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Santiago, ciudad jacobea

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 02 de agosto de 2026
Dedicado a todos los seres humanos, pues todos somos peregrinos de un modo u otro.

Sólo la escucha del término Santiago evoca al santo, al apóstol que acompañó al Maestro. Si además viene acompañado del término Compostela, vocablo que delimita su situación geográfica definiendo un lugar preciso en el planeta Tierra, a nuestra mente acuden al instante las palabras peregrinación, peregrino y rutas jacobeas.
Santiago, ciudad jacobea Y así es. Santiago de Compostela es uno de los centros mundiales de la peregrinación cristiana. Pero Santiago de Compostela es también un núcleo vertebrador, un lugar de referencia que atrae a jóvenes de toda Europa en busca de respuestas varias, tan diversas que todo intento de enumerarlas es imposible: físicas, espirituales, artísticas, emocionales, deportivas, médicas, reinsertivas, sociales de diversa índole... Se trata siempre de un encuentro alternativo propiciado por un Camino, encuentro con la naturaleza, con la gente, con las emociones, con las creencias, con sus retos personales... y un destino que une miles de sendas y rutas que nacen en cualquier lugar y discurren por el territorio común de todos los europeos.
Impera un criterio: caminar al golpito, paso a paso, respetando el ritmo de cada uno, siguiendo esa máxima filosófica de nuestro querido Antonio Machado, el gran poeta sevillano: ... se hace camino al andar.
Y el mimo de una ciudad que vive por y para el Camino ha llevado a su gente y a sus representantes públicos al desarrollo y oferta de una original vía complementaria que se realiza a través de una etapa. No se necesita más. Cómoda y sin dificultad notable, comienza en el aeropuerto de Rosalía de Castro, antes conocido como Lavacolla, y culmina en la plaza del Obradoiro, emblemátrica plaza donde se asienta uno de los centros espirituales más importantes de la Cristiandad: la catedral de Santiago de Compostela.
Llevaba años deseando hacerla. Sentía la llamada de esas flechas amarillas que desde la terminal de pasajeros, según abandonamos la cabina del avión y el túnel de embarque para dirigirnos a la salida del aeropuerto, se encuentran sobre el suelo, señalando un Camino que va más allá del encuentro con las maletas, el taxi o la guagua que te llevará a un lugar u otro.
Sentía la emoción de encontrarme con el primer mojón o hito jacobeo dentro de la terminal, un mojón que desde el aeropuerto te anima a alcanzar la ciudad santa de un modo alternativo, más pausado, a través de una inmersión en los alrededores de la ciudad, en sus bosques y pequeñas aldeas, disfrutándola desde el primer paso, en contacto con el suelo y la atmósfera de tierras santiaguesas.
Hoy, ventiuno de julio, a cuatro días de la Fiesta grande, el Día del Apostol, el Día de Galicia, el Día de celebración de la Patria Gallega -dependerá de la lectura que cada uno haga de tal efemérides-, a las doce cincuenta aterriza el avión que me trae desde Gran Canaria.
No es la mejor hora para iniciar un periplo caminando. Tampoco lo es la fecha, pues los rigores estivales suelen ser severos, pero la situacion es idónea, poco peso en la mochila, calzado y ropa apropiada, agua en la cantimplora, tiempo y paciencia.
El momento ideal no siempre es el que uno dispone. No siempre se es fiel a una programación razonada. A veces, con permiso de la prudencia, una relativa improvisación nos depara agradables sorpresas.
Santiago, ciudad jacobea Ya en el Camino, decenas de peregrinos y senderistas me harían ver con su tránsito que, a pesar de lo tardío de la hora, el Camino siempre está vivo, siempre hay una emoción andante, una fe inquebrantable, un deseo confeso o inconfeso, un placer insospechado.
