Dedicado a mi buen amigo y compañero de rutas jacobeas, Carlos Placeres Rodríguez
quien hace muchos años se enamoró de este paraíso mediterráneo.

Frente a mí la catedral de Palma. No la estoy observando desde la calle del Mirador o desde la plaza de la Seu, formando parte de un grupo de turistas o paseando en un coche de caballos. La disfruto desde un balcón privilegiado que se asoma a la bahía sobre la avenida de Gabriel Roca, justo sobre la extensa marina donde encuentran abrigo centenares de yates.
El balcón forma parte de una urbanización de viviendas privilegiadas. Bajo el balcón, situado en una de las plantas más altas del edificio, se extiende una especie de bosque tropical donde los árboles predominantes son palmeras de diferentes especies. Otros árboles más bajos y follaje mas denso facilitan sombra a varios espacios cespitosos que bordean una sinuosa y enorme piscina.
No falta nada en esta lámina de agua. Unidas por una progresiva profundidad a la piscina de adultos sucede una de niños pequeños, un cubículo aparte con forma de cilindro y muy poca altura donde es prácticamente imposible que se produzca un ahogamiento. Las diferentes profundidades de la grande permiten una especie de circuito saludable, válido para todas las personas sepan nadar o no, alrededor de una isla con una palmera central. A su alrededor un área de césped oferta un privilegiado solarium. La palmera que luce la isla en su centro es una palmera canaria.
Leer forma parte de la panacea de vida de muchas personas. Cada una de ellas confiesa el placer inmenso que siente con la lectura de un libro, tranquila, en lugares muy concretos que varían sin embargo con el gusto y el estado de ánimo de cada uno de los lectores. Entiendo su necesidad de leer con la misma intensidad que uno siente a la hora de respirar. Para algunos de estos lectores, la escritura es el complemento a una vida plena. Yo comparto ambas aficiones, aunque tal disfrute para mí va mucho más allá de una intensa emoción convirtiéndose, lo quiera o no, en valiosa razón que justifica el hecho de vivir.
Y aquí, Palma es lugar de palmas, y palmito se llama a una especie de palmera con hojas en forma de abanico (Chamaerops humilis) que observo y disfruto con su presencia en los acantilados y montes de la isla. Son abundante en la serranía de la Tramontana y en aquellos espacios naturales donde las especies endémicas prosperan orgullosas en sus territorios de siempre. En algunos letreros, además de palmito, reciben el nombre de palmeras enanas por su relativa baja altura.
Las palmas que observamos en los jardines y avenidas de Palma de Mallorca, capital de la isla, son palmeras de diversa procedencia. Es Palma, en este sentido, un cuidado jardín de palmeras donde sobresalen por su altura las palmeras de abanico, tanto la washingtonia robusta como la filifera y las palmeras datileras, por su corpulencia otras, como las palmera cubanas. Hay palmeras de coco o cocoteros y destacan, cierto que esta valoración peca de subjetividad, por su extraordinaria robustez y belleza las palmeras canarias.
Y hay dragos centenarios en los jardines de la Lonja de Palma, cuidados y conservados con el mimo que se le procura a esta especie tan valiosa como longeva.

Y yo sigo en el balcón observando la bahía que se abre justo frente a mí. Abandonando visualmente el jardin tropical y las piscinas, el verdor de los arcenes y aceras de la avenida que da entrada y salida a la ciudad nos secuestra la visión del asfalto pues la copa de sus árboles la disumula hasta ocultarla. Una valiosa vegetación que mitiga los efectos acústicos del tráfico, atenuándolos hasta convertirlos en un apagado rum-rum acoplado al sonido de los motores de los yates que entran y salen en esta concurrida bahía.
Al fondo, el mar Mediterráneo se revela azul. Vuelan gaviotas patiamarillas y pescan buceando cormoranes moñudos, aves nidificantes en el litoral del Passeig Marítim. Suenan las bocinas de los cruceros cuando entran y salen de la isla.
Buen viaje barquito, ¡vuelve pronto! -escucho junto a mí la vocecilla del pequeño Sergio, un niño a punto de cumplir tres años, acostumbrado ya a la entrada y salida de cruceros mediterráneos y atlánticos.
Y observo el azul cristalino del agua. Un agua que apenas rasgan su transparencia las imperceptibles ondas de un mar que se me antoja quieto pero que es un puro espejismo pues en verdad se encuentre en un lento y perpetuo movimiento.
Observo ahora la estela que deja en el agua una piragua y multitud de recuerdos acuden a mi mente. Desde niño recuerdo la ilusión de ser piragüista. Recuerdo mi cara de asombro al verlas pasar entre los arcos del puente romano, en silencio, veloces, cortando el agua, sin más impulso que el que le daba el piragüista con cada palada. Hubiera deseado formar parte de un club de competición en mis tiempos de adolescente y competir en ríos gallegos y asturianos. Una de tantas ilusiones de niño que, circunstancias de la vida, jamás pude ver realizada. Eran tiempos de Ramos Misioné, el piragüista lucense que participó en tres Juegos Olímpocos y consiguió alzarse con la plata en K-4 en al año 1976. ¡Cincuenta años hace ya de tan inconcebible odisea, si tenemos en cuenta que el apoyo al piragüismo en España era nulo, como lo era en general a casi todos los deportes!
