Morrendo de morriña
Silva, Manuel - lunes, 10 de agosto de 2026
Este verano me encontré en la parroquia de Vaiche-Boa con mi amigo y compañero de la infancia Farruco Folladiz. Ambos emigramos a Madrid a principios de la década de los setenta del pasado siglo, hace ya unos 55 años.
Nos dimos un fuerte abrazo y, para celebrar el encuentro, nos fuimos a tomar un café. Folladiz abrió la conversación comentando su habitual estado de ánimo cada vez que, en estos cincuenta y tantos años, se acordaba de Galicia.
"Créeme si te digo que cada vez que pienso 'na nosa terra' lloro un poco de tristeza y muero otro poco de morriña".
Por mi parte, yo le dije que a mi me pasaba algo parecido y que, para curar ese dolor, siempre procuré tomar unas pastillas muy eficaces, que me ayudaban a renacer: tomar unas dosis de la Galicia de Rosalía de Castro, Curros Enríquez, Castelao, Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal, Celso Emilio Ferreiro, Eduardo Pondal y Pascual Veiga, entre otros.
"Evidentemente -precisó mi amigo- mucho mágico tiene Galicia cuando su recuerdo nos emborracha de amor, ternura y necesidad de volver a verla siempre que podemos".
"Por ejemplo -añadió- me asombra ver a los niños de hoy con tantos cientos de juguetes, que casi no les caben en la casa de sus padres y abuelos, mientras que nosotros, en la Galicia de nuestra infancia, la de los años cuarenta y cincuenta, pasamos por grandes estrecheces y necesidades. Tanto que..., los Reyes Magos y Papá Noel no tenían en los GPS de sus móviles (claro que entonces ni había móviles ni nada parecido) el nombre de nuestras pobres parroquias y jamás nos trajeron un puñetero juguete".
"Pero, el inmenso amor de nuestras familias, el ambiente que nos rodeó, la magia, la morriña y miles y miles de cosas inmateriales, a las que no acierto a definir adecuadamente, han invadido nuestras entrañas de tal modo que, con juguetes o sin juguetes, ya no sabemos vivir sin Galicia, pues, en verdad, Galicia es nuestro verdadero 'juguete', que nos llena de alegría, felicidad, ternura y placer".
"Tienes le dije- toda la razón. Yo todavía hoy estoy viendo, y casi lo añoro, cómo en la Galicia de entonces nuestros padres abonaban las fincas con el estiércol que hacían las vacas y los cerdos en las cuadras, para luego, con el arado romano, hacer los surcos en los que echaban la simiente del centeno, del trigo o del maíz". Y luego, bajo el calor del verano, con una jarra de agua y la hoz en la mano, acudían a los agros para, manualmente, proceder a la siega".
"Ahora -subrayé- cuando voy por allí me alegro mucho al ver que, tanto el carro como el arado romano descansan en paz en los museos etnográficos y como los pocos agricultores que quedan se manejan con tractores y herramientas modernas. Ya no ordeñan a las vacas con las manos y la 'canada', puesto que ya les ponen en las ubres un aparato con el que les sacan la leche en un 'plis-plás' ".
Y, ya puestos en pie para irnos, y antes de despedirnos, hicimos una última y lastimera reflexión en forma de pregunta: "de seguir así, despoblándose, ¿qué será, dentro de unos pocos años, de nuestra adorada Galicia Rural?".
Y esta pregunta quedó sin respuesta.

Silva, Manuel