Y ahora qué?
Vaamonde Rodríguez, Jacobo - martes, 21 de julio de 2026
Ayer ganó España. Todo el país se levantó para celebrar un gol, cantar durante el partido y compartir un sentimiento de unidad.
Hoy todavía perdura la emoción. Aún parece que fue hace minutos ese gol que lo cambió todo. Por la tarde, se revivirán las alegrías.
Pero muy pronto, en menos tiempo del que pensamos, la ausencia de un Mundial a punto de ganar nos llevará de nuevo al punto de partida.
Si le decimos a un estadounidense que nos avergonzamos de nuestro país o de nuestra bandera, se reiría. Aquí es lo más normal: parece que solo nos reconciliamos con nuestro país cuando un gran acontecimiento deportivo está a punto de suceder.
Cuando un joven lleva una bandera en la muñeca, la pone en su habitación o simplemente muestra con naturalidad el cariño por nuestro país, muchos lo critican e incluso insultan. Vamos, un facha en toda regla.
Y, sin embargo, no deja de resultar llamativo ver cómo muchas de las personas que el resto del año recelan de estos símbolos ayer se envolvían en ellos con total naturalidad.
¿Y ahora qué? Pues todo volverá a ser como antes. Volverán los insultos, desprecios y descalificaciones por mostrar con orgullo los colores de su país, esos colores que todos sacaron por un Mundial pero que si no hay fútbol parecen representar otras cosas.
España es única por su cultura, su gastronomía, su gente, pero también por ser de los pocos lugares donde mostrar con orgullo tu bandera puede ser motivo de odio o resquemor.
No debemos olvidar que ayer no jugó España; jugó una selección que la representa. Y aunque parezca que la bandera es un complemento de la equipación para un partido, en realidad es mucho más.
España juega todos y cada uno de los días gracias a los millones de personas que se levantan con el objetivo de hacer algo más grande el lugar donde viven. La final no se juega un 19 de julio, se juega todos los días del año, y así lo deberíamos festejar.
La bandera roja y amarilla representa nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestro idioma y, en definitiva, nuestra forma de vivir. Y si estamos tan orgullosos de cada uno de estos elementos, ¿por qué no lo estamos de la representación de todos ellos?
Por ello, cada vez que veamos una bandera, no debemos olvidarnos de lo que significa y de que cantar "Yo soy español, español, español" no será más que un "Yo soy de esos jugadores" si el resto de los días odiamos al lugar en el que vivimos.

Vaamonde Rodríguez, Jacobo
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