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Constructores del cambio

Vaamonde Rodríguez, Jacobo - martes, 11 de agosto de 2026
La Transición fue un proceso arduo, de grandes retos, pero, sobre todo, de mucha ilusión.

A pesar de no vivir aquel momento, vital para la construcción de lo que ahora somos, esos sentimientos son los que me han transmitido quienes sí fueron partícipes de la gran obra política de la segunda mitad del siglo XX.

En todas las construcciones hay un promotor, un arquitecto, un director de obra, un capataz y otros muchos perfiles que, según sus conocimientos y capacidades, desempeñan un papel clave para que todo salga adelante.

Y, sin lugar a dudas, la democracia fue una de las mayores construcciones realizadas en nuestro país en los últimos tiempos.

Bloque a bloque, ley a ley, se fueron construyendo las bases de nuestra libertad.

Se empezó con una buena base sobre la que sustentar el resto de la edificación: la Ley para la Reforma Política. Poco a poco, se avanzaba en la construcción o, dicho de otra manera, nuestras libertades como ciudadanos.

No fue necesario demasiado tiempo para ver grandes resultados. Apenas un año después de iniciar aquel camino llegaban los primeros comicios democráticos.

La estructura parecía estar tomando forma, pero dentro todavía quedaban huecos.

Para ello llegó la Constitución, impulso de aquella gran obra. Pero, como en toda obra, siempre hay detalles que pulir antes de la inauguración. Quedaban piezas por encajar y grandes reformas por desarrollar.

Entre ellas, el Estatuto de los Trabajadores, que junto a otras muchas reformas que permitieron mejorar la calidad y crear un lugar más libre y confortable.

Y, poco después, con los objetivos de aquella primera etapa más o menos cumplidos, el director de esa obra se marchaba, poniendo fin, de alguna manera, a una primera y corta pero intensa fase de la construcción.

Todos conocemos a quienes ocuparon los puestos más visibles de aquella obra: don Juan Carlos I, figura fundamental para impulsar y consolidar el proceso democrático; don Adolfo Suárez, presidente del Gobierno y principal protagonista del cambio; o Torcuato Fernández-Miranda, uno de los arquitectos intelectuales.

Su trabajo fue fundamental para llegar a lo que ahora somos. Pero detrás de este equipo, hubo grandes obreros y capataces que fueron capaces de ejecutar, asesorar y aportar ideas para mejorar aquella construcción.

Gabriel Cisneros, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Gregorio Peces-Barba, José Pedro Pérez-Llorca, Miquel Roca, Manuel Fraga y Jordi Solé Tura destacaron por su magnífica ejecución de la Constitución.

Y en la sombra, desconocido para muchos en su faceta política, hubo otra persona fundamental para sacar adelante este gigante reto.

Hablo de Fernando Ónega, gallego de Mosteiro, Pol. No solo fue periodista, sino asesor del presidente Suárez, autor intelectual de sus brillantes discursos y, en definitiva, líder en la sombra.

A este ilustre gallego, el Ayuntamiento de Lugo lo acaba de reconocer como Hijo Adoptivo de la ciudad, una distinción que, en mi opinión, sirve simplemente para saldar parte de una deuda imposible de pagar, porque gracias a él y a otros muchos, hoy somos más libres que hace cincuenta años.

Aunque normalmente sean otras personas las que ejercen como caras visibles, apareciendo en las fotografías, en los vídeos, en los balcones celebrando triunfos o en las entrevistas de prensa, hay detrás un enorme equipo que hace posible muchas de las victorias políticas.

Y no quiero, ni mucho menos, desprestigiar el talante intelectual de don Adolfo Suárez, que como bien demuestra el lucense en su libro "Puedo prometer y prometo, mis años con Adolfo Suárez", era excepcional.

Pero sí que merece la pena destacar también a quienes estaban detrás de él, guiando cada uno de sus pasos.

Si Adolfo Suárez ganó las elecciones, fue en parte gracias a Ónega y al brillante discurso elaborado para captar a los votantes en las horas previas a los comicios.

Si las leyes más importantes de la historia de nuestro país se aprobaron con grandes mayorías y, sobre todo, fueron aceptadas por la ciudadanía y por quienes inicialmente eran más reacios a ellas, también se debió a la firmeza con la que se defendieron y a los argumentos que se habían preparado.

En ocasiones, felicitamos a los arquitectos o promotores por los resultados de una casa, sin darnos cuenta de que, gracias a los obreros, el edificio no estaría en pie.

Así, hoy y siempre, debemos recordar que habitamos en esta obra llamada democracia gracias al esfuerzo de tantas personas que, sin pensarlo, dieron parte de su vida por mejorar la de los demás.

Ojalá no sea necesaria una condecoración para recordar lo que hicieron estas personas por su país, sino que el recuerdo, y sobre todo sus frutos, nos permitan tenerlos presentes todos los días.

Y ahora, con la deuda saldada, Fernando Ónega ya puede descansar en paz de sus grandes logros en la tierra que lo vio nacer.

Mientras tanto, nosotros seguiremos viviendo en aquella obra que ayudó a construir y que, afortunadamente, sigue en pie.
Vaamonde Rodríguez, Jacobo
Vaamonde Rodríguez, Jacobo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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