Y ahí estoy yo, en la puerta, siguiendo las flechas del suelo, desviándome a la derecha en busca del segundo mojón que visualizo a la salida de la terminal, justo al inicio de una senda que me llevará bordeando el área aeroportuaria hasta encontrarme con las primeras sombras, justo al comienzo del primer bosque de pinos. Es un tránsito breve bajo un sol que no calienta en demasía, apenas diez minutos y el placer del encuentro con dos hermosas y emblemáticas esculturas, una en homenaje al Apóstol viajero y en su figura al peregrino con capa al viento, sombrero y bordón. No hay rostro definido pues simboliza el anónimo rostro de todos los peregrinos, pero sí hay un corazón de peregrino, en forma de viera, de venera, de tan emblemática concha santiaguesa. Y es por el bastón de apoyo, tan valioso para el viajero andante por donde, atrevida y coqueta, asciende la hiedra, contrastando su verdor, brillante y oscuro, con la tonalidad broncilínea de la escultura.
La otra representa un dolmen, estructura arquitectónica que nos entronca con culturas propias y ancestrales, y a mitad de estructura de la granítica y monumental piedra, abierto a los cuatro puntos cardinales un corazón imaginario, un corazón de acogida a todas las personas del mundo pues eso significa Santiago de Compostela y el apóstol, lugar de recibimiento y confluencia de toda la Humanidad.
Es cómoda la senda y si a mi izquierda se elevan ambos conjuntos escultóricos sobre amplias rotondas -ver fotos-, a mi derecha se suceden la torre de control de la aviación civil y el recinto aeroportuario militar. Hay abundante señalética en el Camino y esta abundancia se mantendrá hasta nuestra llegada a la catedral de Santiago.
Tal vez el clima, lluvioso en Santiago durante la mayor parte del año, no haga recomendable el uso de la madera como elemento informativo más apropiado. Sin duda es ésta la razon del avanzado estado de deterioro que presentan la mayoría de los postes de madera y sus tableros de señalización del Camino. Líquenes y musgos se han adueñado de los letreros, cubriendo los textos en unos, borrando sus letras en otros, de tal modo que, a excepción de la punta de flecha que sigue señalando la dirección correcta, es imposible leer completo texto alguno. Buen año se presenta, el próximo dos mil veintisiete, para que al amparo del Año Santo Jacobeo se revisen, limpien y cambien los postes que presentan mayor deterioro.
Pero volvamos al camino. Ya hemos cruzado y discurrido unos metros bajo el bosque de pinos, antes habíamos dejado el área aeroportuaria bajo la sombra de una larga líneas de cipreses y ahora caminamos sobre una acera. Poco tiempo supone, pues nos encontramos transitando por una pequeña zona urbanizada. Tras pasar el barrio llamado As Quenllas, bajo nuestros pies surge una pista sin asfaltar y las zonas arboladas. Castaños, carballos y algunos árboles frutales donde destacan los manzanos y los ciruelos con sus frutos estivales. Las esencias de los eucaliptos nos alertan sobre una tierra donde esta especie introducida e invasora se ha extendido notablemente pues genera riqueza forestal, convirtiéndose en una especie en continua expansión.
Reconforta la sombra de cualquier árbol y vivifican los pulmones y el espíritu las esencias salutíferas del eucalipto tornando el camino más agradable y llevadero. No hay cuestas notables, es mínimo el tráfico rodado y los hito kilométricos van recortando la distancia en mi camino hacia Santiago.
Bajo los carballos, algunos carballos viejos con grandes ramas, el sotobosque gallego. Helechos y tojos en su mayoría. Las xestas, un tipo de retamas se unen las zarzamoras, silveiras que hacen con sus púas el bosque impenetrable.
Y yo transito ahora sobre grava, grava fina que amortigua mis pisadas y sobre la grava y la arena unas veces se encuentra una mullida capa de hojas de roble en descomposición, incorporándose a la tierra y otras son las hojas del eucalipto quienes en múltiples tonalidades van camino de convertirse en polvo. Y uno se pregunta paso a paso, escuchando el sonido de cada uno de ellos si no es éste el sentido de la vida, si no es éste el verdadero transcurrir del tiempo, si uno no se encuentra siempre en camino cuando caminar es lo que hacemos. Escucho el canto de las aves pero no sé distinguirlos. Aquel sí, es un pinzón que por su belleza y porte jamás entendí por qué se le puede llamar vulgar.
