Mensaje del obispo de Mondoñedo-Ferrol con motivo del episodio migratorio de Ceuta
Ante el drama humanitario que hemos vivido estos días en Ceuta, algunos medios de comunicación me han preguntado cómo me he sentido y qué he pensado al ver las imágenes que a todos nos han sorprendido.

Confieso que me han dolido y me han conmovido, a la vez que me han preocupado.
Sin duda, hemos asistido a una auténtica tragedia humanitaria. En primer lugar, me duelen las vidas humanas segadas. No sé si un día sabremos el número real de los que han fallecido: pero no serán un mero número, son personas concretas que han muerto en la esperanza de un mundo mejor. Se suman a los cientos de miles de personas que fallecen diariamente en las diferentes rutas migratorias que existen en todo el mundo y a los que cubrimos con nuestra indiferencia. Pienso en sus familias y en sus historias truncadas. La fotografía de un cementerio de frontera con nichos en los que solo aparecen números es deshumanizadora. Esos muertos nos tienen que doler como propios.
Migrants try to cross from Morocco into the Spanish enclave of Ceuta, Thursday, July 30, 2026. (AP Photo/Antonio Sempere) (Migrants try to cross from Morocco into the Spanish enclave of Ceuta, Thursday, July 30, 2026. (AP Photo/Antonio Sempere), ASCII
Junto a ello, me duele la utilización e instrumentalización que se ha hecho de todas las personas que cruzaron la frontera, especialmente de los pobres y personas vulnerables con los que es fácil jugar y utilizar. Entre ellos, perfiles tan distintos y con significado tan diverso, como nos señalan los que están en el terreno. Me parece triste que, en la búsqueda de juegos de poder y de oscura política, de movimientos geopolíticos que utilizan la biopolítica, se haya jugado con cientos de miles de personas concretas que, en su desesperación, han escuchado cantos de sirena y se han enfrentado a frustraciones, sufrimiento y muerte. También aquí podemos decir que, no solo esta economía mata sino que también esta política mata.
A mi mente han venido las palabras del papa León en Canarias cuando invitaba, con tono firme y profético a los que así actúan, a detenerse y convertirse. Por eso, me parece tan interesante la invitación que el papa nos hace a custodiar la dignidad humana tan amenazada en esta nueva etapa de la historia. Así nos lo propone en la encíclica Magnífica Humanitas. Como también recordó el papa Juan Pablo II, quizás esta es hoy una tarea de la Iglesia de primer orden como servicio a la humanidad: desvelar, proteger y defender la dignidad de todo ser humano.
Me duele igualmente el miedo con el que han vivido estos días los habitantes de Ceuta, también utilizados, que se han visto desprotegidos y vulnerados en sus espacios vitales. Ellos han de sentir mejor la protección del Estado y la solidaridad del resto de comunidades. Junto a ello, no puedo obviar el agradecimiento por ser una sociedad integrada e integradora que ha sabido gestionar positivamente esta situación tan compleja.
No obstante, tras la tormenta, me preocupan las consecuencias. Especialmente la situación de los inmigrantes que han quedado en Ceuta, sobre todo los menores. Se trata de una ciudad pequeña, sobrepasada ante este reto. El respeto a la dignidad humana y el interés superior del menor, de acuerdo al marco jurídico, tienen que prevalecer y han de ser reivindicados. Se ha de cumplir la legalidad. Por eso, se presenta ante nosotros, ante el resto de tierras de esta única piel de toro, un enorme reto que, como país, tenemos que afrontar unidos: ser capaces de acompañar a estos menores en su proceso de integración y capacitación en nuestro país.
Y también me preocupan las consecuencias sociales y culturales que este hecho pueda tener en el relato sobre la migración y en los vínculos necesarios para crear una sociedad integradora. Hay interés político y electoralista. Los discursos no son inocuos y hemos presenciado muchos relatos interesados que pueden generar miedo y rechazo, enfrentamiento y división. La cuestión migratoria, como fenómeno estructural de nuestro tiempo, hemos de saberla gestionar muy unidos, alejándonos de posiciones ideológicas y de emociones y poniendo mucha razón y, los cristianos, mucha fe. La razón y la fe nos dan un nuevo horizonte y perspectiva que no hemos de perder si queremos vivir este fenómeno de una manera humana.
La Iglesia nos recuerda que, ante el reto migratorio no bastan respuestas simples, parciales ni unilaterales. Es urgente una buena gobernanza que articule y ayude a conjugar diferentes principios que están presentes en este fenómeno de la movilidad humana: el derecho a migrar, el derecho a no migrar, el derecho de todo país al control de sus fronteras. Y todo con un objetivo: cuidar de toda la persona y de todas las personas buscando su integración en nuestra sociedad.
+ Fernando, obispo de Mondoñedo-Ferrol