Tal vez fuera aquel sueño incumplido la la razón de adquirir tres piraguas en mi vida adulta y la de realizar con una de ellas, una piragüa inglesa idónea tanto para realizar el descenso de rápidos y ríos como maniobrar en mares con fuerte oleaje, la circunvalación a la isla de Gran Canaria.
Sonrío. Busco en el mueble de salón donde mi hijo guarda sus libros de lectura y publicaciones varias. Dos estantes del mismo están dedicados a cuentos infantiles, adecuados a la edad del más pequeño de la familia. A su lado, se encuentra otro con todos mis libros publicados. No me cuesta mucho encontrar el que busco, lo extraigo con cuidado y lo sostengo en mis manos. Su título comienza con una voz inuit: Ka i ak: una isla, una piragua y unas botas de montaña.
En este preciso instante no es mi deseo abrir el libro, me basta con observar las fotografías de la portada y contraportada, obra de mi estimado amigo Ildefonso Rodríguez, para identificar la costa de Bañaderos y la costa teldense del océano canario. Porque canario es el Atlántico que baña la costa grancanaria y canario es el océano que paleo en mi encuentro con el Gran Azul.
Me gusta madrugar. Siempre he sentido una atracción especial por asistir a los amaneceres en aquellos lugares donde se observa el mar. Aquí, en esta terraza mirador, en este ojo de buey abierto en tierra, me siento cómodo antes de finalizar la noche para asistir cada día al espectáculo de un nuevo amanecer. La mente relajada tras el descanso nocturno, la mirada puesta en el infinito, siendo este infinito la franja celeste donde se recorta la figura de la Seu y sus torres. Sólo vislumbro un cambio en los celajes del horizonte cuando la negrura de la noche comienza a rasgarse por la luz propia de un astro que anuncia con tonalidades añiles y malvas que está agazapado aún, los oscuros aún, pero cálidos colores son presagios que alertan de la inminente llegada del dios Ra.
A mis pies, el jardín tropical no es ahora territorio de seres humanos. Es pronto para los residentes, visitantes y trabajadores del edificio. Las primeros compases de la madrugada los disfrutan las aves. Aún no se ha ido la noche cuando los mirlos, las palomas domésticas, las tórtolas, los gorriones comunes y otras pequeñas avecillas visitan las palmeras y otros árboles y arbustos presenrtes en el jardín.
Desde el balcón observo el despertar de las rosas, las zarzaparrillas, los hibiscos, los brillantes, los jazmines y las gitanillas que luego, más tarde, avanzada la mañana llenarán de variados perfumes este paraíso terrenal.
Hay frescor en la madrugada y se agradece el sosiego térmico que procura la noche cuando avanzado el verano. en este agosto inclemente, el térmometro es implacable a la hora de alcanzar temperaturas que superan los treinta y cinco grados, rozando los cuarenta en los días más potentes de las sucesivas olas de calor.
Pero hay ropa fresca y agua en abundancia, hay una climatización apropiada y buenos aislantes térmicos. Y hay aire acondicionado. Hay bebidas refrescantes en la nevera y hielo en el congelador. Hay cojines y protectores de espalda en los bancos corridos que tiene este mirador sobre el Mediterráneo y entonces uno sabe y siente que el calor es una sensación relativo y el agobio es menor según las circunstancias de cada persona. La reflexión que acude a la mente es obvia. No transcurre la vida de igual modo para todos los seres humanos y no prejuzgo el hecho en sí, pues cierto es que este desfase en todos los sentidos: económico, alimenticio, sanitario, educativo, de derechos humanos, social, personal ha sido condición inseparable del discurrir de la vida de nuestra especie desde sus orígenes en cualquiert lugar de este planeta habitado.
Ha amanecido ya. El astro solar se encuentra situado entre las torres mayores de la catedral de Palma. Son dos pináculos que destacan por su altura, pero la configuración arquitectónica de la catedral basílica de Santa María de Mallorca nos oferta una decena de pináculos más en la visión global de la misma. Sobre estos pináculos observaré nuestra estrella mañana y en días sucesivos su aparición irá escorándose hacia el sur, surgiendo primero sobre el mirador de la Seu, luego sobre el Parque de la Mar con sus paseos peatonales, zonas de juegos, conjuntos escultóricos y extenso lago para aparecer luego sobre los barrios de El Molinar, El Arenal, El Caragol y por fin, finalizado el horizonte insular, elevarse puro y limpio sobre las mismísimas aguas del Mediterráneo, elucubrando, tal vez, con una aparición surgida del insondable abismo marino.