En el kilómetro trece, la variante aeroportuaria se une al Camino Francés. Apenas llevo caminando media hora. Nadie había encontrado hasta ahora en el Camino y es a partir de aquí cuando la presencia de peregrinos será una constante. Saludo a una pareja de peregrinos franceses, están a punto de completar el recorrido completo. Al parecer comenzaron en Saint Jean Pied de Port. No los sigo, justo aquí se encuentra la aldea de San Paio y a ésta le sigue en el camino Lavacolla y luego Vilamaior, todas aldeas de la parroquia de San Paio de Sabugueira. Observo fuentes y puntos de agua municipales que nos acompañarán en todo el Camino hasta nuestra llegada a Santiago. Los pájaros se escuchan siempre. Ahora es un arrendajo. Se suceden los mojones y sobre ellos hay pequelas piedras, algunas dedicatorias y de cuando en cuando hasta pequeños presentes…
Compiten los robles en busca de la luz con eucaliptos mucho más desarrollados. Es una lucha desigual. Se elevan los carballos estirándose, no creciendo proporcionalmente como lo hacen en un bosque autóctono y, agotados al fin, su ramaje es raquítico, propio de un carballo que quiere y no puede en una competición desleal.
Y surge ahora un sinsentido, la pérdida de un bosque de carballos, de un paisaje gallego autóctono, de una masa forestal única en aras de un complejo industrial, aquí mismo, al paso del Camino, en el término de Lavacolla. Supondrá pérdida de olores, de biodiversidad, de paisaje amable junto al Camino, pero hay protesta de las aldeas colindantes y de los vecinos limítrofes y de los senderistas y de los peregrinos. Hay letreros junto a los árboles, en sus troncos y en el Camino. Hay manifestaciones. Todos presentan su profundo rechazo al salvajismo industrial en espacios naturales como éste (ver fotos)
Sesenta hectáreas -seiscientos mil metros cuadrados- de bosque convertidas en un área industrial contaminante. Miles de árboles que serán derribados, todo un refugio de biodiversidad desterrado para siempre y la industria como bastión del deterioro futuro del entorno inmediato. A la vista de esto, ante la falta de respeto a un Camino que es Patrimonio de la Humanidad, uno concibe hasta donde puede llegar la barbarie del ser humano.
Tras el paso por esta pista donde al bosque le espera un futuro negro, discurro por las aceras de calles transitadas por vehículos que acceden a estas aldeas. Las casas de aldea son ahora casas modernas de piedra. Hay verjas metálicas donde lucen la concha peregrina, hay cruceiros, pozos, hórreos y casetas para el perro. Hay galerías donde recibir y guardar el calor de la tarde y hay leñeras. Y hay también piscinas, pérgolas, sombrillas, juegos infantiles y amplias zonas ajardinadas y es que muchas de estas viviendas son chalets que nos revelan la proximidad de Santiago de Compostela, unos siete kilómetros más o menos. Estoy en Sabugueira, una aldea donde un cartel escrito en español, en alemán y en inglés demanda respeto a los niños de la escuela exigiendo que no les hagan fotos ni vídeos. ¡Imagínense ustedes cómo será la afluencia de personas en el Camino!
Y en la senda, una estrella femenina del Camino. En este caso una mujer gallega, de nombre Maruja Varela, que hace melindres. Hay un mural con su rostro en el Camino hacia Vilamaior. Sigo caminando por una pista, a veces asfaltada, que discurre por zonas agrícolas. Se obsrvan campos de millo que, a pesar de su altura, aún tienen sus mazurcas formándose.
La llegada al monte de San Marcos y el tránsito por el Monte do Gozo nos alejarán un poco del tráfico rodado y de las aceras para llevarnos por una senda paralela, bajo la protección de árboles que nos dan sombra y a la vez nos aislan de la carretera camino del río Sar. Cada vez encuentro más peregrinos. Todos extranjeros. Norteamericanos, sudamericanos, japoneses, chinos, franceses, portugueses… todos sabedores de la frase del Camino:
• Buen Camino les deseo y Buen Camino me responden ellos.
Desde la capilla de San Marcos se divisa Santiago de Compostela y observo por primera vez su catedral. Al lado, una fuente refresca mi cabeza, humedece mi gorro protector y bebo agua.
