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La monja del verbo divino

miércoles, 16 de diciembre de 2009
Otro día les hablaré –máis polo miudo- de Las Edades del Hombrede Castilla y León, una maravilla y todo un éxito. Hoy les voy a contar sólo algo acerca del señor de Bembibre, o de dónde sea, que por allí queda, y de cómo, en habiéndose asentado en Madriz el tal señor, mutó. Bueno, se hizo la mutación que no cesa y el pantarei de la argucia y dearrera parlamentaria, no más, pues. A veces kafkiano, oigan. Lo suyo era la testosterona y el tamaño, o sea, a ver quien la tenía más larga, sólo a eso jugaba. Un bichito es un bichito y una rosa es una rosa, con perdón, pero el insecto resultante del cambio ya sólo tenía hélitros; por su puesto, volaba como una mosca cojonera, tal que así, veía como un alma griega en el Hades –sueños y sombras de un sofista, que dijo Parménides- y el diálogo se le murió, ya se le había muerto, asfixiado entre el puño y la sangre de los claveles de la revolución de abril de España… de las fuerzas progresistas y de cambio. Pero, en realidad, sólo era, y en ello está, una monjita travestida, que en una madrugada de despilfarro rojo –humo, sangre y odio en Atocha- llegó a ser lo que nunca se habría creído ni borracha.

Aquí la historia no asegura nada, pero los más viejos del lugar dicen que así fue, y que cuando se vio libre de tamaño embarazo, la monjita se abrió la blusa, se metió la mato derecha en la cazuela izquierda, se tocó una teta, sacó de junto a ella el Breviario de las horas canónicas, no esperarían ustedes que sacase una pistola, y fue de esta guisa, ya manos libres en su móvil y oportunidad calva, como sor Patrocinio Rodríguez y de las Divinas Palabras llegó a la Corte de los Milagros y al ruedo ibérico de cada día dánosle hoy. Pero claro, los milagros sólo existen cuando el pueblo tiene fe, y esta la perdió el pueblo, no pronto, pero sí poco antes de haber perdido la paciencia y la esperanza apenas consumidas las suficientes dosis de opio y éxtasis de la nueva religión de la monjita esta del carajo… Y fue mucho después, pero fue, ahora, cuando la partitocracia de a piel de toro –el borrego de la Meseta Ibérica siempre pace lento, y primero, en la cañada real- alguien y nadie al frente, cogió y empezó a agitar, de vez y sin saber cuánto, el bote de ZZ. El insecticida de Celtia Iberia-Porriño de toda la vida. Vano intento. En Derecho la contumacia es un agravante, pero en la mística y ascesis de la religión se la llama constancia. Y aquí un diez. De modo que contumacia, sostenella y no enmendalla y “se callen ¡coño!”. Lógico, señores, ante el oráculo hay que callarse todos, para que se puedan oír bien y acoger religiosamente las predicciones de la Pitonisa falsa y terca. O sea, la historia constatable e incorregible: la izquierda dogmatica, la derecha caudillista. Aunque este último sintagma no venga a cuento ahora y sea harina para otro pan.
Mourille Feijoo, Enrique
Mourille Feijoo, Enrique


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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