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Ser turista en tu tierra

Vaamonde Rodríguez, Jacobo - martes, 14 de julio de 2026
Cuántas veces, cuando estamos lejos de nuestro hogar, nos habremos dado cuenta de lo afortunados que somos por vivir en un pueblo donde todos nos saludamos, en una ciudad con el faro más bonito del mundo o en una aldea rodeada de naturaleza.

En el día a día, mientras trabajamos, comemos, estamos con amigos, o simplemente, hacemos recados, no nos paramos a valorar el territorio en el que vivimos, las calles por las que paseamos o la belleza de un lugar. Es necesario salir o tener un invitado en tu localidad para contemplarla con otros ojos, perspectiva e incluso ilusión.

La pasada semana hice el Camino Francés, una ruta a Santiago que pasa por localidades, entre las que se encuentra Melide, mi pueblo. No era la primera ocasión que lo realizaba desde Sarria, pero volvieron a aflorar en mí ciertas ideas y sentimientos que ahora compartiré.

La belleza de los bosques por los que discurre el Camino, los ríos, los prados, pero sobre todo, el objetivo común de llegar a Santiago, crean una especie de magia. Y quizás, los que vivimos todos los días en el Camino, no estamos impregnados de ella.

Cuando transitamos por nuestras calles y vemos a un peregrino descalzo o con chanclas en una terraza, hasta nos parece una ofensa.

Una vez que inicias la peregrinación, haces tu etapa de 20 o 25 kilómetros y sufres el desgaste que conlleva, empiezas a entender a aquel que criticabas.

En 2022, cuando realizaba mi primer camino, también por la variante del Francés, me di cuenta de lo afortunados que somos por tener un entorno privilegiado tan cerca de casa y de la necesidad de valorarlo.

Pero al mismo tiempo, pensaba en la necesidad de comprender al peregrino y cuidarlo. Sí, hubo y hay masificación en Santiago. Sí, los servicios al peregrino están aumentando de forma estrepitosa en los municipios por los que pasa alguna de las rutas, pero no podemos olvidar que sin esos miles de peregrinos que llegan diariamente a Santiago, Portomarín no tendría apenas vida, Pedrouzo moriría, Palas de Rei sufriría una gran crisis y Melide, junto a Arzúa, vivirían un gran vacío desde la apertura de la autovía.

Ayer, mientras caminaba por Santiago, sentía que no era el lugar en el que estudié dos años.

La calle del Franco se estaba convirtiendo en una sucesión de restaurantes para extranjeros e incluso, viendo esto, llegué a preguntarme si realmente merecía la pena frente a la tranquilidad experimentada hasta hace unos años.

Sin embargo, comprendí que el bullicio que generan los miles de peregrinos al llegar emocionados al Obradoiro también aporta tranquilidad: la de saber que, pese a las circunstancias, salimos ganando, en lo económico, en lo social y en lo cultural.

Dicen que nadie es profeta en su tierra, y quizá el Camino tampoco lo sea para quienes vivimos en su origen o en su meta. Quizá, todos debemos hacer el Camino para comprender

todo lo que significa e impregnarnos del ambiente de tantos grupos y personas que no solo tienen una meta, sino que a medida que esta se va acercando, transforman pueblos, transmiten felicidad y valoran lo que muchas veces nosotros no vemos.

Hagamos el camino, valoremos al peregrino y veamos en él la oportunidad que en muy pocas tierras del mundo han tenido la suerte de recibir.
Vaamonde Rodríguez, Jacobo
Vaamonde Rodríguez, Jacobo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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