En descenso atravieso O Monte do Gozo. Faltan cuatro kilómetros. Observo las grandes naves destinadas a albergar peregrinos en el Monto de Gozo. Treinta es su número y cada barracón alberga decenas de peregrinos. Hay cafeterías, zonas de juego, zona de masaje, lavandería, área de descanso…
Y yo sigo bordeando estas instalaciones y adelantando peregrinos. Discurro bajo la protecion de una hilera de robles que me alivian con su sombra. Es al final de este camino, terminado O Monte de Gozo cuando, de pronto, el sonido de la naturaleza desaparece y en su lugar toma cuerpo el correspondiente al del tráfico rodado. Ante mi vista las carreteras, autovías y vías ferroviarias que rodean Santiago han tomado el espacio y su tráfico rodado es enorme. Ahora sólo se oyen los trenes y los coches. Me cruzo con una pareja de alemanes, y la mujer me desea buen camino.
Con la protección de un bajo muro, la senda me lleva hasta el puente que cruza el río Sar. Alcanzo ahora un grupo de un centenar de peregrinos pertenecientes a un colegio católico de Madrid. Cantan, sonríen, se abrazan. En el ejercicio de su fe, todos son conscientes de la proximidad del Apóstol.
Pasado el río Sar, una avenida arbolada me acerca cada vez más al corazón del Jacobeo. No hay pérdida, las conchas de peregrino se suceden sobre el suelo y solo hace falta seguirlas. Un suelo a veces de pizarra, otros de granito, se encuentra en buena parte protegido por árboles ornamentales.
En la rúa de San Lázaro, el santuario de San Lázaro me alerta sobre la proximidad del casco histórico. Poco falta ya. Junto a él, otro punto de agua se convierte en lugar de encuentro de nuevos peregrinos. Vienen cansados y necesitan reponer fuerzas en alguno de los bancos que se encuentran en las plazas que observo.
Transito ahora por una avenida peatonal. Bajo la frondosidad de una hilera de plátanos orientales, un mojón confirma que apenas restan dos kilómetros para alcanzar la plaza del Obradoiro.
Llego así a la plaza da rúa da Cruz de San Pedro. Un cruceiro la preside. Sigo por A rúa de San Pedro, una calle adoquinada donde se encuentran incrustadas entre sus adoquines las conchas en bronce.
“Europa fíxose peregrinando a Compostela”. Esta frase, anclada al suelo, justo al final de la calle de San Pedro, está escrita en gallego y a su lado, en paralelo y siguiendo el Camino, se encuentra traducida al castellano, alemán, francés e inglés. Al cruzar la calle, bajo una fuente del año 1834 en la que mana el agua a través de dos caños de original bronce, mojo la cabeza de nuevo. Sé que con la frescura de sus aguas alcanzaré el final del Camino.
Se suceden las iglesias. Santiago de Compostela es pura iglesia. Se suceden las plazas y los soportales. Sólo me queda descender por A rúa da Acibechería. Al final encontraré al gaitero que en el pasadizo que desemboca en la plaza del Obradoiro deleita con muiñeiras y otras piezas populares del folklore gallego. Plaza de la Inmaculada, Hospedería del Seminario Mayor, los edificios históricos se suceden en esta ciudad Patrimonio de la Humanidad. A mi izquierda, de una de las puertas laterales de la catedral de Santiago, salen decenas de peregrinos. También son decenas los peregrinos que discurren a mi lado. Me detengo y observo. En verdad se trata de una verdadera marea humana. A mi llegada a la plaza del Obradoiro, cientos de peregrinos se encuentran allí. Unos descansan, otros disfrutan, otros sueñan, ríen, lloran…
Y yo sintiéndola parte de mí, en una visión caleidoscópica y plural, inmensa emoción cuajada de entrañables recuerdos familiares y de amigos que siguen aquí, caminando por la vida, y de otros que se han ido tras la estela del apóstol, guardo silencio.
Y me alegro de que a mi llegada a Santiago mis pasos, saliendo del aeropuerto, me hayan traído hasta aquí, a esta plaza del Obradoiro, frente a la catedral del Apóstol, siguiendo los pasos de millones de peregrinos que han realizado este singular camino desde tiempo inmemorial.

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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