Siempre me ha sorprendido la credulidad de las legiones romanas asentadas en el Finis Terrae gallego cuando asistían aterrados a la muerte del Sol tras el horizonte atlántico. Desaparecía, cierto, pero me preguntaba cusando niño: ¿dónde estaban las nubes que se deberían formar por la inmensa cantidad de vapor provocada por el hecho de apagarse la estrella al hundirse en las profundiades del Atlántico? Si un pequeño fuego, pensaba yo al observar la robusta cocina de leña familiar, al echársele agua encima producía grandes cantidades de vapor en forma de humaredas blanquecinas, ¿cómo serían de enormes las provocadas por el calor de una estrella gigiantesca?
Cada vez recurro más a las ironías en este estadío de vida donde todo se relativiza mucho, pues los sueños y proyectos de futuro vienen condicionados por un reloj personal donde las agujas han recorrido una buena parte de su periplo temporal. Por eso ante la vista de este nuevo amanecer pienso en un Sol saliendo del mar, chorreando agua salada, desprendiéndose como Ave Fénix de la nocturna muerte por ahogamiento e iniciando una lenta pero inexorable recuperación del calor primigenio y resucitando con el nuevo día.
Obligo a mi vista a abandonar el Este desviándola hacia el sur. Ahí se encuentra la bahía, los barcos que la ocultan y las aguas remansadas, Es una visión irreal, caleidoscópica, producto de la exposición continua de mis pupilas al astro solar. Pienso entonces en el daño que puede provocar el eclipse solar en miradas imprudentes. Cierro los ojos en la procura de un pequeño descanso. Las luces siguen parpadeando en su interior. No hay duda de que debo ser más cauto con estas visiones prolongadas de cada amanecer.
Cuando los obro de nuevo, mi vista busca las colinas situadas en orientación Norte, sinuosas elevaciones que protegen la ciudad de Palma, aliviándola de los efectos de la tramontana. Un espeso bosque las cubre con diferentes árboles y arbustos aunque la especie dominante es el pino mediterráneo y, en su interior, en el punto más alto de la serranía, se yergue majestuosa la estructura del castillo de Bellver.
Y es entonces cuando uno siente la necesidad de dejar el balcón, ponerse ropa deportiva cómoda y salir en dirección al bosque montañoso. Me atrae la llegada a tan privilegiada atalaya, al mirador donde puedo extender la mirada en todas las direcciones, para luego entrar en el Castillo, observar sus fosos, defensas, estancias, torres. Almenas, patios
y recordar el pasado, no sólo de este castillo sino de los milenios anteriores en que esta isla estuvo habitada.
No se encuentra lejos del balcón mirador de esta vivienda, el Paseo del mar -Passeig Marítim-. Bajo por las escaleras, un modo práctico de iniciar un calentamiento previo. Abandono el edificio y salgo a la calle y a quince minutos de caminata firme pero serena, diez si mis piernas apuraran el paso, tras una subida suave y continua que culmina con un centenar de escaleras realizadas en piedra y que me permiten atravesar el bosque de Bellver sin las curvas sinuosas que discurren entre la arboleda, accedo al castillo, justo frente a su torre del Homenaje, la estructura prismática cuadrangular que observaba desde el balcón hace apenas unos minutos.
Inmerso en las salutíferas esencias que desprenden centenares de pinos carrascos o pinos de Alepo -pi blanc- de amplia copa, discurro sobre unas sendas modelada su estructura por la piedra, el suelo y las raíces de los árboles.
Disfruto con su rugosidad, con los desniveles naturales provocados por las rocas y las raíces que las esquivan, rodean, parten o abrazan. Disfruto observando e identificando las huellas de los habitantes del bosque presentes en la senda y en sus bordes, disfruto con los canalillos por donde discurren las aguas de lluvia y escucho los pájaros. Predominan las palomas del bosque, unas son domésticas pues las urbanizaciones rodean esta masa arbórea, otras salvajes. Y me dejo llevar por las sendas perdidas, por los caminos apenas marcados que no disponen de señalización alguna. No hay pérdida. Es un bosque predecible y practicable. La importancia del mismo se encuentra en su conservación, a pesar de la presión humana que soporta la isla, a pesar de los intereses económicos que pesan sobre ella, a pesar de las presiones urbanísticas que manipulan y corroen gobiernos municipales, insulares, autonómicos..
Son 153 hectáreas de bosque, un millón y medio de metros cuadrados de pulmón natural reservado para los habitantes de la isla, residentes y visitantes, y un balón de oxígeno a la conservación de la biodiversidad de los espacios naturales de la isla.
Personas caminando, corriendo, observando plantas y aves, paseando perros
Las saludo al paso mientras escucho los sonidos del bosque y sonrío.
Es la naturaleza quien nos enseña la esencia de la vida y lo esencial de la misma. Todo lo demás son ornatos y florituras que intentan suplir y enmascarar lo que en verdad es importante.
Sólo la naturaleza consigue armonizar nuestro cuerpo y espíritu. Y el caso es que hay mucha simplicidad en la búsqueda y consecución de este equiliobrio. Depende de cada uno de nosotros buscar el silencio y escucharla.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.