en el cauce, pues existe un vertedero que sepulta el cauce hasta crear una pared artificiosa de desechos de contrucción y reformas que puede tener entre dos y cuatro metros. También observo un vertido ilegal de uralita en la parte alta de la cañada de La Sargenta y ahí sigue, descomponiéndose, sin autoridades que lo sepan y sin tratamiento que lo recicle.
Tras el encuentro de ambos cauces las aguas de arrollada han forjado cuatro caideros de mediano tamaño que se salvan gracias a una senda que discurre por la ladera izquierda. Desde ella, con el cuidado que supone caminar junto a tuneras indias, observamos la ladera derecha y en esta confluencia de las cañadas con el barranco de Silva, un tabaibal dulce prospera en la ladera, a excepción de la parte alta de la misma donde escombros y restos varios, fueron y son vertidos desde la acera y la calle que cierra la zona industrial y que supone un fácil acceso a los incívicos que destrozan el patrimonio natural de todos con las basuras que deberían ellos gestionar. Al sepultar parte del tabaibal, la imagen observada indigna.
Con el atardecer, abandono las cañadas en busca del desierto blanco. Es hora de retirarse. A mi paso levantan el vuelo dos alcaravanes. Sus chillidos de alerta revelan que no esperaban ser humano alguno por estos llanos.

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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