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As Catedrais

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 09 de agosto de 2026
Dedicado a Diego Placeres Rodríguez con enorme cariño,
a quien acompañé para conocer y disfrutar de esta singularidad geológica.
A Carmina y Pepe Suárez, quienes este verano deseaban vivir conmigo el encanto y goce de As Catedrais.
Durante el período estival, la presencia y tránsito de miles de personas lo hacen imposible.

Las Catedrales. Esa es la traducción literal de As Catedrais gallegas.
Los tópicos, todos los conocemos. Ante la magnificencia de un hecho geológico que nos asombra, los vocablos acuden a los labios para definir lo indefinible, aquello que sólo podemos acercarnos a definirlo desde el lenguaje silencioso y emocional del corazón.
As Catedrais Y es así como deseo transmitírselo a ustedes.
Pero antes de fijarles donde se encuentra, antes de acercarles el por qué de lo que observamos, sentimos y gozamos, quiero recordarles que es en este paseo que realizo sobre las blanquísimas arenas de La Marina lucense -A Mariña-, cuando uno comprende que no es más que uno de esos minúsculos gránulos de arena. Casi invisibles, partículas de tamaño infinitesimal, indiscutible lección sobre el tiempo y la eternidad, nos enseñan que nosotros aquí y ahora, extasiados ante la belleza y grandiosidad natural de lo observado, no somo más que efímeros y falsos dioses concebidos desde la soberbia e ignorancia de quienes se creen dueños y señores de una tierra de la que no son más que minúsculas partículas con fecha de caducidad.
La zona de litoral gallego, mundiamente conocida como As Catedrais, es una franja de costa de prístinas arenas blancas donde, como testigos de un pasado y presente en continua evolución, cautivos eternos de la potente erosión marina, se manifiestan algunos roques, cerros aislados, pizarrosas elevaciones ancladas en la arena que infieren al paisaje observado una belleza indescriptible y singular.
Para concretar el lugar donde se encuentran las situaremos entre la playa de Augas Santas y la playa de Esteiro, llegándose a ellas tanto por vías rodadas como peatonales.
A mí me gusta llegar a pie desde la playa de Foz, conocida como A Rapadoira, y acercarme a Augas Santas caminando. Y menciona Augas Santas porque es así como llamaban y llaman los pescadores de esta costa a la zona del litoral bautizada más tarde, pomposamente, como playa de As Catedrais.
Me gusta porque discurre mi senda sobre arenales, bajo bosques de euucaliptos, pinares y robles, porque hay agua en el camino, bajo mis pies en la ría de Foz, y fuentes en los infinitos arenales que tengo que recorrer para alcanzar las Catedrales, porque bebo agua de fuentes naturales que me recuerdan que cada vez hay menos fuentes de la vida, así las denomino, bien porque se secan, bien porque se contaminan o simplemente, para evitar el control sanitario de las mismas y la responsabilidad asociada a la calidad de sus aguas, las instituciones irresponsables, que no responsables, las inutilizan y sellan sus manaderos. Así perdieron su utilidad la mayoría de las fuentes naturales de Lugo capital.
As Catedrais Me gusta mi paseo desde Foz porque pretendo un encuentro excepcional: el avistamiento de un trasno. Es Fisterra quien me llama, ese personaje gestado en una singular novela: "O segredo dos trasnos" y que me pide ahora, a gritos, que la traduzca al castellano para que muchos más lectores conozcan su historia.
Y ahí me encuentro, sobre las pasarelas de madera que vuelan sobre las dunas, preservando la vida del arenal, respetando el delicado ecosistema de las arenas.
Y ahora estoy a pie de playa, recorriendo en silencio tanta grandiosidad petrificada.
Busco el corazón de la piedra y lo encuentro en enormes grietas y fisuras, en pasadizos que se pierden en las entrañas del acantilado, en arcos y arbotantes, en pilares inclinados que sólo el milagro de la gravedad y el equilibrio geológico permiten que se mantengan en pie.
Lo cierto es que hay continua evolución en este paisaje, la erosión jamás se detiene y son frecuentes los desprendimientos.
Ahora es invierno. Estoy sólo. Y con el invierno el paisaje de As Catedrais es silencio. Sólo el mar es capaz de mantener un diálogo permanente con las rocas que admira y horada incansable a un mismo tiempo. Es como si dijera: hermoso acantilado eres ahora, mañana despertarás convertido en pura arena.
Sé del poder de atracción que estos paisajes ejercen sobre el ser humano. También se de la capacidad del bípedo de devorarlos, de consumirlos. Para la mayoría de los seres humanos se trata simplemente de coleccionar instantes, pero no por ello los reciben singulares, únicos, irrepetibles, inolvidables, pues tales vivencias se logran cuando el acercamiento es menos físico y apresurado, cuando el encuentro con el paisaje y el ecosistema habitado se vuelve más emocional, es decir, cuando nos acercamos a él con el sentimiento.
