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El desierto blanco de El Goro en Telde

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 26 de julio de 2026
Dedicado a un ave esteparia que aún tenemos la dicha de escuchar al anochecer y a altas horas
de la madrugada. También es posible observarla en sus últimos reductos: el alcaraván.

Imagínense un llano eterno. Y en ese llano eterno sólo un color: el blanco. Ningún arbusto crece en el llano, sucedan episodios lluviosos o no.
Es tal la belleza que tiene dicho espacio que deseo observarlo desde todos los puntos de vista posibles.
El desierto blanco de El Goro en Telde
Si la perspectiva es aérea, una serie interminable de protuberancias de un blanco rabioso despuntan como una erupción cutánea en una superficie calcárea aunque nos dará la sensación de lisa y plana pero en realidad la conforman miles de piedrecitas de diverso tamaño que parecen esparcidas por el llano con enorme generosidad.
Si la perspectiva se sitúa a la altura de la visión de un ser humano, limitada pues por la mayor o menor altura del observador, el llano impone por su extrema aridez. Tal peculiaridad nos lleva a observarlo con calma, deteniendo la vista en cada pequeño plano que define este paisaje desértico en miniatura, un desierto blanco.
Y así observamos un campo de piedras de diverso tamaño que se extienden por toda la superficie dando la sensación de paisaje infinito, aunque en verdad no lo sea, e imaginando la extensión de este espacio en el pasado cuando se extendía hasta la costa, antes de que las sorribas sepultaran la estructura calcárea original y antes de que las naves industriales pusieran sus ojos sobre su superficie, enterrando bajo hormigón una buena parte de este desierto para transformarlo en un motor económico de primer orden.
Se reirán de mí cuando les diga que me gusta observar el llano desde la limitada visión de una pequeña ave esteparia, que le gusta caminar más que volar, como lo es el pájaro caminero, aún buscando una visión más liliputiense, observarlo desde la reducida visión de una hormiga.
En estos casos, el desierto se vuelve un espacio más complejo y agresivo. No hay plantas en las que guarecerse, de las que alimentarse y el agua es una quimera inexistente.
Pero el caminero no tiene problema alguno. Es un dominio fácil de controlar. Su visión le permite captar cualquier peligro a una buena distancia. De hecho, mucho antes de que me aproxime, ya sabe este pájaro de mi cercanía y de mi presencia.
Intento seguir los pasos del formícido, más complejos que los del ave pues ésta, aunque amante de desplazarse caminando, evitando alzar el vuelo, es consciente de que puede volar y realiza cortos vuelos cuando un ser humano se aproxima a él o a su nido.
La hormiga, sin embargo, ve montañas donde yo veo piedras calcáreas de regular tamaño y sabe de la inexistencia de la línea recta en su tránsito por el llano, cuando piedras de diverso tamaño se le tornan en murallas difíciles de franquear.
Para mi alivio mental, siempre regreso a mi condición humana y entonces soy yo quien camina sobre las piedras ante la inexistencia de un sendero. En cierto modo es un desierto blanco tan inmaculado que ni siquiera los seres humanos han puesto la vista en él con el afán depredador y de abuso territorial que sí sufren otros espacios abiertos.
No apto para la agricultura, sólo se baraja su uso como futuro suelo industrial. Pero disfrutemos de momento, pues no hay perspectivas a corto plazo de ampliación. Esto se debe a que aún no han surgido nuevas necesidades de suelo industrial pero también a que existe a disposición del mundo empresarial una bolsa de suelo que se expande hacia la costa y hacia el núcleo urbano de El Goro.
En tan amplio territorio existen zonas donde se revela su uso como antiguo suelo agrícola, actualmente abandonado. Aún se aprecian los surcos que facilitaban el paso del agua para el riego y la vida de las plantas. Aún se conservan vestigios y restos de canalizaciones. Y aún quedan, como si se hubiera detenido el tiempo, todo el entramado de varas, cañas, cintas plásticas, alambres, rafia para sujetar las tomateras, grandes paños de plástico de uso en invernaderos, bases de hormigón para sujetar las estructuras... Y es triste constatarlo pues sabemos de la desidia institucional en exigir el mantenimiento y limpieza de estas antiguas zonas agrícolas, haciendo caso omiso a la legislación vigente, legislación propia del Gobierno de Canarias. Es lamentable constatar que ningún propietario retirará dichos residuos a pesar de llevar decenas de años abandonados porque la vigilancia, control, exigencia y penalización por parte de las autoridades responsables de su cumplimiento en materia de control medioambiental es inexistente.
El desierto blanco de El Goro en Telde Y esto sucede a ambos lados de la GC-1.
