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Fijos los ojos en el cielo, nos hacemos evangelio para los pobres.

Agrelo, Santiago - sábado, 15 de agosto de 2026
Con la palabra «Ascensión» nombramos el misterio de la exaltación-glorificación de Cristo nuestro Señor; y con la palabra «Asunción» nos referimos al misterio de la exaltación-glorificación que, por Cristo y en Cristo, se ha cumplido ya en la Virgen María, y se ha de cumplir un día en el cuerpo de Cristo: en la Iglesia.

Dichosa tú, Virgen María que, por la fe, recibiste en tu casa, en tu pobreza, en tu fragilidad de desposada, en la virginidad escandalosa de tu seno, al Hijo de Dios.

Lo acogiste, sin arredrarte ante la infamia del adulterio y la amenaza legal de la muerte.
Lo acogiste, porque, en su nombre, alguien te pidió que lo acogieras… y fuiste para un Mesías pobre, para un Dios de burlas, el vientre que lo llevó, y los pechos que lo criaron…

Y hoy, "envuelta en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas", hoy eres recibida en la gloria de tu Hijo.

Dichosa tú, Iglesia de Cristo, que, en todo tiempo, escuchas con fe la palabra de Dios y, por el Espíritu, te haces una con Cristo para ofrecerte con él en la eucaristía, para ser, como él, evangelio de los pobres.

Dichosa tú, que, en el hambriento, en el sediento, en el inmigrante pobre, en el arrojado al borde del camino, reconoces tu propia carne, te compadeces de tu hermano, cuidas de Dios…
Dichosa tú, Iglesia de Cristo, que te llamas esperanza, misericordia, compasión, pan, agua, vestido, abrazo, sacramento de la cercanía de Dios a la vida de los pobres…

Dichosa tú, porque un día, bendecida por el Padre, serás acogida por tu Señor en el reino preparado para ti desde la creación del mundo.

"¡Qué pregón tan glorioso para ti, María! ¡Qué pregón tan glorioso para ti, Iglesia de Cristo! Hoy has sido elevada por encima de los ángeles, y con Cristo triunfas para siempre".

En ti, Virgen María, se nos concede contemplar alcanzada la inmortalidad de la que, en la Eucaristía de la comunidad eclesial, recibimos la divina medicina. Tuya es ya la gloria, de la que, para nosotros, es prenda el Cuerpo de Cristo que hoy comulgamos.

Comulgar medicina y prenda, vivir en esperanza, amar, agradecer…

Caminar, fijos los ojos en un cielo que se ha quedado sin fronteras, en un paraíso cuyas puertas, cerradas un día al hombre, se han vuelto a abrir para todos…

Comulgar y caminar como la Virgen María, la más pequeña entre los humildes, la más de todos entre los necesitados, la más de Dios entre los hombres.

Enséñanos, Madre, a hermosear la tierra con nuestro «hágase» a la palabra de Dios, a la comunión con Cristo Jesús, a la acción del Espíritu de Dios en nuestra vida, al evangelio que hemos de ser para los pobres, a la esperanza que nos ha de guiar hasta el cielo.

(Fr. Santiago Agrelo es Arzobispo emérito de Tánger)
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