Asustan los números. Cada año aumentan el número de visitantes. Sólo en el verano del pasado año, unas cinco mil personas acudieron cada día As Catedrais.
Y este artículo sale a la luz no sólo como un canto a su belleza, sino como un desesperado grito en defensa del enclave, tratando de buscar una respuesta satisfactoria por parte del Patronato de Turismo de la Xunta de Galicia en aras a proteger un patrimonio tan delicado, muy frágil aunque no tengamos la impresión de sentirlo así. Un patrimonio natural en peligro, no sólo por las estructuras geológicas que cautivan al visitante, sino por la extraordinaria biodiversidad que alberga.
Quien como yo lo ha observado en otras épocas del año, con múltiples aves marinas, más allá de las gaviotas patiamarillas y de los sempiternos cormoranes, con arribazones de algas llenando sus cuevas, con aves limícolas recorriendo sus arenas, quien ha visto sus acantilados libres de cintas que prohiben el paso, de controles necesarios, es cierto, ante tal avalancha humana veraniega en aras a su seguridad, quien ha humedecido sus pies en las lagunas interiores y disfrutado de la belleza de sus reflejos, quien no se ha sobrecogido en el interior de verdaderos úteros geológicos, pues eso son en verdad las cavidades que hay en su interior, no ha visto Las Catedrales.
Por eso el ánimo se me viene al suelo y mi corazón se entristece cuando, como acompañante y cicerón de amigos que han oido de su singularidad y belleza, vienen de Gran Canaria y arriban en pleno mes de julio y sé que nada de esa magia encontrarán en dicho espacio.
Lo que encuentran son cientos de coches ocupando parkings habilitados sobre campos de millo y herbazales desaparecidos. Hay tanta insensibilidad, tanta desidia a la hora de primar y proteger la belleza que al parecer no pasa nada, si se necesitan más aparcamientos se destrozan unos campos de millo, unos herbazales y se transforma el paisaje.
Y todos esos vehículos vomitan cientos de personas caminando, pero que digo yo cientos, ¡miles son según van pasando las horas!. Y como fila de grandes hormigas siguiendo un orden inexistente marcado, eso sí, por una vía peatonal improvisada que ocupa un metro de ancho de tales herbazales y que sigue la estela de los que van delante.
Y así hasta alcanzar el borde del acantilado. Sobre él, un falso control de la afluencia. Puro paripé. Y digo falso porque hay permisos concedidos para acceder a la playa, pero no hay control paras salir. Y así, cientos de personas se encuentran sobre el arenal, pateándolo todo, en busca de la foto que jamás será original, del selfie, de la postura, del grito, del salto... Y se suceden las fotos, se mancilla el paisaje y se erradican con su eterna presencia a los habitantes vertebrados e invertebrados del lugar.
Y así observo dos filas interminables de personas sujetas a una cuerda que a modo de baranda les facilita el ascenso y salida del arenal de As Catedrais o el descenso y acceso a sus arenas, un arenal que a cualquier hora del día debe soportar sobre la playa el eterno trasiego de miles de personas.
Cuando lo siento bajo mis pies sé que el arenal de mis inviernos está temporalmente muerto.
Sé también que necesitará semanas o meses para recuperar su actividad biológica, ese punto natural necesario para volver a sentirse y sentirlo extraordinario monumento geológico de As Catedrais.
Y sé que esto tiene difícil remedio. Todo no vale en aras a una masificación dañina e innecesaria. El turismo mal entendido mata. Lo querramos ver o no, es la triste e indeseable realidad que se observa en decenas de lugares que como As Catedrais, salpican no sólo A Mariña lucense: Fouciño do Porco, banco de Loibas... sino todo espacio singular del Planeta.
Está demostrado que consumir naturaleza y paisajes sin control alguno signfica destruirlos y sacrificarlos.
Empiezo a poner en duda que todo el mundo tenga derecho a llegar hasta ellos. Más lo pongo en duda cuando su forma física, actitud mental, conocimiento y sensibilidad no se lo permite.
Si para disfrutar de estos espacios es necesario adaptarlos al paso de miles de personas, con pasarelas, escaleras, cuerdas, cemento, muros quitamiedos, vallas protectoras, barandillas, balaustradas, pistas gratuitas e innecesarias, anillas, anclajes, vías ferratas, guías portadores... agresivos e incongruentes aparcamientos..., permítanme mi más vehemente rechazo, pues tales paraísos dejan de serlo para convertirse en meros parques de atracciones, espacios carentes de vida sin atractivo alguno.

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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