Yo estoy ahora por encima de la autopista, en el territorio de estudio, observación y disfrute de este desierto blanco. Se encuentra tras subir la calle Bosque -que incongruencia nominar así a una calle que no tiene un sólo árbol en todo su recorrido-, y pasar la última fila de naves industriales, justo donde los inicios de nuevas carreteras del polígono que, aunque cortadas y selladas sus salidas por enormes bloques de hormigón, dan una idea por donde se desarrollará una futura expansión industrial de El Goro.
Ahora, en este preciso momento, los bloques de hormigón sirven para evitar que los desalmados desaprensivos depositen sus escombros por toda la geografía municipal, accedan a este desierto blanco y lo conviertan en una nueva escombrera.
De su vileza dan fe los montículos de escombros, la mayoría procedentes de restos de reformas de construcción, pues hay sanitarios rotos, azulejos, pisos, escayolas procedentes de paredes y falsos techos y otros materiales, depositados justo detrás de los bloques de hormigón (ver foto).
Sabiendo que obran a sabiendas de la impunidad existente, es difícil entender como no se ejerce una mayor vigilancia y una vez cogidos in fraganti, las sanciones impuestas a los infractores deberían ser de una cuantía tal que se les quitaran las ganas de tirar los escombros en espacios naturales en vez de llevar sus residuos a los centros de tratamiento autorizados.
Lo cierto es que antes de evitar su llegada y colocar los bloques de hormigón, ya vertían ilegalmente en esta franja de territorio virgen y así encontramos algún que otro escombro en el primer medio centenar de metros de este santuario desértico.
Necesitamos subir una pequeña cuesta. El desnivel es mínimo, un metro, acaso metro y medio, y es entonces cuando la vista se encuentra frente a una superficie cubierta de blanco. Se trata de un hermoso pedregal formado con piedras de caliche, en tal cantidad que es uno de los más auténticos que he observado nunca. Estudiando el perfil de este desnivel entendemos del porqué de la dificultad extrema de prosperar las plantas cuando el suelo fértil es prácticamente inexistente. En la ilustración se pueden observar las continuas capas de caliche.
Cuando buscamos los vestigios de la erosión del agua sobre este terreno, las cárcavas producidas son estrechas y poco profundas pues rápidamente se forma una especie de canal donde la base es una capa impermeable de caliche que agiliza el paso del agua hacia la cañada de El Goro, evitando un abarrancamiento más amplio.
Recorro el llano con calma, buscando vida entre esas piedras. El suelo está formado por polvo y arena calcárea, del mismo caliche disgregado.
Pienso en el aprovechamiento de estas piedras de caliche cuando el auge de la industria de la cal y me confirma su importancia un vestigio de aquel tiempo pasado, la existencia de un montículo formado por una acumulación de piedras de caliche de regular tamaño (ver fotografía adjunta).
Ante la inexistencia de vida vegetal, al parecer es difícil que planta alguna prospere en este espacio. No lo sé en realidad, posiblemente un geólogo, un edafólogo, un biólogo o un agricultor me podrían explicar las razones científicas o experienciales que justifican el porqué de la inexistencia de plantas arbustivas y árboles en este llano blanco.
Yo me limito a relatarles lo que observo y así, tras el primer semestre de este año, inusualmente lluvioso pues hasta mayo se mantuvieron las lluvias, sólo la barrilla ha sido capaz de prosperar en este terreno árido y no como una cubierta continua, algo que sí ha hecho en terrenos colindantes donde se sabe de la existencia de cultivos ahora abandonados, sino como una especie de lepra donde sobre su piel blanquecina surgen manchones verdes cargados de cápsulas esferoidales capaces de almacenar agua y que luego trocarán su verdor por una coloración rojiza y purpúrea cuando el esplendor de sus floraciones.
De esta planta se obtuvo sosa caústica durante los siglos dieciocho y diecinueve y fueron sus semillas las que mataron el hambre de la gente más pobre en épocas difíciles, convertidas en gofio -gofio de cristal le llamaban-, en el siglo veinte, cuando las guerras mundiales, las postguerras y la guerra civil.
Ahora que me encuentro sobre este bellísimo paraje blanco, sobre este cautivador paisaje, busco algo verde y no lo encuentro. Sé que es el mes de julio y que ahora el calor manda, pero tambien sé que en todos los espacios cercanos de mi alrededor, me refiero concretamente a las laderas de las cañadas de El Goro y La Sargenta y el barranco de Silva, hay plantas cargadas de semillas, cierto es que perdiendo su vistosa coloración verde pero, a pesar de ello, son espacios llenos de vida.
Y es en las cañadas y el barranco donde prosperan los balos, los espinos de mar, los verodes, las tabaibas amargas, los azaigos de risco, los cornicales, los beroles…, pero no aquí en este desierto encalichado.
