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Quizás no solo el pueblo salva al pueblo

Vaamonde Rodríguez, Jacobo - martes, 28 de julio de 2026
Por desgracia, cada vez resulta más frecuente ver cómo se activa algún mecanismo de protección civil ante una grave emergencia. El pasado año fueron los incendios del mes de agosto en comunidades como Galicia, Extremadura o Castilla y León. Este verano, después de otros muchos incidentes de gran trascendencia, el problema vuelve a repetirse.

Galicia ha pasado ahora a un segundo plano. Quizás por su orografía, por las características de su vegetación o por la experiencia acumulada durante décadas de lucha contra el fuego. Sea cual sea el motivo, nuestra comunidad no concentra en este momento todas las miradas.

Ojalá no las concentrase ningún territorio.

Sin embargo, este julio pasará a la historia por la gravedad de los incendios registrados en diferentes puntos del país. El fuego vuelve a amenazar viviendas, carreteras, espacios naturales y núcleos de población, demostrando una vez más que la naturaleza puede plantearnos desafíos extraordinariamente difíciles y que, en determinadas circunstancias, ningún operativo es capaz de evitar todos los daños.

En medio de cada tragedia aparecen también miles de expertos improvisados. Personas que, dependiendo de cuál sea la noticia del día, se convierten en especialistas en incendios forestales, volcanes, accidentes ferroviarios, carreteras, meteorología, protección civil o gestión política.

Hace unos días veía en Internet un meme que resumía bastante bien esta realidad: una persona que, en cuanto comenzaba un incendio, se transformaba inmediatamente en experto en lucha contra incendios. También circulaba otra reflexión especialmente acertada: el pueblo ayuda a salvarse, pero son los profesionales de las emergencias quienes poseen los conocimientos, la preparación y los medios necesarios para conseguir acabar con el fuego o la emergencia.

Quizás se nos olvida que detrás de una emergencia hay personas que llevan años formándose.

Profesionales que conocen los protocolos, manejan información que el resto de la ciudadanía no tiene y saben cómo deben coordinarse los distintos recursos. Personas que dedican su vida laboral a prepararse para algo que todos deseamos que nunca ocurra.

Eso no significa que sean infalibles. Existen emergencias cuya magnitud, rapidez o carácter extraordinario pueden superar incluso a los sistemas mejor preparados. También pueden cometerse errores, fallar la coordinación o tomarse decisiones equivocadas. Pero una cosa es analizar posteriormente la gestión y otra muy diferente pretender dirigir una emergencia desde el sofá, a través de una fotografía, un vídeo de pocos segundos o un mensaje compartido en redes sociales.

La ayuda ciudadana, por supuesto, resulta vital.

Durante los incendios ocurridos en Galicia, las cisternas particulares fueron fundamentales para suministrar agua a las motobombas. Muchos vecinos ayudaron a controlar pequeños conatos con los medios que tenían a su alcance. Otros colaboraron en los albergues, repartieron comida y bebida o acompañaron a quienes acababan de abandonar sus casas sin saber si podrían regresar a ellas.

Pero ayudar no significa sustituir a los profesionales ni ignorar las instrucciones de quienes coordinan la emergencia. Un ciudadano puede conocer perfectamente su terreno, advertir de un camino, facilitar una cuba de agua o auxiliar a un vecino. Lo que normalmente no conoce es el comportamiento completo del incendio, la ubicación de todos los medios, las previsiones meteorológicas o las prioridades que han dictado desde el puesto de mando.

Cuando las llamas se acercan a una vivienda y no aparece inmediatamente una brigada o una motobomba, es comprensible que surjan la desesperación, la rabia y el sentimiento de abandono. Desde ese lugar concreto, puede parecer que no existen medios suficientes o que nadie está actuando.

La realidad, sin embargo, es que al mismo tiempo puede haber cientos de personas viviendo una situación semejante. Si el fuego afecta a una gran extensión, resulta materialmente imposible colocar un vehículo de extinción delante de cada casa, en cada aldea y en cada carretera.

Puede parecer una contradicción, pero ningún país podría mantener permanentemente una motobomba junto a cada núcleo de población por si algún día se produce un incendio. Los recursos son limitados y, cuando una emergencia alcanza unas dimensiones extraordinarias, las decisiones deben tomarse atendiendo al peligro, a las posibilidades de actuación y a la protección del mayor número posible de personas.

Eso no impide que después se valoren las intervenciones, pero crear alarmas sin tener conocimiento es el peor enemigo para una correcta extinción.

Un ejemplo claro se produjo durante los incendios del pasado año en Galicia. Un ciudadano grabó a un profesional de extinción utilizando una herramienta para prender vegetación y difundió las imágenes insinuando que estaba provocando el incendio. En plena tragedia, el colectivo de agentes ambientales tuvo que explicar públicamente que aquel trabajador estaba aplicando una técnica de extinción mediante el uso controlado del fuego.

Un vídeo descontextualizado fue suficiente para convertir a un profesional en sospechoso.

Como este caso, se repiten muchos otros: brigadas paradas, profesionales que se dedican a mirar el avance del fuego, motobombas delante de un bar...
Las emergencias necesitan colaboración, es fundamental, pero también que confiemos en quien trabaja.

Ya habrá tiempo para analizar las decisiones, señalar los fallos y exigir responsabilidades. De hecho, debemos hacerlo. Pero durante la emergencia, el ruido no apaga ningún incendio. En ocasiones, incluso dificultan el trabajo de quienes están intentando hacerlo.

Se repite mucho que el pueblo salva al pueblo. Y es cierto: ayuda a que nadie quede solo, a reforzar la capacidad de los medios de extinción y a dar fuerza a los profesionales.
Pero quizás no solo el pueblo salva al pueblo.

También lo salvan quienes vigilan el monte, quienes conducen una motobomba, quienes entran en una zona rodeada de humo, quienes coordinan los recursos, quienes atienden una llamada de emergencia y quienes toman decisiones difíciles sabiendo que no siempre podrán protegerlo todo.

El pueblo salva al pueblo cuando ayuda. Y también cuando deja trabajar a quienes se han preparado para salvarlo.
Vaamonde Rodríguez, Jacobo
Vaamonde Rodríguez, Jacobo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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