Hay que reconocer, no obstante, la fuerza de las plantas por colonizar este territorio, y así, justo en el borde de estas cañadas, justo donde acaba la absoluta aridez del llano, una aulaga, un salado y un espino, todas ellas de porte raquítico pugnan por sobrevivir. Son ellas las que suponen una avanzadilla del mundo vegetal en el desierto blanco, pero se queda en eso en una supervivencia al límite y en múltiples fracasos.
Sorprende en este llano una torre de vigía, conocida como el Aerofaro. Y es que esta torre guiaba aviones antes de las modernas torres de control y sus actuales sistemas de navegación. Su faro orientaba a las aeronaves que se acercaban al aeropuerto de Gando. Construida en el siglo XX formaba parte del sistema de navegacion aérea imperante en aquel entonces.
Merece la pena desviarse en nuestro tránsito por el secarral blanco y acercarse a su estructura. La entrada no está sellada y tanto en su exterior como en su interior se observa la robustez del edificio. Este elemento etnográfico abandonado aún se conserva en buen estado. Se trata de otro valor etnográfico que al igual que los hornos de cal que hay en la inmediaciones del núcleo urbano de El Goro, están olvidados, abandonados y arruinados. Y es que el cuidado de nuestro patrimonio deja mucho que desear. Saben los responsables institucionales inventariarlo, explicitar su existencia en una interesante guía para luego abandonarlo y dejar que se arruine y caiga sólo.
Para llegar al Aerofaro cruzo este terreno árido blanquecino. Es entonces, al salirme de la vieja pista en desuso cuando se alzan a mi paso unas aves de gran tamaño y digo grandes porque los alcaravanes son las aves de mayor tamaño dentro de la avifauna salvaje insular, acaso comparables con el tamaño de un aguililla -ratonero común- o de un cuervo.
Y así es, silenciosas a la hora de levantar el vuelo, se alzan ahora una, más adelante un par de ellas hasta contabilizar en uno de los días de pateo de esta área hasta una docena de ejemplares, constatando que este espacio es para estas aves en peligro, un territorio muy valioso. Es por ello la urgencia de promover la conservación de estos espacios ligados sin duda a la presencia y existencia de las últimas aves esteparias de nuestra isla.
Antes de llegar al Aerofaro, medio centenar de cabras se agrupan sobre un comedero vegetal. También se alimentan aquí una bandada de un centenar de palomas. Al aproximarme observo restos de pepinos, tomates, lechugas y otros productos hortofrutícolas que son depositados aquí con regularidad. Dicho comedero vegetal se nutre de los excedentes de los mercados agrícolas y son quienes mantienen viva tanto la cabaña ganadera como la avifuana observada.
Cerca del comedero y del Aerofaro se mantienen una serie de cuarterías. Hay algun que otro vehículo junto a las escasas viviendas. Algunas están habitadas. Ladran los perros sujetos por cadenas. Más allá de esta media docena de cuarterías, el llano del Goro se une a otro gran llano, el Llano de Lomo Gordo.
No está tan encalichado el suelo, pero la mayor parte del mismo es puro caliche. Y es aquí donde sí hubo una repoblacion que vistió de verde los llanos blancos. Dragos y palmeras canarias prosperaron con sus cuidados. Pero el abandono de muchos años hizo fracasar esta esperanza verde. De ello hablaremos en un próximo artículo.
Yo sigo transitando por los espacios blancos donde la aridez es extrema y escasa la vida en este infierno pétreo. Pero también esto es una aseveración incierta. Un pájaro en concreto, el caminero, es habitual de la zona y nidifica en este espacio. También están presentes los alcaudones pues sobre cualquier vieja estaca de cultivos los observo. Y es que el alcaudón necesita de idóneos oteaderos desde los que observar el entorno y detectar los insectos que suponen su sustento. A estos se unen los alcaravanes, habituales de este territorio, no falta la presencia de algún cernícalo oteando desde el cielo en busca de la presencia de grandes insectos y es habitual que ante nuestros pasos levanten el vuelo pequeños grupos de calandras canarias o terreras marismeñas.
Los coleópteros abundan en este secarral. Son escarabajos específicos, es posible que endémicos muchos de ellos, y hay dípteros y pequeños lepidópteros, y hay formícidos y arácnidos, y hay miriápodos y ortópteros... Entiende entonces la presencia de tanta ave insectívora. Y entiende uno que aún en el espacio que a simple vista es menos atractivo, la belleza se esconde, expresándose de un modo distinto.
Mientras reflexiono en estas palabras estoy caminando. Surge entonces a un par de metros de mis pies un alcaraván. De vuelo lento y armonioso apenas levanta su vuelo unos palmos del suelo para volver a posarse un centenar de metros más arriba. En mi retina aún se mantiene su mirada, la mirada de unas ojos grandes de color amarillo, una mirada que sólo demanda respeto, una mirada que supone una esperanza.

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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